Hechizaré al amor. ¡barato!

Capítulo 12. Pretendientes: vendajes y pelaje

Capítulo 12. Pretendientes: vendajes y pelaje

—Mi siguiente pretendiente fue un auténtico barón. ¡El Barón von Strudel! Bueno, no el barón en persona, sino la momia del barón.

Era tan galante, tan educado... Abría las puertas, me cedía el paso, me ofrecía la mano. Yo todo el tiempo lo comparaba con el esqueleto. Aquel también era muy aristocrático y cortés. Pero este no rechinaba como una rueda vieja, y de ropa solo llevaba, bueno, vendajes. Muchas vendas. Muchísimas. Al principio me pareció un partido muy conveniente: no hace falta alimentarlo, se mantiene calladito (no como el espantapájaros al que tuve que volver a coserle la boca) і на одягу витрачатися не треба. Le pones una venda nueva y el Barón von Strudel queda encantado. Todo eran ventajas.

Eso fue hasta que lo toqué por primera vez. Ay, se lo digo con total franqueza: es una experiencia... peculiar. ¡No se lo recomiendo a nadie! Seco como un bacalao, y la piel que asomaba entre las vendas tenía el color de un plátano podrido. Mi Sócrates le dedicó estos versos:

"La momia camina sin ruido,

no habla con nadie, está ido.

Vendado está su corazón.

¡Le haré un favor a este barón!

Cumpliré su sueño más fiel

y diré: ¡No quiero su piel!

¡Que se pierda en la niebla el tirano,

este vendado y rancio plátano!"

Y ya está, después de eso, se me quitaron las ganas de verlo. ¿Qué iba a hacer yo con él? Ni pedirle consejo, ni salir a que nos viera la gente. De nada servía el título de barón. Si me hubiera casado con él, seguro que me habrían llamado "la baronesa de la momia". Y si se le llegaban a caer las vendas en público, ¡qué vergüenza! No, no acepté. Me entraron ganas de buscar un pretendiente vivo, fuerte y joven.

Justo entonces me vino a pretender un hombre-lobo, fuerte, rebelde y joven. Corría por el bosque más rápido que el viento, veía en la oscuridad de la noche más cerrada, tenía un oído y un olfato perfectos. Parecía un hombre de cuento de hadas. Todo lo que cocinaras se lo comía, no necesitaba ropa, tenía una fuerza descomunal y, si le rascabas detrás de la oreja, podías pedirle lo que quisieras. Todo eran puntos a favor.

—¿Y los aullidos a la luna?

—¿Y las pulgas?

—¿Y los colmillos? —volvieron a llover preguntas desde todos lados.

—¿Querías probar el papel de Caperucita Roja? —preguntó la chica con el disfraz de ángel (ya saben quién es su marido).

—No llegué a interpretar a Caperucita. Lo invité a almorzar. ¡Ay, lo que se armó! ¿Qué modales? ¿Qué cubiertos? Empezó a devorar todo directamente del plato. Y luego se puso a rascarse con las patas de tal forma que dejó mechones de pelo por todos lados. Me pasé una semana entera limpiando. Solo me faltaba tener pulgas en casa. Lo eché a escobazos, y él se puso a aullar bajo mi ventana como un loco. Mi familiar cantó entonces:

"¿Vivir con lobos? ¡Vaya dilema!

¡Vuelve con tus padres, evita el problema!

¡Huye pronto de los licántropos!

Te lo digo de este modo:

No quiero pelos ni pulgas,

que con un lobo no te sumerjas.

Su aullido nunca se calla,

¿es este el destino que te halla?"

—¿O sea que eras una novia muy exigente? —dijo la pirata, que ya estaba abrazada al camarero.

—No diría que fuera tan exigente, pero el corazón no me daba ni un vuelco —respondí con sinceridad.

—¿Es que nunca te gustó nadie?

—¿Tan desalmada eras? —empezaron de nuevo las preguntas.

—¿Por qué dicen eso? Claro que tuve pretendientes que me parecían lindos, curiosos o bromistas...



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En el texto hay: amor verdadero, brujas amor, aquelarreliterario

Editado: 09.05.2026

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