Capítulo 4. El poder del amor
— No, no al Monte Calvo; no es allí donde se junta lo peor de cada casa en Halloween —sonrío—. Fui a un club nocturno. Era Halloween, después de todo. Todo estaba decorado, todos iban disfrazados, cada quien quería asustar o impresionar con su aspecto, pero mi corazón palpitaba porque mi amado estaba cerca. Un corazón enamorado no miente, no falla. Cerca del club estaba Lev, disfrazado de vampiro. Tenían una fiesta de empresa, al fin y al cabo. No sé si era coincidencia por lo que decía aquel periódico, eso de que su propio padre lo llamaba chupasangre, o si simplemente los astros se alinearon, pero el disfraz le quedaba de maravilla. El mismísimo Conde Drácula no le llegaba ni a la suela de los zapatos. Estaba tan guapo que yo misma le habría dado un mordisco, pero se veía tan afligido que me daban ganas de dejarlo todo y correr hacia él.

Inesperadamente, me detuvo mi gato familiar: Maximiliano XIV. Menos mal que mi otro ayudante cerró el pico y no se atrevió a soltar ni una palabra, porque en ese momento se habría quedado sin cola. Esa cara de gato aristocrático y arrogante me detuvo con estas palabras:
— ¡Espera, loca! ¿A dónde vas? No corras como pulga huyendo del insecticida. Vamos a ver, te acercas a él, ¿y qué? ¿Le vas a pedir que ayude a una ancianita a cruzar la calle? ¿Hace cuánto que no te ves en un espejo? —se pasó de listo mi gato, pero me puso los pies en la tierra. Y es que, en verdad, yo tenía el aspecto de una dama de edad bastante "elegante". Tenía ciento setenta y cinco años en aquel entonces. No era tan vieja para ser una bruja, pero las rodillas ya me crujían, la espalda a veces se me doblaba por la ciática, el pecho se me había perdido por algún lado y mi cara era un mapa de arrugas. Eso sí, mis ojos ardían como esmeraldas verdes y una cascada de pelo pelirrojo caía sobre mis hombros. Otras brujas envidiaban mi melena y decían que me faltaba una Inquisición encima —sonreí ante esas palabras vacías que ya había oído mil veces—. Pero mi gato tenía razón. Tras aparcar mi escoba cerca, me puse a preparar una nueva poción.

Mi intención no era que Lev se enamorara de mí, sino volverme más joven. Pero ni las brujas somos omnipotentes. Los hechizos de juventud duraban muy poco. Tres o cuatro horas puede parecer poco para algunos, pero para mí era la oportunidad de devolverle a Lev la fe en sí mismo, en su capacidad, en su talento. Porque mi vampirito se estaba desmoronando a ojos vistas.
Bebí la poción y sentí cómo cambiaba. ¿Pero qué importa la edad si en el alma tienes los dieciocho de siempre, si tus ojos lanzan chispas, si el corazón quiere cantar y el alma ya revolotea como una mariposa? No caminaba hacia él, flotaba como un cisne. Bueno, un cisne negro. Muy grácil. Lo que no tuve en cuenta es que las carreteras de la capital tienen baches como si los hubieran cavado topos. Unos topos enormes, engordados con la tierra fértil de la ciudad. ¡Ojalá los que pusieron ese asfalto tengan el suelo de su casa igual y se tropiecen a cada paso! Uno de mis tacones se quedó clavado en el asfalto a muerte, y yo iba flotando, ¿se acuerdan? ¿Y cómo voy a seguir flotando si tengo la pierna atascada? Así que, con un grito estruendoso...
