—Mierda —dijo Steven apenas abrió los ojos.
Despertó con la sensación de un calor recorriendo su pecho, como si alguien hubiera encendido una fogata en lo profundo de su ser. Entre dormido y despierto, revisó su brazalete por impulso, el cual mantenía aquel botón verde en total normalidad. Soltó un suspiro.
Trataba de recordar lo que había soñado, pero era difícil; fue una mezcla de eventos que sentía cargados de emociones. Pero su mente decidió jugarle una pasada al recordar un suceso en particular: la mano de Logan, suave, cálida y firme, envolviéndose con la suya en un apretón que duró un segundo más de lo necesario; aquella sonrisa encantadora y ese pelo rubio que se movía bajo la luz de los reflectores.
—Solo fue amable contigo, idiota —pronunció en voz baja.
En su mesa de noche, el reloj digital marcaba las ocho y media. Se incorporó de golpe, pasándose una mano por el cabello y dejándola entre su cabeza y la almohada. Mirando al techo, suspiró de nuevo; se le hacía imposible creer lo que había pasado ayer. Como la mayoría de los sábados, simplemente no había nada que hacer, solo pasarla relajado; mucho menos pensaba en contestar los mensajes de sus amigos. Decidido, se levantó y caminó hacia el espejo de su armario para arreglar su pelo, en especial ese mechón blanco de nacimiento —según sus padres—, pero era imposible que se estuviera quieto; siempre terminaba cayendo sobre su frente.
Revisó por segunda vez el brazalete en su muñeca derecha, un aparato discreto y gris que le servía como reloj, pero que contenía dos luces pequeñas. En ese momento seguía en verde, asegurando que todo estaba tranquilo. Pero la noche anterior, la luz roja se había encendido, algo que muy pocas veces había sucedido.
Bajó las escaleras con su camisa azul y unos shorts de cuadros. El olor a pan tostado, café y, en particular, el de las tortillas de harina flotaba en el ambiente. Cualquier persona pensaría que era un buen desayuno, pero Steven, por experiencia, sabía que su madre estaba compensando algo. Victoria, con su pelo recogido en una cola perfecta y un delantal rosa con bordados de flores, se movía con una precisión aparentemente tranquila, pero quirúrgica.
—Buenos días, mami —dijo Steven, bostezando.
—Buenos días, dormilón —respondió ella sin volverse—. ¿Dormiste bien?
Steven vio que la mesa ya estaba puesta: jugo de naranja, pan tostado con mantequilla, cereal y un vaso de té helado que no podía faltar en ningún momento. Él se dejó caer sobre su silla favorita, ubicada contra la pared donde colgaba un cuadro de un paisaje.
—Bien —respondió, estirándose para agarrar una rebanada de pan—. Pero aún sigo con sueño.
Victoria se giró con una leve sonrisa, pero Steven notó un destello de preocupación en los ojos de su madre; ella nunca lograba ocultarlo del todo, por más que quisiera.
—Pero... dormiste bastante —comentó ella, acercándose a servirle más té—. Eso está bien, porque los adolescentes necesitan dormir sus horas completas.
—Ma, ya tengo...
—Un poco más no hace daño —dijo ella—. Además, te gusta el té, ¿no?
—Sí... pero... —se detuvo enseguida.
Él no discutió; sería más fácil beberlo. Al final, el té helado le gustaba, pero no sabía hasta cuándo, porque el gusto por aquella bebida —que le daba sensación de normalidad y rutina— ya empezaba a desvanecerse; deseaba no volver a tomarlo. El sonido de unos pasos firmes anunció la llegada de su padre, quien entró a la cocina con una taza de café y una revista científica doblada bajo el brazo.
—Buenos días, papi —dijo apenas lo vio.
—Buenos días, mijo —respondió, sentándose en la cabecera, justo a su lado—. ¿Dormiste bien? —preguntó sin pensarlo.
Victoria lo miró haciendo una mueca, porque ella, hace solo unos minutos, le había hecho la misma pregunta. Steven sostuvo su mirada; sí, era una interrogante normal que cualquier padre hace a su hijo. Pero en su casa, las preguntas simples nunca eran eso: simples. Siempre había algo detrás que Steven no terminaba de entender y prefería no prestarle mucha atención.
—Sí, bien —respondió—. Como le dije a mi mami hace un rato, sigo cansado.
Cuando le dio el tercer sorbo a su té helado, su mente se aclaró por completo. Recordó que había soñado con un laboratorio: luces, voces y muchas personas viéndolo a través de un cristal. En ese momento se quedó en un trance del cual sus padres se dieron cuenta, porque mantenía su mirada fija en el microondas, que empezaba a prenderse y apagarse. Sus ojos se habían dilatado de más.
—Steven, ¿estás bien? —preguntó su papá, aplaudiendo fuerte dos veces.
—Steven... —murmuró su mamá.
Pero no respondía. Victoria y su esposo se miraron. Ella asintió y él entendió lo que tenía que hacer.
—Steven —Richard lo llamó de nuevo.
Hasta que, con su mano, azotó la mesa con un solo golpe seco. Steven dio un pequeño salto en la silla, cerrando los ojos mientras agitaba la cabeza.
—Sí —balbuceó como respuesta.
—¿Qué pasó? —preguntó Victoria, acercándose a su hijo.
—Eh... nada, creo que solo me disocié —respondió con una media sonrisa.