Sofia
El aire en el salón principal de la mansión es tan denso que juraría que puedo masticar el olor a tabaco caro y a miedo rancio. El segundero del reloj de pared golpea como un martillo sobre un yunque, marcando el ritmo de mi ejecución.
No pude dormir anoche de tan solo pensar en este momento, mis ojeras son tan marcadas que ni el corrector más costoso puede ocultarlas.
Observo la mano de Iván, mi padre, firme y carente de cualquier duda, mientras sostiene la pluma estilográfica sobre el papel. Es un documento elegante, con sellos de cera roja y ribetes dorados, aunque para mí no es más que una soga. El famoso «Tratado de Alianza». La paz que la ciudad ha suplicado durante décadas, escrita con la tinta de mi libertad.
—Papá, detente —mi voz suena pequeña en este salón, pero es lo suficientemente clara para que los tres hombres sentados frente a él levanten la vista.
Él no se detiene, es más, ni siquiera me mira.
¡Me siento indignada!
—Cállate, Sofia. Esto es por el bien de la familia —responde, el bolígrafo rasga el papel con un sonido definitivo.
«Por el bien de la familia». Qué frase tan útil para ocultar la cobardía. Siento una punzada de náuseas. Hace apenas un mes, mi mayor preocupación era elegir entre las telas de seda o el lino para mi portafolio de admisión en la Escuela de Diseño de París. Tenía las maletas casi listas. Mi sueño de las pasarelas, de la moda, de una vida lejos de los apellidos manchados de sangre, se está evaporando frente a mis ojos.
—Tengo veinte años —digo, esta vez más fuerte, dando un paso hacia la mesa—. Tengo una plaza en París. Mi vida no puede ser una cláusula de un contrato. Es estúpido, ¡ya no estamos en la época medieval!
—Es necesario —sentencia, dejando la pluma a un lado y cerrando el documento con un golpe seco—. No eres una prisionera, eres la garantía.
Garantía.
Moneda de cambio.
Objeto de depósito.
Uso los términos que prefiero, pero la realidad es la misma: me ha vendido para salvar su propio pellejo junto a sus negocios. Y lo peor, lo que me quema por dentro, es que soy yo la que está aquí y no Kateryna, mi hermana mayor. Ella es la joya de la corona, la que se casará con un heredero de su elección. Yo soy la rebelde, la que siempre tiene un lápiz en la mano en lugar de una cuenta de ahorros.
La hija menos favorita siempre es la más prescindible y esta es la muestra de ello.
—Me estás usando porque te sobro, ¿verdad? —le suelto, con el veneno filtrándose en mis palabras—. Es una excelente forma de deshacerte de la hija que no sabe disparar un arma, pero sí sabe cuánto cuesta una tela de encaje.
Mi padre finalmente me mira, y sus ojos son dos trozos de hielo.
—Te quedaras aquí durante un año. Si la paz se mantiene, volverás a casa y cada quien continuara con sus vidas. Si alguien rompe el tratado… —no termina la frase y la verdad es que no hace falta.
Giro la cabeza para mirar a los garantes de mi seguridad. Los tres herederos me observan con una mezcla de curiosidad depredadora y desprecio.
Están sentados en el centro, ladeando la cabeza. Sus ojos recorren mi traje de sastre, probablemente notando que yo misma ajusté las costuras para que me quedaran perfectas. No me miran como a una persona, me miran como a un problema que tienen que gestionar.
—París tendrá que esperar —gesticula uno de ellos con una voz que suena como el crujir de la nieve bajo las botas—. Aquí los inviernos son largos y nosotros no somos tan delicados como tus telas.
Cierro los puños con tanta fuerza que las uñas se me clavan en las palmas. Odio este lugar. Odio mi apellido. Y, sobre todo, odio que, por primera vez en mi vida, no tengo una salida de emergencia diseñada por mí misma.
Mi progenitor se levanta, les estrecha la mano a los tres hombres y camina hacia la salida sin darme un beso, ni mucho menos una disculpa sincera. Solo se detiene un segundo a mi lado.
—Pórtate bien —advierte—. No hagas que esta tregua sea más difícil de lo que ya es, mañana te mudaras a este lugar.
Mi piel se eriza al saber que conviviré con tres lobos que huelen mi miedo, mi resentimiento hacia ellos.
Mi sueño de París acaba de morir, y en su lugar, ha nacido mi supervivencia.