El salón estaba bien iluminado. No había sombras en las esquinas ni recovecos oscuros. Nada estaba oculto de la vista en el salón azul.
Adrien entró con pasos medidos, apretando las mandíbulas mientras se fijaba en el papel tapiz que le daba su nombre a la habitación. Eran olas, una marejada que rompía contra las rocas tal como la culpa parecía estar jugando con su mente.
—Entonces —empezó David. La sonrisa que tenía pegada al rostro no le llegaba a los ojos, que miraban a Adrien con pena infinita—. ¿Qué teníamos que revisar?
El beta ladeó la cabeza, escaneando las facciones angulares por un segundo. El remordimiento apenas le susurraba al oído. Adrien cuadró los hombros un centímetro y aplastó el sentimiento rastrero de un manotazo.
—Lord Primus pidió que se nombrara al consorcio de inversores —dijo extendiendo la tablet a David. Estaba tan cerca que podía sentir el calor irradiando de su cuerpo. Se mordió el labio hasta sentir el gusto metálico en la boca y clavó la mirada en las palabras que aparecían en la pantalla—. Es importante contar con su agradecimiento.
David inclinó el rostro al tomar la tablet. El beta podía ver cómo se movían sus ojos al escanear el documento, el pulso latiéndole rápido en la base del cuello. Las pequeñas arrugas en su frente se marcaban al pensar. Los dedos le dolían a Adrien por la necesidad animal de acariciarlas como solía hacerlo, con los pulgares, mientras reía al decirle a David que debía sonreír más y enojarse menos.
Adrien ahogó un suspiro que le abrasó la garganta.
—Estas nuevas menciones romperán el ritmo —dijo David, revisando el documento.
—Lo sé —contestó el beta, rozando la pantalla al señalar los puntos—, pero no puedo decirle eso a tu padre.
David rio de forma amarga y se pasó la mano por la nuca.
—Es verdad. Dios nos libre de darle la contra.
Ambos hombres rieron. Por un momento, el nudo gordiano en su pecho se aflojó un milímetro casi imperceptible. Sus miradas se encontraron; dos caminos que se habían separado en una encrucijada que nadie había visto venir.
Pero la risa se extinguió tan rápido como había llegado.
El silencio volvió a instalarse en la habitación, pesado, denso, cargado de todo lo que no se habían dicho en meses. Adrien dio medio paso atrás para marcar distancia y extendió la mano para recuperar la tablet. Quería aferrarse al papel de empleado, al trámite profesional, a cualquier cosa que le sirviera de escudo.
David no se la devolvió de inmediato. Se la quedó sosteniendo entre los dedos, con la mirada fija en la pantalla apagada mientras el aire entre los dos se volvía enrarecido.
El alfa se balanceó, cambiando su peso de un pie a otro, y finalmente soltó el dispositivo sobre la mesa con un golpe seco que resonó en las paredes. Apartó la mirada por un segundo antes de volver a clavar sus ojos en él.
—Adrien —empezó con voz vacilante. Se metió las manos a los bolsillos y alzó el mentón para darle la cara al beta—. No te vayas aún. Te debo una conversación.
La adrenalina recorrió su cuerpo. Una saeta de fuego que hizo que se le contrajeran todos los músculos.
Había estado esperando esas palabras. Había querido escuchar los labios del alfa pidiendo perdón, diciendo entre susurros cómplices que lo volvieran a intentar. Pero después de ver a David con el omega toda la velada, Adrien entendió que eso nunca pasaría.
Sí, la conversación que había deseado estaba a punto de ocurrir, pero el desenlace no estaría marcado por besos y abrazos de reconciliación, sino por el camino salado de las lágrimas.
—Tienes razón —dijo el beta. La voz le vibraba en los bordes. Apoyó una mano sobre la mesa más cercana, buscando un ancla firme frente al mareo que amenazaba con tumbarlo—. Me debes una explicación.
—Yo no debí dejar que las cosas cambiaran sin decir nada.
Adrien apretó los dedos contra la madera pulida, dejando que los nudillos se le pusieran blancos y las uñas se le clavaran en la superficie.
—No, no debiste —afirmó. Sentía la conocida quemazón creciendo detrás de sus párpados y un vacío helado instalándose en la boca del estómago—. Yo… yo pensé que lo nuestro significaba algo para ti.
David suspiró al cerrar los ojos un instante. Se apoyó contra uno de los muebles cercanos con el cejo fruncido y los ojos entornados.
—Te hice daño —dijo en voz baja. Sacó una mano del bolsillo y la dejó colgando a su lado, con los dedos temblándole levemente—. Perdóname, Adrien. Lo siento tanto. Nunca fue mi intención.
La mirada de David era suave, brillosa. Adrien sintió cómo su aura vibraba; aunque no la pudiera oler, había aprendido a reconocer la vibración en el aire, la forma inconsciente en que las partículas se espesaban cuando el alfa sentía demasiado. Era una presión física sobre sus hombros, un peso sofocante.
Sin darse cuenta, sin medir el espacio, Adrien dio un paso hacia él. Sus pies habían decidido por sí mismos que la distancia entre ambos era demasiado.
—Sé claro, David —pidió el beta con voz rasposa mientras un nudo áspero le cerraba la garganta. La humedad en sus ojos empezaba a desbordarse—. ¿Estás terminando conmigo? Ayer me dijiste que lo ibas a pensar y supongo que ya llegaste a una conclusión.
David se movió apenas, inclinando su cuerpo ligeramente hacia el beta. Tenía los labios tensos, la boca deformada por la culpa.