La risa se le salía a borbotones, mientras su amiga cerraba la boca de golpe para evitar escupirle toda la copa de champagne al hombre con el que estaban conversando.
—¡Y entonces este imbécil se subió a la barra! —Nika apenas podía hablar de la risa—. ¡A la barra, petite! Como si fuera a dar un discurso de coronación. ¡Y empezó a gritar que alguien había metido una maldita calabaza en el camerino!
—Nika, tú pensabas que estabas enfrente de una lámpara de pie —dijo el hombre asiático, palmeando el brazo de Nika mientras soltaba una carcajada.
Lucky reía con ganas, con los músculos del cuerpo completamente relajados y el rostro iluminado por la calidez del alcohol. Tenía las orejitas de omega bien erguidas, vibrando por el buen humor y esa ligera incertidumbre divertida que te da el champagne.
—Parece que ser modelo es la mar de divertido —dijo Lu, tomando un sorbo y dejando la copa vacía sobre una de las mesitas de coctelería. Revisó el reloj de muñeca para verificar que la medianoche estuviera cerca.
Miró sobre el hombro de la rubia, buscando el cuerpo fuerte y la presencia imponente que tanto deseaba ver entre la multitud.
—¡Una maravilla, petite! Te pagan por ser hermoso, te visten con ropa que no puedes permitirte y, si tienes suerte, te toca compartir camerino con un espécimen como este —señaló a Joon con la copa—. Aunque debo advertirte que su cerebro deja de funcionar después del segundo champagne.
El beta rió y la agarró de la cintura antes de que terminara de girar.
—Siempre es un placer asistir a las sesiones de la marca —dijo el coreano.
—Me encanta la estética de su marca —dijo Lu, ladeando la cabeza con curiosidad. Sus orejas se inclinaron apenas hacia un lado—. Siento que estoy en un sueño, o en un espejismo... algo como Alicia en el país de las maravillas mezclado con algo urbano y un poco de rebeldía.
Nika lo miró como si le hubiera crecido otra cabeza y se acabó su copa de un trago.
—¿Ves? ¡Te lo dije! —Nika señaló a Lucky como si acabara de presentar una prueba irrefutable ante un tribunal—. Este zorrito tiene más imaginación en una oreja que todos los fósiles del departamento creativo de Vairel juntos. Y créeme, cariño, ahí hay suficientes fósiles para abrir un museo.
Los ojos oscuros del hombre recorrieron a Lu desde la punta de las orejas hasta los zapatos que había limpiado con esmero antes de venir, deteniéndose unos segundos de más en los ojos azules, brillantes, que le encontraron la mirada.
—¿Así que un diseñador, eh? —dijo el hombre, pasándose la mano por el cabello perfectamente peinado—. Nika dice que tu arte es diferente. No tan occidental como todo lo que hace Vairel.
Lu asintió, inclinándose un poco hacia el hombre para susurrarle en el oído.
—Creo que yo sería el Gato Cheshire —dijo en tono juguetón—, si viviera en el sueño de Kaizen Lab.
Joon soltó una carcajada al escuchar el nombre de su marca de moda.
—¿El Gato Cheshire? ¿Y por qué no Alicia?
—Porque Alicia se pasa toda la historia intentando entender dónde está —respondió Lucky, agitando la punta de las orejas con una sonrisa traviesa—. El gato ya conoce las reglas. Simplemente se divierte rompiéndolas.
El hombre alzó las cejas, visiblemente entretenido.
—Interesante. ¿Y eso también lo haces con tus diseños?
—Cuando me dejan —dijo Lu con una sonrisa inocente.
—¡Que es casi nunca! —intervino Nika, levantando su copa—. En Vairel les da urticaria cualquier cosa que no hayan visto primero en un catálogo de hace veinte años.
Joon volvió a mirar a Lucky, esta vez con una curiosidad distinta.
—Me gustaría ver alguno de tus trabajos, monsieur Clairvaux. Vant Group siempre está buscando nuevas perspectivas. Especialmente para nuestras marcas más jóvenes —sonrió apenas—. Y tengo la impresión de que tú tienes unas cuantas cosas interesantes que decir.
Nika iba a contestar cuando uno de los meseros se acercó con cautela.
—Disculpen, monsieurs —dijo con una inclinación de cabeza amable, disculpándose por la interrupción—. ¿Estoy hablando con el señor Lucky Clairvaux?
Las orejitas de Lu dieron un respingo por el asombro, orientándose de golpe hacia el empleado. Lucky miró al mesero con los ojos abiertos, sin entender.
—Sí, ¿en qué lo puedo ayudar?
—Lord Vairel nos pidió que le pidiéramos encontrarse con él antes del discurso final —dijo el mesero, señalando un pasillo al final del salón en el que estaban—. En el salón azul, detrás del escenario.
El corazón le dio un vuelco violento contra las costillas.
David lo había llamado. Una sonrisa que no tenía nada que ver con la broma anterior le iluminó todo el rostro. Ese sentimiento tibio que había estado creciendo en el centro de su pecho durante toda la noche se desbordó por sus miembros. Le recorrió los brazos y las piernas con un chispazo de adrenalina, hasta que Lu se transformó en una masita feliz.