—Aún podemos detenernos —murmuró Richard sin mirarla.
Él golpeaba suavemente el volante con los dedos, un ritmo nervioso que intentaba disimular. Frente a ellos, un vehículo avanzó unos metros y se detuvo nuevamente. Quedaban tres autos antes de llegar a la garita de migración. Victoria, en el asiento del copiloto, en silencio, sostenía a un bebé envuelto en una manta azul. Lo mantenía pegado contra su pecho con un agarre que se veía más como si ella estuviera aferrada a él.
Victoria bajó su mirada hacia el pequeño rostro. Con su dedo índice, acomodó el mechón blanco de cabello que sobresalía en su frente.
—No —respondió con suavidad.
Richard exhaló con pesadez mientras el sudor recorría su cara. Revisó el retrovisor; sus ojos se movieron con rapidez, analizando cada vehículo detrás de ellos, cada silueta, cada detalle mínimo que pareciera fuera de lugar. El auto avanzó de nuevo.
—Se darán cuenta —dijo él—. Tarde o temprano lo harán.
—Puede ser —contestó Victoria.
El bebé se movió ligeramente; al despertar, emitió un pequeño quejido que apenas se distinguía del ruido del exterior. Victoria lo abrazó con más fuerza, balanceándolo con suavidad.
—Era nuestro deber —continuó él—. Que era lo correcto...
Victoria alzó su mirada hacia el parabrisas empañado, seguida de un movimiento repetitivo en su pierna derecha como reacción al nerviosismo.
—¿De verdad les creíste?
Richard la miró, pero no respondió. Pasó su mano por detrás de la cabeza y bajó con fuerza hacia su cuello, el cual presionó, soltando otro suspiro. La fila avanzó otro tramo; ya podían ver con claridad a los oficiales revisando documentos, observando el interior de cada vehículo con linternas y una expresión de duda constante en sus rostros. Ante esto, Victoria tragó saliva con dificultad.
—Cuando lo vi… —susurró con la voz quebrada—, supe que no podía hacerlo.
Él apretó los labios al igual que sus manos.
—No sabemos si sucedería eso.
—¡Claro que iba a suceder! —anunció Victoria alzando el volumen de su voz.
Un eterno silencio cayó entre ellos como un peso imposible de ignorar. El último carro frente a ellos terminó su inspección y avanzaron lentamente. Fue imposible evitar que varios recuerdos pasaran por sus mentes, llenas de dudas mezcladas con tintes de incertidumbre. Victoria respiró hondo.
—Hemos intentado por muchos años conformar una familia —dijo sin apartar la vista del bebé—. Y este es nuestro momento de hacer realidad ese sueño que pensábamos imposible de cumplir.
Por unos segundos, Richard apoyó su frente contra el volante, se levantó y se rascó la cabeza con desespero.
—Esto es diferente, Vic.
—Sí, lo es —respondió ella—. Pero de verdad quiero ser mamá, por favor.
El oficial le hizo una seña para que avanzaran. Richard, con las manos rígidas sobre el volante, avanzó hasta detenerse al nivel de la caseta. Una luz blanca iluminó el interior del vehículo. Otro oficial se acercó por el lado del conductor.
—Buenas noches, estimado. Documentos, por favor.
Richard asintió con la cabeza y entregó los pasaportes con sus manos temblorosas, que intentaba mantener firmes. En cambio, Victoria bajó la mirada, fingiendo acomodar la manta del bebé para ocultar su rostro.
—¿Se encuentran bien? —preguntó firme el oficial.
—Sí —contestó Richard de inmediato—. Solo el clima nos tiene un poco aturdidos.
El oficial observó los documentos de un lado al otro por una segunda vez que parecía eterna.
—¿Motivo de viaje?
—Mudanza —respondió Richard—. Por trabajo; aquí tiene un comprobante.
El hombre lo revisó, levantó la vista y miró hacia el interior del vehículo. Sus ojos se detuvieron en el bulto que cargaba Victoria en los brazos.
—¿Cuántos meses tiene? —señaló.
Victoria sentía como si el aire desapareciera de sus pulmones, como si la hubieran golpeado múltiples veces en el estómago.
—Dos —contestó casi en un susurro.
El oficial se quedó en silencio por un instante, pero luego, con una expresión indiferente, asintió. Selló los documentos y los devolvió.
—Bienvenidos a Canadá, pueden continuar.
Richard tardó unos segundos en reaccionar. Tomó los pasaportes y la ficha, agradeció con un gesto breve y avanzó con lentitud. No hablaron mientras atravesaban el tramo fronterizo. Las luces del puesto comenzaron a desaparecer detrás de ellos, reduciéndose hasta convertirse en un brillo distante.
El bebé abrió los ojos; sus pupilas reflejaron la luz de la carretera antes de cerrarse de nuevo. Estaba tan tranquilo, ajeno al peso de la decisión que acababa de sellar su destino sin saberlo. Victoria soltó un sollozo silencioso que llevaba contenido metros atrás.
—Ya está… —susurró.
Su esposo no respondió enseguida. Su mirada seguía fija en la carretera que se extendía frente a ellos.