Helix-6

Capítulo 1: Evacuación

El sonido amortiguado de las olas llegó hasta sus oídos mientras la estructura crujía con cada golpe del mar.

Magnus Olsen abrió los ojos con lentitud y volvió a cerrarlos. Había dormido pocas horas y su reloj biológico le exigía con urgencia algunos minutos más de sueño. Se había recostado en su camarote hacia las nueve de la noche del día anterior, esperando que el golpeteo de la lluvia contra la ventana lo arrullara.

Treinta minutos después dando vueltas sobre aquel colchón endurecido sin poder dormirse, tomó una decisión que lo cambiaría todo. Se levantó de la cama y extrajo de su mochila personal su preciada laptop, desde donde se comunicaba con sus padres. Aquel dispositivo no era solo su único canal de comunicación con su familia, sino también su único medio de entretenimiento.

Se aseguró, antes de partir de Bodø, de descargar las últimas tres temporadas de la serie televisiva que había comenzado apenas tres semanas atrás. Una vez inició un nuevo capítulo y comprobó que la somnolencia seguía sin llegar, continuó viendo episodios hasta altas horas de la madrugada.

Hacia las dos de la mañana llegó el letargo que había esperado durante tanto tiempo y, al fin, el descanso lo arropó, entregándolo al más profundo de los sueños.

El ruido de las olas, mezclado con el repicar de las gotas chocando contra la ventana de su módulo habitacional, venía acompañado de algo más. En medio de su parcial estado de inconsciencia había un sonido fuera de lugar. El agua, el viento y la tormenta que azotaba la plataforma eran ecos conocidos y habituales en el lugar donde estaba. Pero aquella sinfonía que se repetía sin detenerse y se filtraba por sus oídos le advertía que algo no estaba bien.

Durante unos segundos permaneció inmóvil, sin abrir los ojos, tratando de reconocer aquel sonido que no identificaba del todo y que, aun así, le resultaba familiar; pero que no formaba parte de la rutina. Aquel eco seguía ahí, constante y negándose a desaparecer.

No eran voces al otro lado de la puerta. No eran pasos recorriendo el pasillo del nivel 8, donde estaban los dormitorios. Tampoco era el acero ni el murmullo lejano de actividad en los niveles inferiores.

Además de las olas y el crujido del metal, aquella resonancia distinta recorría toda la habitación.

Pensó que tal vez había dejado encendida la laptop, pero descartó la idea de inmediato. Recordaba perfectamente haber visto la hora justo después de apagar el dispositivo y dejarlo de nuevo dentro de su mochila.

No. No era la laptop. Tampoco su móvil recibiendo una nueva notificación.

Recordó la última conversación que había tenido con su jefe directo, quien le advirtió que, si volvía a presentarse tarde a su turno de trabajo, no lo incluiría en el relevo de personal del mes siguiente. Eso supondría perder dos semanas de trabajo y, por lo tanto, quedarse sin paga.

Sin embargo, nadie llamaba al otro lado de la puerta. Ni su jefe directo ni Jonas, su mejor amigo en la plataforma, quien en contadas ocasiones gritaba su nombre desde el pasillo, comportándose como su despertador personal.

No era ninguno de ellos.

El sonido llegaba hasta su camarote filtrándose desde el pasillo. Era agudo, mecánico y se repetía en intervalos exactos.

Magnus abrió los ojos y observó el techo grisáceo y uniforme del módulo. Lo primero que identificó fue que la luz de la habitación era tenue, casi inexistente. Definitivamente no era la iluminación estándar del módulo habitacional. No era aquel blanco característico de los dormitorios que nunca se apagaba completamente. Las sombras ocupaban más espacio del que deberían y, al girar la cabeza hacia la puerta, notó un color rojo filtrándose a través de ella.

Se incorporó parcialmente y se quedó sentado sobre el camarote. Todavía no estaba completamente despierto. Lo que había dormido no bastaba para satisfacer su necesidad de descanso. Cerraba los ojos y los abría de inmediato, obligándose a permanecer alerta. La luz roja seguía deslizándose por debajo de la puerta de forma intermitente y el sonido que no había logrado identificar, pero que no le resultaba del todo desconocido, comenzó a adquirir sentido dentro de su mente.

Era una alarma… seguida de una voz robótica femenina.

—Atención: protocolo de evacuación activo. Diríjanse a los puntos designados.

La grabación se interrumpía durante dos segundos, seguida por un crujido eléctrico y luego volvía a comenzar.

—Atención: protocolo de evacuación activo. Diríjanse a los puntos designados.

No comprendía si aquello formaba parte de un recuerdo, de un sueño, de residuos sonoros de su turno anterior o de una emergencia real. Afuera del camarote no escuchaba voces angustiadas, gritos ni una urgencia manifiesta por huir. No había pánico ante aquella voz mecánica. No lograba percibir movimiento de personas, ni voces, ni pasos, ni mucho menos el caos desatado por una emergencia inmediata. En realidad, lo único que escuchaba era aquella grabación plana y desprovista de cualquier rastro humano.

Un instinto se despertó en su interior. Deseaba creer que se trataba de un simulacro y que el ejercicio lo había tomado por sorpresa, justo como debía ser. Ya les habían advertido en otras ocasiones que los simulacros no serían comunicados por ningún medio y que precisamente el factor sorpresa era clave para que la seguridad de la plataforma identificara qué debían mejorar en caso de una emergencia real.



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En el texto hay: misterio, terror psicológico, terror

Editado: 12.05.2026

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