Con los ojos cerrados, el único sonido que podía escuchar era el latir desbocado de su corazón. Era un sonido sordo, decadente, como una campana a punto de romperse en mil pedazos. No podía gritar, no podía llorar, y el pulmón se negaba a respirar con el sabor metálico de la sangre en la lengua y el calor meloso en la mordida que él mismo se había infligido en el dorso de su mano.
Lucky se apartó de la puerta como pudo, con movimientos agonizantes, apretando su propia carne en un abrazo desesperado que pretendía mantener las piezas de su cuerpo unidas. Caminó dos pasos minúsculos hasta poder apoyarse contra la pared fresca del pasillo, jadeando, con el pecho ardiendo en llamas.
Detrás de sus párpados cerrados, las imágenes de hace unos segundos se sucedían una tras otra, como si la silueta de David y Adrien besándose lentamente se le hubiera quedado grabada en la retina con fuego.
Se incorporó con dificultad. Metió la mano temblorosa en el bolsillo y apretó el inhalador. La forma conocida de la boquilla de plástico lo calmó lo suficiente para que su pecho pudiera abrirse apenas y una exigua bocanada de aire entrara. Trató de tomar un puff de salbutamol, pero las manos le temblaban tanto que el pequeño tubo de metal terminó cayéndose al suelo con un chasquido sordo y rodando lejos de su alcance.
Lu alzó la mirada a los candelabros en el techo y, con la misma mano traicionera, se limpió el rostro.
¿Por qué?
¿Por qué no me dijiste que seguías con él?
¿Por qué me dejaste enamorarme de ti?
El omega se irguió contra la pared, asentando en la estructura de piedra todo su peso, mientras se alisaba torpemente el cabello y se secaba el reguero de lágrimas que le cubría las mejillas. Trató de inhalar de nuevo, pero el aire seguía negándose a entrar. Reprimió el instinto asfixiante de toser mientras se ajustaba la solapa de la chaqueta del traje.
Por favor, quiero irme a casa.
La imagen de su pequeño departamento era lo único que lo mantenía en pie. Necesitaba salir de ahí a como diera lugar. Necesitaba alejarse de David, de Adrien, de ese cuarto azul, hasta que pudiera lamerse las heridas a solas.
Sus pies se movieron de forma autómata, sin su permiso. Primero un pie y luego el otro avanzaron a trompicones, llevándolo a través del pasillo. Al pasar junto a un espejo, vio el rostro enrojecido, los párpados pesados, las mejillas ardientes por el ahogo, la fiebre y la decepción.
Lu no reconoció al chico que se había visto en el espejo de cuerpo completo esa misma noche. Miró un segundo más. Los ojos azules. La mirada brillante, dolorosamente igual a la de su padre.
Apretó los labios hasta dejarlos blancos. No podía hacer nada por las lágrimas que todavía amenazaban con desbordarse, ni por el dolor lacerante que le desgarraba el pecho. Pero podía mantenerse en pie. Eso todavía podía hacerlo.
Lucky se sorbió la nariz, se secó las mejillas con el dorso de la mano y alzó el mentón.
Tomó la salida izquierda, alejándose del salón en donde Nika seguramente seguía disfrutando la noche. Atravesó la multitud que se dirigía al salón principal para el discurso de cierre, mientras mantenía el rostro agachado, escondiendo los ojos hinchados de la vista de extraños.
Se obligó a caminar lentamente, con dignidad, con lo poco que le quedaba, con esa parte de Lucky que se había negado a morir desde el primer segundo en que vino a este mundo.
Casi chocó con un mesero que se disculpó efusivamente, mientras Lucky apenas dibujaba una mueca torpe que pretendía ser una sonrisa. Pasó junto a las obras de arte que unas horas antes le habían maravillado, y el pulso se le detuvo un instante al ver la columna detrás de la cual se habían besado.
Eternidades antes, cuando Lu había pensado que por fin había encontrado algo verdadero.
Había sido un estúpido, pensó. Un tonto enamoradizo. Un… juguete tonto.
Tomó una servilleta de una mesa de paso. Tenía los puños apretados con rabia y las piernas débiles, como gelatina. Giró a la izquierda nuevamente; sabía que la salida estaba cerca. Necesitaba el aire frío en el rostro y el abrazo gélido del invierno que calmaría la hoguera que le ardía debajo de la piel.
Cuando alzó la mirada buscando la puerta, tuvo una sensación extraña, un escalofrío helado le erizó la piel. La incómoda certeza de que alguien lo estaba observando lo obligó a girarse. Buscó entre la multitud que se movía a contracorriente hacia el salón principal y, entre los rostros borrosos, encontró un par de ojos azules idénticos a los suyos.
La sangre se le congeló en las venas.
Los conocía.
El pecho se le contrajo con la fuerza de la incredulidad, mientras sus manos caían a los costados de su cuerpo, inertes.