Capítulo 11. Pretendientes: huesos y paja
—Desde joven fui una belleza. Grandes ojos verdes, largas trenzas pelirrojas, labios carnosos y una figura que la naturaleza no escatimó; siempre oía a mis espaldas: «¡Bruja!». No entendían que aquello era el cumplido más dulce para mis oídos. Mi bisabuela me entregó su amuleto: un corazón de hierro forjado por su amado, y me dijo que cuando mi amor fuera sincero y recíproco, ese corazón se encendería en llamas y empezaría a latir. Hice de él un colgante que siempre llevo conmigo, el mismo que ven ahora.

Miren cómo brilla el fuego en su interior, y si se acercan, pueden oír sus latidos. Mi vampirito me ama, una prueba más. Pero mi colgante no soltó ni una chispa, ni un solo latido, cuando otros pretendientes me pedían la mano, y fueron tantos que ya perdí la cuenta. No estoy segura de recordarlos a todos, pero de los ejemplares más interesantes les hablaré sin falta.
A toda chica le gusta que la cortejen, que le hagan regalos y le digan cumplidos. El primero en pretenderne fue un hombre muy imponente. Un auténtico caballero. Siempre traía flores a manos llenas, era tan atento... los cumplidos se le caían de la boca como arena. No escatimaba en nada para mí. Solo le faltaba llevarme en brazos.
—¿Y por qué no te casaste con él?
—¿Era pobre?
—¿Feo?
—¿Y cómo se llamaba? —otra vez me llovieron las preguntas.
—Todo a su tiempo. Se llamaba el Conde de Borak. Rico a más no poder. Siempre de traje o esmoquin, con guantes blancos y sombrero.
—¿Entonces qué le pasaba al conde?
—¿Era muy viejo? —me interrumpían las chicas.
—El Conde de Borak era el esqueleto del Conde de Borak.
Muy aristocrático, de modales finos, pero mi alma no sentía nada por él, mi corazón no daba ni un brinco. Y Sócrates siempre le cantaba esta copla:
"Este novio es un exceso:
ni tiene carne, ni tiene peso.
¡Nunca pensé, niña hermosa,
que por los huesos fueras tan ansiosa!
Los perros lo van a desarmar,
y por las calles lo vas a buscar,
¡tendrás que ir recogiendo a tu marido
hueso por hueso, por haberlo querido!"

Y yo, al imaginarme caminando por la calle y que un perro pasara y le robara una costilla... ¿qué iba a hacer yo? Solo me faltaba correr detrás de los perros. Además, crujía al caminar como un sillón viejo. Luego resultó que todas esas flores que traía las recogía en el cementerio, y su gran fortuna era lo que desenterraba de las tumbas y les quitaba a los muertos. ¿Para qué quería yo un marido ladrón de tumbas?
El siguiente pretendiente tenía un aspecto muy llamativo. Su ropa multicolor no atraía, sino que espantaba a todo el mundo, porque era un espantapájaros de huerto.

Era blandito, con ojos grandes que te miraban fijamente, los brazos extendidos y la boca cosida. Al principio me gustó que fuera tan enigmático y silencioso. Tenía un no sé qué de misterio. Pero a Sócrates no le gustó ni un pelo en cuanto lo vio, y enseguida le dedicó estos versos:
"¡No eres el hombre de la gran historia,
ni tienes alma, ni tienes memoria!
Con ropa de parches y gorro de paja,
¡este cosaco es solo una caja!"

Bueno, no le creí a Sócrates en ese momento, era joven y tonta. Pensé que era yo quien iba a vivir con él, no el cuervo. Me llevaba de cita al campo, al huerto, y me enseñaba qué crecía en cada lugar. Era muy hacendoso, todo le brotaba en la tierra, pero mudo como un tronco. Así que se me ocurrió la idea de descoserle la boca. ¡Que me lleven los demonios! ¡¿Para qué fui tan boba de hacer eso?! En cuanto lo hice, el espantapájaros empezó a pegar unos alaridos que hasta los pájaros huyeron despavoridos al cielo. Al imaginarme que esos gritos me esperarían cada día, tomé la aguja y le volví a coser la bocaza. Nadie tiene por qué gritarle a una mujer, que para abrir la boca ya estoy yo solita. Mandé a aquel espantapájaros bien lejos, al huerto. Que se quede allí espantando cuervos. Ay, no fue en vano que a Sócrates no le gustara. Y después, vino a pedir mi mano...