Un lunes por la mañana es la mezcla entre fastidio y aburrimiento a la cual un adolescente se puede someter para iniciar su día. Steven, con sus auriculares puestos, caminaba hacia la entrada de la secundaria Redwood; aunque no escuchaba nada, usaba aquel artefacto como una excusa para no hablar con nadie. Ajustó la correa de su mochila, esquivó al típico grupo de las mean girls y luego pasó por delante de los encargados del periódico estudiantil, que entrevistaban al director.
A pesar de los auriculares, el bullicio de los pasillos lo envolvía entre risas, quejas y golpes a los casilleros. Esa mañana todo parecía diferente, bueno, al menos para él; durante el fin de semana no había podido dejar de pensar en aquella sonrisa, pero tenía miedo de encontrarlo, ya que no sabía cómo reaccionar.
Dio unos pasos mientras se quitaba los audífonos para guardarlos. Entonces lo vio, a lo lejos, apoyado contra la pared junto a la conserjería. Logan reía con facilidad; a su lado, Agustín gesticulaba con entusiasmo sobre algo que debía de ser muy gracioso, y Nicolás estaba frente a ellos escuchando. Los primeros rayos de la mañana entraban por los ventanales y daban de lleno en el cabello de Logan, iluminándolo como si llevara una corona.
Steven se detuvo en medio de todo el tráfico; su alrededor se desenfocó como si solo pudiera ver a aquel chico. En ese momento, como si lo hubiera sentido, Logan levantó la vista y sus miradas se encontraron a través del mar de estudiantes que iban y venían. Él sonrió y levantó la mano en un saludo.
Los latidos de Steven empezaron a acelerarse; el brazalete se mantenía con la luz en verde. Levantó su mano para responder, nervioso, sintiendo su extremidad pesada.
—¡Morrison, Carter y Tooner, vengan!
La voz del entrenador retumbó desde el otro pasillo. Logan giró la cabeza un segundo, justo en el momento exacto en que Steven estaba a punto de saludarle, quedando su mano a medio camino; pero cuando volvió a mirar hacia donde estaba él, ya era tarde. Steven ya se había dado media vuelta.
—Logan, vamos —dijeron Nicolás y Agustín al mismo tiempo.
Logan vio cómo Steven se iba y luego miró a sus amigos.
—Mierda —susurró, soltando un sonido de desaprobación, y se fue con los chicos.
Steven caminó con la mirada hacia abajo; siguió hasta que se topó con unos zapatos negros con manchas de colores que se le hacían demasiado familiares.
—¿Qué fue todo eso? ¿Te dejó en visto? —cuestionó Mateo.
—No fue nada —murmuró él, siguiendo su camino al salón 034.
—Claro —dijo Mateo, cruzándose de brazos mientras caminaba a su lado—, por eso tienes esa cara de perrito abandonado en la lluvia.
Steven le torció los ojos.
—No tengo cara de nada.
—Claro que tienes cara de desilusión —afirmó de nuevo.
Steven le dio un empujón y Mateo se rió, satisfecho con su propia ocurrencia.
Pasaron las horas y llegó el recreo. Steven no recordaba ninguna de sus clases; solo eran sonidos en blanco en su mente, que recordaba en todo momento lo que pasó con Logan y si este habría notado su torpeza.
Luego de un tour por el colegio, Mateo y Valeria lo llevaron a la banca donde siempre pasaban el tiempo, ubicada junto a la cafetería pero lo suficientemente lejos para no ser atropellados por los pubertos hambrientos. Mientras tanto, en los salones, Logan estaba buscando uno por uno a Steven; se topó con el maestro de Literatura en el pasillo, a quien le preguntó:
—Señor Carson, ¿ha visto a Steven Rodríguez?
—Cuando lo vi, estaba junto a sus amigos por el gimnasio —respondió.
—Muchas gracias —estaba a punto de correr cuando el profesor lo detuvo.
—Jugaste muy bien, Morrison —halagándolo—, pero para las próximas jugadas…
Logan no lo estaba escuchando en absoluto; solo tenía las comisuras de los labios alzadas por simple cortesía. Miraba detrás de él por si Steven llegara a pasar.
—Lo tendré en cuenta —alcanzó a decir, retomando el camino hacia el gimnasio.
—¡Es por el bien del equipo, arriba Águilas! —gritó el profesor.
Los demás estudiantes se quedaron mirando con extrañeza al profesor Carson, el cual se pasó la mano por la nuca por vergüenza. Comenzó a silbar yéndose del lugar, mientras Logan se dirigía con rapidez antes de que lo llamaran al entrenamiento.
De nuevo en la banca, Mateo, sentándose frente a su amigo con una bolsa de papas y un jugo de manzana, comentó:
—Bueno… veamos, ¿qué carajos pasó esta mañana?
—Nada —respondió Steven, sentado con los brazos cruzados y la mirada perdida.
—¿Nada? —Valeria levantó una ceja con escepticismo—. Mateo me dijo que tenías una carota que te llegaba hasta el piso.
—Que no tengo nada.
—Que sí, ya deja de mentir y habla —afirmó Mateo, metiéndose un puñado de papas en la boca—. Yo vi la escena y quedaste bien ignorado, nivel 100.
—Muchas gracias por tu apoyo, Mateo.
—De nada, para eso están los amigos —sonrió.