Hechizos bajo la Luna

Capítulo 11 - Brujo de tierra

Llegamos al lugar del campamento.

El fuego se alza entre los árboles y la maleza.

—¡Tenemos que encontrar al maestro! —gritó Moni.

—¿Cómo se supone que lo haremos si no podemos ver nada?

—Es verdad —añadí —. El humo es muy denso.

Me arden los ojos y me cuesta respirar.

—Y el calor es insoportable, debemos salir de aquí —se quejó Sara —. Tírense al suelo y síganme.

Avanza sin siquiera mirar atrás.

—¿Desde cuándo tú tomas las decisiones? —Moni empuja a Sara hacia atrás —. ¿Siquiera podemos confiar en ti? Eres una de ellas.

—No es momento de hablar de eso.

—El tonto tiene razón —dijo Sara.

—¡Pues hagan algo! ¡Lo que sea! —la voz de Moni se quiebra —. No pienso irme sin ellos.

—Se supone que Adrián debe estar a salvo. Lo envié en la dirección opuesta.

Adrián.

Me había olvidado por completo de él.

—No lo hiciste, Sarahí. Recuerda. Lo enviaste de regreso al campamento.

—Mierda —Sara golpea un árbol —. Ayúdenme a buscarlo.

Antes de que pudiéramos movernos, la tierra bajo nuestros pies tembló y comenzó a elevarse a nuestro alrededor, encerrándonos.

—¿Qué está pasando? —pregunto, desorientado.

—Es un hechizo —respondió Sarahí —, pero yo no lo hice.

Se escuchan gritos del otro lado del muro.

Y entonces, una voz conocida nos habla desde afuera.

—¡Chicos! ¿Están bien?

Es Adrián.

—No tengo idea de qué está pasando —continúa —. El bosque empezó a arder de pronto y el maestro dijo que se encargaría —traga saliva —. Me envió a buscarlos y quiere que nos vayamos. ¿Cómo terminaron ahí dentro?

Mónica comienza a apartar la tierra con las manos.

—¡Ayúdenme!

—El libro —los ojos de Sara se iluminan —. Oliver, usa el libro.

Al abrirlo, siento un poder intenso emanando de sus páginas.

—A ver...

Paso hojas con desesperación.

—Pócimas, criaturas...

—¡Rápido! —gritan las chicas.

—Aquí —doy un pequeño salto —. Hechizos.

—¿Volando?

—No seas tonta, Mónica —Sara pone los ojos en blanco —. Adrián nos verá.

Me arrebata el libro y lo hojea con rapidez.

—Este es perfecto —dice—, pero necesito que me ayudes, Oliver. El muro es demasiado grande para hacerlo sola. Vamos a derribarlo.

—¡Adrián, aléjate del muro! —grito —. ¡Lo vamos a tumbar!

—Tengan cuidado —responde.

Sara le entrega el libro a Moni y me toma de la mano.

—Bueno, son dos hechizos.

—¿Dos?

—Sí, pero funcionarán —aprieta mi mano —. Repite después de mí.

Levanta la mano que le queda libre, destellos rojos salen de su cuerpo y energía empieza a formarse en su mano.

Scutum.

Se forma un escudo frente a ella.

Scutum —repito, levanto la mano y la magia brota de mí, formando otro escudo.

—Ahora los empujaremos —sin soltarme la mano —. ¿Listo?

—Listo.

—Adrián, cúbrete los ojos —grita Moni —. Te puede caer tierra.

Movere res cum animo —su brazo se tensa y el escudo empieza a avanzar.

Movere res cum animo —repito.

Ambos escudos chocan con el muro, pero aguanta.

—¡Con fuerza, Oliver!

Una presión me oprime el pecho. Tengo miedo de no poder salvarnos esta vez.

Mónica posa su mano sobre mi hombro.

—Ustedes pueden.

El nudo se desliza por mis brazos. Una parte va hacia Sara; la otra sale disparada por mi mano, empujando el escudo.

El muro se rompe y cae en pedazos.

—Somos libres —digo, agotado.

—No por mucho —Sara se limpia la sangre que le corre por la nariz —. Si nos encuentran, estamos perdidos.

—¡Oliver!

Adrián corre hacia mí.

—¿Te hiciste daño?

—No.

—Estás sangrando.

Limpia la sangre de mi nariz con la manga de su suéter.

—El fuego es cada vez más grande —dice Sara —. Tenemos que irnos ya.

Nos tiramos al suelo y avanzamos a ciegas, arrastrándonos entre humo y cenizas. Moni y Sara van delante, marcando el camino.

Un crujido seco rompe el ruido del fuego.

Una rama cae sobre nosotros.

Moni se levanta de inmediato y la aparta de un empujón.

Adrián no se mueve.

—¿Qué le pasa? —pregunta Sara.

Me quedo quieto.

Moni le busca el pulso en el cuello.

—Está inconsciente —dice al fin.

Saca una botella y unos trapos de su mochila.

—Humedezcan esto —nos los lanza —. Pónganselo en la nariz para que el humo no los afecte tanto. Debemos cargarlo entre los tres.

En eso estamos cuando el maestro nos intercepta.

—¿Por qué siguen aquí? —no da tiempo a responder —. Corran, corran.

El suelo a lado de nosotros explota y caemos todos al suelo.

—Nos encontraron —dice Sara mientras se endereza —. Esconde bien ese libro.

Moni me lo entrega y lo guardo en mi chaqueta.

Cuatro figuras encapuchadas aparecen frente a nosotros.

Sara y el maestro ya están de pie. Yo sostengo a Adrián en el suelo y Moni sigue de rodillas.

Una de ellas da un paso al frente. El fuego le brota de las manos.

—Es tu culpa —Sarahí alza la mano. Dice algo que no alcanzo a escuchar. Sus ojos se vuelven rojos —. Todo esto es tu culpa, ¿no podías esperar?

La bruja sale disparada hacia atrás.

Camacho levanta una mano y la aprieta en un puño. La tierra bajo nosotros empieza a temblar y las brujas pierden el equilibrio.

Da un pisotón. El suelo bajo ellas se parte y las traga.

—Pero ¿cómo?

—Habrá tiempo para historias después —el maestro me ayuda a levantar a Adrián —. Ahora tenemos que huir.

—Quítense —Moni me aparta —. Yo lo llevo. Los veo en el estacionamiento.

Se echó a Adrián en la espalda como si no pesara nada.

El maestro se quedó mirándola.

—Emm... ¿esto es el gimnasio?

Y echó a correr.

—¡Esto querías! —grita hacia la bruja que atacó —. Aquí lo tienes, enfréntalo.

—¿A mí?

—No te dejaré solo, Oliver —voltea a verme —. Ya me cansé de fingir. De tratarlos mal sin motivo.




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