Helix-6

Capítulo 2: La Pasarela

Magnus avanzó hasta el inicio del camino.

La pasarela se extendía frente a él, invitándolo a recorrerla. El piso no era una lámina continua, sino una rejilla metálica perforada en patrones regulares de una figura geométrica que no reconocía. La pasarela agujereada, hecha de tramex y formada por varillas transversales, estaba diseñada para drenar el agua, resistir la corrosión y dejaba ver el vacío bajo sus pies. Era estrecha; de apenas un metro de ancho y veinte metros de largo, con barandillas laterales que servían de apoyo.

Magnus guardó la linterna en su mochila. Necesitaba ambas manos libres para sujetarse a la estructura, así que prefirió sacrificar visibilidad en favor del equilibrio. Luego tomó una profunda bocanada de aire y dio el primer paso.

Cuando apoyó el pie, la pasarela se removió bajo su peso. Daba la impresión de que no había sido utilizada en mucho tiempo. Había considerado el riesgo de caer, pero no había espacio para vacilaciones. La única opción era cruzar o quedarse allí, esperando que la plataforma lo aplastara bajo toneladas de acero.

Dio un paso más, aferrándose a las barandillas a ambos lados. Avanzó lentamente, dando pasos cortos y medidos, cuidando de no perder su centro de gravedad. Los tubos que funcionaban como punto de apoyo no eran altos. Magnus tenía que desplazarse con una ligera inclinación para no perder el equilibrio y sentir que tenía un punto de dónde sujetarse, en caso de que un nuevo temblor sacudiera la estructura.

Abajo, la superficie del mar era una masa en movimiento constante, oscura y violenta, rompiendo contra la base de la plataforma con una fuerza que se transmitía por el acero y el metal y terminaba incrustándose en sus huesos.

Continuó avanzando, evitando a toda costa mirar hacia abajo. La caída hasta la superficie del océano era de alrededor de quince metros, aunque variaba dependiendo del tamaño de las olas que por momentos ascendían, casi hasta la base de la pasarela.

El viento continuaba golpeando en todas direcciones, al igual que la lluvia. Mantener el equilibrio era fundamental para no salir despedido hacia los costados, resbalar y caer al vacío. El agua le azotaba el rostro y dificultaba su visión, pero era preferible no ver con claridad antes que observar instintivamente hacia las olas.

Magnus se ponía en cuclillas cuando sentía que el viento quería desplazarlo hacia los costados. Luego se incorporaba para retomar la marcha, calculando cada movimiento y adivinando cuándo una nueva ráfaga de aire y agua lo golpearía nuevamente.

Habían pasado tres minutos desde que inició el recorrido cuando llegó a la mitad de la pasarela, justo donde se unían las dos tramos. Un nuevo paso lo colocó en la sección del puente que había descendido desde la zona B. Satisfecho por el progreso, sonrió para sus adentros. Parecía que pronto estaría a salvo… pero estaba equivocado.

Una ola se elevó más de lo esperado y alcanzó la pasarela, tomándolo por sorpresa.

El impacto sacudió la estructura y Magnus perdió el equilibrio. Cayó de rodillas sobre el puente mientras el mar cubría parte de sus botas. La masa de agua permaneció allí por algunos segundos, hasta que se filtró por los orificios de la pasarela.

Su corazón latía con violencia. Si caía, desaparecería para siempre entre espuma, agua salada y quizá también petróleo. Ignoraba si la emergencia había sido producto de una fuga de crudo por exceso de presión que hubiera provocado una explosión. Sin embargo, no quería averiguar si había combustible fósil flotando en la superficie del océano. No deseaba caer por ningún motivo en el gélido Atlántico Norte.

Magnus se aferró en la barandilla, apretándola con más fuerza. Luego se puso en pie y continuó avanzando hasta su objetivo: alcanzar por fin la zona B. El estruendo de la tormenta, mezclado con el rugido de las olas y la vibración del acero de la plataforma, seguían acompañándolo durante el trayecto.

Entonces percibió un sonido más. Era un ruido irregular y casi orgánico.

Al bajar la vista, le pareció que una sombra se formaba justo por debajo de la superficie del mar. Entre el movimiento del agua, algo parecía desplazarse de una manera distinta. Parecía una masa más densa y más compacta que la espuma.

Era casi como una mancha con vida propia.

El primer pensamiento que cruzó por la mente de Magnus fue que, en efecto, desde el lecho marino se estaban filtrando grandes cantidades de petróleo. Aquella forma era demasiado oscura para ser algo distinto a una mancha de crudo. Sin embargo, observó cómo cortaba la superficie de una manera antinatural.

Una alarma se activó y un nuevo temor apareció en medio de su huida.

¿Qué podía ser eso? ¿Acaso era una…?

— ¿Criatura? —se preguntó Magnus.

Se quedó inmóvil un instante, tratando de entender lo que estaba viendo. La profundidad que lo separaba de la superficie le impedía distinguir con claridad qué era lo que lo acechaba. La oscuridad y el agua de lluvia que le cubría el rostro parecían distorsionarlo todo, provocando que viera cosas que quizá solo existían en su imaginación.

La sugestión le estaba jugando una mala pasada, y aquello apenas comenzaba.

Observó cómo el agua del mar empezó a moverse alrededor de una forma circular bajo sus pies. El océano dejó de obedecer el patrón de las olas y comenzó a girar en torno a un eje redondo, formando un remolino que descendía lentamente hacia el lecho marino.



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En el texto hay: misterio, terror psicológico, terror

Editado: 12.05.2026

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