Hecho a tu medida

Costura 44: Aplomo

Cuando entró en Vairel esa mañana, Lucky sentía que iba dejando pedacitos de su cuerpo por la calzada. Una costilla en el portón negro, una tibia abandonada en el lobby dorado, un pedacito de riñón en el ascensor que tomó para llegar al segundo piso.

Los minutos se sucedían para formar horas en las que Lu no estaba ni vivo ni muerto, sino encerrado en un limbo sin emoción. Había pasado lo que quedaba de la noche en el departamento de Thomas, junto con Didi.

El omega lo había bañado con cuidado y cepillado su cabello hasta que dejó de ser una mata enmarañada. Lo había sostenido contra su pecho mientras vomitaba el bilis amargo en el pequeño baño. Thomas le había cantado en un susurro constante hasta que Lu se quedó dormido. Ambos omegas se arrebujaron debajo del cubrecama, orejitas juntas, sintiendo el calor ajeno en las puntas, respiración acompasada como cuando eran niños, mientras el alfa vigilaba.

Lucky salió del ascensor con pasos lentos, arrastrando la suela del zapato sobre el mármol. Miró su celular. Había tenido 29 llamadas perdidas de David antes de que Thomas le quitara el aparato de los dedos entumecidos y bloqueara al alfa. Lu no había tenido el corazón para hacerlo él mismo.

El omega suspiró al abrir la puerta del taller principal, sintiendo el aire frío cortar su garganta maltrecha. No sabía cómo iba a ver a David. Cómo lo miraría a los ojos sin romperle la cara a cachetadas o partirse en llanto ahí mismo, frente a todos.

El alfa no trataría de hacer nada en Vairel, ¿verdad?

No si quería ahorrarse el escándalo de un omega a punto de un colapso mental rompiéndole la nariz.

Dos figuras eran los únicos habitantes del taller a esa hora. Émile saludó con una taza en la mano, mientras la sonrisa de Claire se quedó a medio camino cuando alzó el rostro del muestrario y lo vio de frente.

—Lu… —dijo Claire con incredulidad—. ¿Estás bien?

La mujer se acercó e inspeccionó su rostro. Se fijó en los ojos enrojecidos, inyectados en sangre, en las ojeras violetas que le hundían las cuencas, en la palidez anormal del omega. Lu sonrió, o trató, pero tenía los labios partidos y entumecidos.

—Estoy bien —dijo, aunque un acceso de tos seco le desgarró el pecho y cortó sus palabras—. Solo tuve una mala noche. No es nada.

Émile se acercó al sentir la preocupación de la mujer. Sus ojos inteligentes se entrecerraron y lo escanearon con la destreza de quien está acostumbrado a siempre encontrar la costura que falta.

—Muchacho —dijo al dejar la taza de café sobre la mesa—, parece que un tren te pasó encima.

Lucky negó con una mueca temblorosa. Bajó la mirada y escondió la mano vendada en el bolsillo del pantalón.

—Hoy debes estar bien, Lu —dijo Claire, mirando alrededor con nerviosismo—. Tienes tu presentación. Has trabajado tan duro.

—Las preocupaciones de la vida se quedan afuera de este taller —anunció Émile, acariciándose el bigote canoso—. Aquí eres Lucky, el diseñador, y presentarás esta maravilla con destreza y seguridad.

Lu asintió y se acomodó el pelaje de las orejitas que no había peinado esa mañana, sintiendo la raíz sensible y adolorida. Un calorcito tenue le había regresado a las manos. Miró su pieza; el abrigo se veía perfecto en medio de la sala.

El jefe de taller tenía razón. Había tanto que David le había quitado en las últimas horas: su dignidad, su esperanza, su confianza. Después sus hermanos habían irrumpido en medio de su desesperación para empeorar las cosas.

Pero Lu no dejaría que le quitaran esto.

Recorrió las costuras con las yemas de la mano sana, sintiendo la textura rugosa del hilo. Él había creado esa pieza de la nada. Horas y horas de insomnio hasta poder terminarla. La había soñado y la había confeccionado.

Se mordió el labio.

—Tienes razón, Émile.

—Lo sé —dijo el beta—. Por eso soy el jefe.

Los tres rieron, un sonido frágil que duró apenas un instante.

La niebla que rodeaba a Lucky se disipó apenas, cuando la puerta del taller crujió y Máxime entró a la habitación silbando, con el celular en la mano. Sus ojos se encontraron por un segundo antes de que el alfa saludara a sus jefes y se dirigiera a su mesa de trabajo. El aura de Máxime era suave, cuero tibio, una ola de satisfacción que cubrió a Lucky y le hizo dar un vuelco al estómago antes de que el alfa se apartara.

Lu lo miró por un momento más. Examinó la línea suave de la mandíbula, la forma en la que el alfa acomodaba sus cosas en la mesa mientras canturreaba. El omega había aprendido a temerle a la felicidad de Máxime.

—Bueno —dijo Émile, mientras los demás miembros del taller seguían llegando—. Vamos a darle una última revisión.

Miró el reloj de pared.

8:30 a. m.

—Lo revisamos ayer —contestó Lu, recorriendo el abrigo con la mirada ansiosa—. Todo funcionaba perfecto.

—Ayer fue ayer y hoy es hoy —contestó el beta—. Tenemos treinta minutos para llevarla a la sala de presentaciones y acomodarte ahí, muchacho.

El taller ya estaba lleno. Los pasantes, los costureros y los diseñadores junior se agolpaban en las mesas de trabajo. La cadencia de las agujas y las conversaciones matutinas llenaban el aire.

Lu asintió y rodeó al maniquí hasta estar a la altura de la manga. Con cierta torpeza, jaló la palanca que abría el dispositivo. Las alas posteriores se abrieron en toda su gloria.

—Mira, Émile —dijo Lucky, sonriendo por primera vez esa mañana—. Está perfec…

No alcanzó a terminar la frase cuando la estructura izquierda emitió un chasquido seco y se desprendió de su sujeción. Se venció de costado, quedando colgada de la espalda del abrigo.

El rasgado de la delicada tela resonó como un latigazo en los oídos de Lu. Después llegó el tintineo doloroso de los anclajes de metal que comenzaron a rodar por el suelo.

Claire ahogó un grito de terror. Durante un segundo todos se quedaron pasmados. Entonces, el peso de la corsetería de metal venció a la tela y todo el lado izquierdo terminó cayendo al suelo.




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