Hecatombe

Un poco más

Quisiera saber más de la vida, sólo de la vida. Es lo único que tengo en mente. Cuando yo era chica habría dicho que el fin era comprensible, con esos tiempos eternos, interrumpidos  como pequeñas y livianas sombras.
La vida pasa como un amanecer, un atardecer o quizás algún anochecer.
Aparece tan solo unos minutos exactos y después desparece con el tiempo. El tiempo nos va matando con cada rayo de luz.
He visto morir de tantas maneras posibles que hablar de la muerte se convierte en un tema sin sentido.
La muerte se ha vuelto común entre nosotros.

Podría decir que tal vez, solo tal vez estoy muerta.

¿miedo? O lo guardas en un cofre en el dentro de ti, o bien huye de la vida en la que estas. 

Aquí no hay temor a la vista, te lo digo yo, una joven debajo de unas cuantas ramas torcidas en el fondo de una cueva oscura, mojada de lluvia agria y sucia, que contienden algunas lagrimas de algún otro ser que ha muerto por los aires que llegan ahora a nosotros.

El aire parece estar relajado, callado como si alguien le hubiera dado un golpe tan fuerte que lo dejó inconsciente, quizás abrumado por las palabras que hacía correr a cada instante por todo lugar posible, escuchando y transportando los susurros y los gritos, de alguna manera  también estaría muerto por dentro.

Veo pasar a pequeñas hojas rotas que han caído de los arboles, algunas son rojas, naranjas, grises, pero ninguna es de un color verde. Un verde de esos brillantes, de aquellos que sueles ver por lo alto de los arboles en verano, que caen poco a poco mientras corres a tomar las hojuelas una por una, de esas hojas que sabes que habría cientos, pues a tu al rededor te cubrían y habría de sobra. De esos verdes que nunca pensarías que se terminarían.

Quien pensaría en un verde imnotizante que te hace ver hacía el cielo, se  cambiarían en unas cuantas hojas incoloras que se arrastran por las calles de San Lucas.

A lo lejos observo a Blanca, una señora  de edad mayor con faldas largas, estas le llegan hasta los tobillos, debajo tiene unos pantalones largos que parecen estar hechos de una tela gruesa que me recuerda a las sudaderas incomodas que te regalaban en navidad. Su cabello es aún más corto, recuerdo bien cuando lo recorto, lo solía tener hasta las rodillas, caminaba por las calles con el cabello  negro amarrado en un moño, presumiendo ante todos su cabellera fascinante. Años después  tuvo que cortarse el cabello pues el peso que se contraía era cada vez mayor y aunque ella lo sabía lo hizo obligatoriamente. Tal vez ella no quería cortar el único lazo que la unía con su esposo.

Se queda mirando el lugar entero, cambia de posición cada 5 minutos y regresa al origen. Está estupefacta, su expresión me sincera sus miedos, no quiere que regrese. En realidad nadie en San Lucas lo desea.

 

 

 

 

 

 




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