Capítulo 14. Pretendientes: sombrero y pezuñas
—El alegre y siempre divertido Sombrerero Loco. No necesitaba excusas para reírse y coser sombreros. Me gustaba por su actitud ante la vida; enfrentaba todos los problemas con una sonrisa y siempre estaba en una búsqueda creativa constante. Podía crear un tocado en pocos minutos y con cualquier cosa. Su fantasía desbordaba colores vibrantes. A primera vista, todo parecía genial, pero cuando lo miré más de cerca, vi que estaba muy lejos de ser Johnny Depp. Al Sombrerero no lo llaman "loco" en vano. Depp es un galán comparado con este Sombrerero, que tiene ojos saltones y una barba larga donde esconde agujas para poder coser un sombrero nuevo en cualquier momento. Su ropa chillona, sus botones y sus sombreros estaban por todas partes, incluso donde menos te lo esperabas.

Claro, si me hubiera casado con él, tendría miles de tocados, pero con los míos me bastaba, porque los que él creaba eran algo... provocadores. Lo mismo te plantaba un nido de cuervos sobre el sombrero, que le cosía orejas de burro o le colgaba tantas piedras que la cabeza se te ladeaba hacia todos lados. No me atreví a convertirme en la víctima de tal locura. Pero él se enamoró de mí y apenas pude quitármelo de encima. Maximiliano se escondía cada vez que el Sombrerero venía de visita, porque el Sombrerero quería ponerle un sombrero a mi familiar en todo momento. En resumen: le añadió varias canas a mi bigotudo amigo.
Y Sócrates cantaba una canción burlona en cuanto veía al Sombrerero en el umbral:
"¡El Sombrerero Loco,
está loco de remate!
Se enamoró con sofoco,
¡de esta bruja en el combate!
Y la brujita es voluble,
y la brujita es radiante,
brilla con luz imbatible,
¡como estrella rutilante!
Y el Sombrerero solo cose,
¡sombreros con gran empeño!
Lleva trescientos, ¡qué goce!
¡y aún no cumple su dueño!
Tiene las manos pinchadas,
¡y está verde de locura!
Por sus ideas alocadas,
¡y su loca desventura!"
A duras penas me libré de ese pretendiente.

—Elia, dime una cosa, ¿acaso no hubo ningún pretendiente que te hiciera dar un vuelco al corazón? —preguntó la chica disfrazada de Reina de Espadas.
—Ay, hubo uno con el que casi me caso. Era tan ardiente, tan apasionado, tan guapo... A su lado yo me derretía como una vela. Morenazo, con un bronceado infernal, chispas en los ojos y un cuerpo increíble. Mmm... Musculoso, alto, fuerte. ¡Un sueño de hombre! Y qué palabras me decía, cómo me apretaba contra él, cómo besaba... Un demonio carismático, ¡no hay más que decir! No podía quitarle la vista de encima, se me caía la mandíbula al verlo y el corazón se me salía del pecho.
—¿Y por qué no te casaste con él?
—¿También estaba loco?
—¿Huyó?
—¿Te dejó? —las chicas empezaron de nuevo con sus versiones.
—No, yo lo dejé a él y lo puse de patitas en la calle —seguí contando sobre mi casi-novio.
—¿Por qué?
—¿Qué hizo mal?
—¿Te ofendió? —preguntaron los presentes con curiosidad.
—Ese demonio carismático resultó ser un mujeriego empedernido, peor que un hombre-lobo y un Cerbero juntos. Tenía una bruja amada en cada ciudad, a las que les cantaba como un ruiseñor lo enamorado que estaba y que ella era la única, hermosa e irrepetible. Menos mal que Sócrates me dijo quién era en realidad:
"Su nombre es diablo común,
aunque de demonio se vista.
¡Es un perro faldero aún,
un cínico y un egoísta!
En todas partes lo quieren,
en todos lados lo aman,
a las mujeres las hieren,
mientras con él se programan.
Yo digo estas palabras:
¡Echa al diablo de tu vida!
¡Yo te digo que te abras,
de ese perro y su mentira!"

Fue después cuando otras brujitas me contaron, cuando nos reunimos en un aquelarre, que a cada una nos decía las mismas palabras. Pero resultó ser un canalla mayor, porque después de sus visitas, a todas nos desaparecía algún objeto valioso. A una unos pendientes, a otra un collar, a otra un anillo. Así que todas las brujas decidimos vengarnos.