Estaba a mitad de clase de biología cuando empecé a sentir un fuerte dolor de cabeza. Esto es normal, ya que padezco de migrañas constantes, pero esta se sentía diferente.
—¿Te sientes bien? —Moni parece preocupada.
—Sí, estoy bien —mi voz suena distante.
—Tus ojos...
—¿Qué tienen? —pregunto, incapaz de entender lo que dice.
No entiendo qué pasa; todo me da vueltas.
La cabeza me palpita, el dolor es cada vez más intenso.
—Tienen destellos verdes —tuerce la cabeza hacia un lado sin apartar la vista de mis ojos.
Debo estar soñando.
—¡¿Verdes?! —grito, sintiendo el dolor bajar por mi cuello.
El profesor, al escuchar el alboroto, se acerca a nuestros asientos.
—Es la segunda vez que les digo que se callen —su tono intenta imponer disciplina—. Salgan de la clase.
—Ya vamos —Moni y yo respondemos al unísono.
—Y vayan a la oficina del director —añade con fastidio, sin apartar la vista de la clase.
☽☾
Antes de salir, regreso a mi asiento para sacar mi termo de la mochila y tomar el remedio que prepara mi mamá para las migrañas, esperando que el horrible dolor pase. Al instante de salir, Moni me toma por los hombros y me recarga en la pared, con una firmeza sorprendente. La pared está algo fría y me estremezco un poco.
El remedio comienza a hacer efecto y la migraña desaparece.
—Déjame verte —acercándose tanto que puedo sentir su aliento—. Ya no tienes nada. Me equivoqué, creo que debo cambiar estos lentes. —Se los quita y comienza a limpiarlos.
—¿Es neta, Moni? —me siento indignado, sin poder evitar el tono que se escapa de mi voz—. ¡Nos mandaron a la oficina del director! Es ridículo. Digo, estamos en prepa y nos sacan del salón como si fuéramos niños pequeños.
Moni ríe, pero se nota que también está un poco tensa.
—Lo siento —con una expresión intrigada—, pero te juro que vi algo. Además, te veías mal; como desorientado.
—Pues ya qué —giro los ojos, resignado—. No pasa nada, anda, vamos con el director o nos meteremos en más problemas.
—Vamos —dice, mientras sonríe de una manera tonta.
☽☾
—Lo siento, chicos.
El director nos da una sonrisa amable; siempre me ha caído bastante bien.
—Ya saben cómo es el profesor Camacho, me exigió que llamara a sus padres.
Camacho es otra cosa; o sea, él le exige al director.
—Pero lo que hicimos no es motivo para eso —alzo un poco la voz, frustrado.
Moni me da un codazo.
Es que, ¿qué le pasa al maestro?
Solo estábamos hablando un poco, sin olvidar que casi me explota la cabeza de una migraña.
—Ese tono —susurra.
—Perdón, yo solo pensé que nos daría un sermón sobre por qué está mal hablar mientras los maestros dan su clase y esas cosas.
—Igual no tienen nada de qué preocuparse —continúa, ignorando lo que acabo de decir—. La razón es un poco tonta. El maestro solo hablará un poco con sus padres.
—Gracias, Dire.
—De nada, señorita Campos, ya pueden irse.
Moni me toma del brazo y me saca de la oficina antes de que pueda decir otra cosa.
—A veces eres un poco castroso, Oli.
—Pues si no fuera por ti, no estaríamos aquí —le digo, en tono de burla—. Si tan solo no fueras una miope...
La secretaria nos ve con una mirada penetrante.
—Ya se pueden retirar —su voz es seria.
Parece que ha estado sentada ahí desde el inicio de los tiempos. Una sonrisa se empieza a formar en mi cara y Moni nota que quiero reír y me tira del brazo —otra vez—, esta vez con una fuerza que me sorprende, sacándome de la oficina con rapidez.
—De verdad que eres muy imprudente —con un tono de frustración que ya me es familiar.
—¿Has estado haciendo ejercicio? —toco su brazo—. Te noto un poco fuerte.
—Mira, ya es hora del descanso —Moni evade la pregunta y sigue caminando.
☽☾
En resumen, el maestro les dijo a nuestros padres que era la última que nos pasaba sin castigo; pero, si teníamos otra mala conducta, el castigo sería exagerado.
Estábamos dando vueltas por la escuela durante el receso cuando lo vi. Adrián Valdés, un chico de un año más arriba que nosotros. Tiene el cabello tan rizado que parece un brócoli, ojos grandes y negros con una mirada encantadora. Es alto y tiene una nariz un poco grande.
No puedo evitar quedarme mirándolo.
Entonces Moni me da otro codazo.
—Espero que esto no se te haga costumbre.
Sobo mi brazo; es obvio que está haciendo pesas o algo así.
—Tienes que ser más discreto, Oli —frunce el ceño—. Creo que se dio cuenta.
—Para nada, él es un poco distraído, aunque eso no le quita lo guapo.
Siento el calor subir por mis mejillas y suelto un suspiro.
—No tengo idea de qué le ves —dice, confundida—. Parece como si un brócoli y un tucán hubieran hecho el amor, y él fuera el resultado.
—¡Oye! —la miro, un poco molesto—. No seas grosera, Moni. Además, a ti ni siquiera te gustan los vatos.
¿Qué le pasa?
Con Adrián nadie se mete.
—Exacto, porque la mayoría son unos pendejos. A excepción de ti, Oli. Tú... me caes bien —con una sonrisa burlona.
☽☾
Salimos de la escuela a las doce treinta de la tarde, como de costumbre. Estaba tan concentrado hablando con Moni que, de repente, choqué con alguien y caí al suelo.
Qué perro oso.
Cuando levanté la vista, casi se me cae la cara de vergüenza. Había chocado con Adrián. Él se agachó para ayudarme mientras detrás de él Moni estaba llorando de la risa, casi doblándose en dos.
—¿Estás bien?
Extiende la mano para ayudarme.
—S-sí, todo b-bien —respondo, tartamudeando como pendejo.
Detrás de él, Mónica sigue orinándose de risa, como si esto fuera el peak de la comedia.
Adrián me ayuda a levantarme; puedo sentir su mano contra la mía. Su olor me envuelve, cálido y suave como un día de verano.
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Editado: 09.01.2026