El estadio de la secundaria Redwood no tenía una gran capacidad en comparación con otras instituciones de la ciudad, pero ciertas partes se estaban reconstruyendo. Se distinguían con claridad bajo los reflectores portátiles que llenaban de luz tanto la cancha como la feria de recaudación instalada junto al estacionamiento. Esa noche, las gradas metálicas crujían bajo el peso de los aficionados reunidos para el partido de las Águilas de Redwood y los Bulldogs de Northfield.
El aire estaba cargado de olor a palomitas, frituras, café barato y césped húmedo. Steven sostenía la caja de primeros auxilios con un fuerte agarre, esquivando a las personas en su camino.
—Caminas con tanta rigidez, como si fueras un robot —comentó Mateo, quien caminaba a su lado con la gracia de un pato distraído.
Steven no se detuvo; apresuró su paso. Esquivó con destreza a un grupo de niños de primaria que corrían con las caras pintadas de rojo y blanco, los colores de las Águilas.
—Tengo que tener cuidado —comentó sin perder el ritmo—. Aquí llevo cosas frágiles que va a necesitar el equipo. Además, el juego está por empezar y Valeria está en crisis.
Mateo miró hacia el frente. Valeria caminaba diez pasos delante de ellos, liderando al pequeño grupo de voluntarios con una carpeta azul apretada contra su pecho. La expresión en su rostro era de alguien que había aceptado responsabilidades innecesarias solo para cumplir con actividades extracurriculares.
—Yo… no estoy en modo crisis —dijo casi gritando, sin girarse—. Simplemente me gusta tener todo organizado.
—Claro que sí —murmuró Mateo con sarcasmo.
Steven sonrió de forma genuina; le agradaba cómo Valeria actuaba ante el caos, como si pudiera arreglar todo en el último momento. También los comentarios innecesarios que hacía Mateo en el momento menos oportuno. Esa era su dinámica desde que se conocieron en primer grado y lo hacía sentir bien.
A pesar de las ráfagas de viento frío que azotaba por momentos, el estadio vibraba con una energía cálida tan particular. Steven no sabía si era por cómo estaba iluminado el lugar o por el olor a comida, pero siempre notaba ese tipo de cosas: los detalles, las variaciones de energía y los cambios casi imperceptibles. A veces sentía que el mundo le llegaba con una sensibilidad más alta que al resto, lo que lo agobiaba, pero con el tiempo aprendió a manejarlo.
Llegaron a la carpa médica junto a la línea lateral. Steven dejó la caja sobre la mesa y comenzó a organizarla por voluntad propia. En su mente repetía: «Gasas a la derecha con los vendajes, cinta adhesiva y algodón. A la izquierda, alcohol, agua oxigenada y suero fisiológico. Por último, las compresas frías en la hielera».
—Si el gobierno necesitará que le organicen todos los documentos históricos, tú serías el indicado —dijo Mateo mientras se sentaba en un banco.
—Si todo está en su lugar, se reducen los errores —respondió Steven.
Mateo torció los ojos hacia un lado, soltando un suspiro de irritación. Valeria soltó una carcajada burlona.
—Nunca cambies, Ste —comentó Valeria, dándole una palmada en la espalda.
De pronto, el árbitro, en el centro del campo, sonó el silbato; las gradas rugieron por completo. Ambos equipos salieron al césped; Steven levantó la mirada por inercia y fue cuando vio al jugador con el número diez y esa media melena que brillaba bajo la luz. Logan no caminaba como alguien que buscara atención, pero aun así la tenía. Su presencia marcaba la diferencia entre los demás jugadores. Mateo notó la dirección de la mirada de su amigo.
—Es el famoso capitán rubiecito —dijo con tono revelador, colocando su brazo en el cuello de Steven.
—Lo sé —susurró, quitándose del agarre de su amigo.
Continuó observando a Logan y cómo ahora bromeaba con sus amigos mientras el entrenador daba las instrucciones. Sus labios dibujaron una sonrisa y fue en ese momento cuando ocurrió: no fue un pensamiento ni una ilusión, sino una sensación cálida que empezó a expandirse en el centro de su pecho, no en forma de nerviosismo ni de vergüenza. Era como si una parte en su interior hubiera despertado, sin que su mente pudiera procesarlo ni entenderlo.
Cuando parecía que se encerraba en una burbuja de emociones, su brazalete del brazo derecho timbró a la par que una luz roja parpadeaba. Según le dijeron sus padres, cuando eso ocurría tenía que empezar a controlar su respiración mientras contaba regresivamente del diez al cero. Cerró sus ojos y comenzó con la rutina.
Logan, que calentaba dando zancadas, recorrió con la mirada la línea lateral y se detuvo en aquella persona que permanecía quieta como una estatua plantada en el lugar, sabía quien era, después de todo llevaba enamorado de él desde décimo grado. Paró; continuó observando y, en ese instante, Steven abrió los ojos haciendo contacto visual. Pero Logan de inmediato giró su mirada hacia el arco, haciendo como si no hubiera sucedido. En cambio, en Steven ese breve minuto hizo que su pulso se elevará, siendo consciente de cada latido de su corazón.
—Definitivamente lo estabas viendo —comentó Mateo al aire.
Los hombros de Steven se encogieron; lo miró, pero ignoró por completo el comentario. Solo se sentó junto a la mesa.
El árbitro, con sus pantalones holgados de color verde, dio inicio al partido y el balón comenzó a moverse con velocidad. Steven seguía las jugadas, en especial las del número diez, el cual se movía con facilidad; sus ojos analizaron cada espacio del campo antes de cualquier movimiento, mientras el entrenador gritaba agitando las manos desde la banca. Cada vez que Steven veía a Logan con el balón, aquella sensación aparecía en él, como si su cuerpo simplemente reaccionara ante un pequeño estímulo visual.