Hubo un momento en el que la habitación se quedó en un silencio sepulcral, dentro de la cabeza de Amelie no dejaban de surgir mil teorías absurdas para justificar racionalmente lo que había pasado, desde haber sido sonámbula hasta hongos tóxicos en el ático, cada una con menos sentido que la anterior, lo que solo hacía que surgieran más interrogantes en su cabeza y creando un círculo vicioso para intentar explicar lo inexplicable. Unos golpes en la puerta la hicieron sobresaltarse y apartarse instintivamente de ella con un escalofrío recorriendo su columna, los vellos de sus brazos se erizaron como si quisieran avisarle algo que sus otros sentidos ignoraban, recobró la calma al escuchar la voz de su padre detrás de la puerta.
— Amelie, ¿Estás bien?, escuché ruidos fuertes aquí arriba—se oyó la apasible voz de Lucas a través de la puerta.— Te traje algo de comer, abre la puerta cariño.
—Si todo está bien, la brisa cerró la puerta...—Contestó la niña con nerviosismo, el aire no llegaba completamente a sus pulmones.
Amelie puso la mano en el pomo de la puerta para abrirla, dudó por unos segundos por el miedo pero luego abrió, después de todo se trataba de su padre, al hacerlo el color abandonó su rostro y se quedó paralizada por un segundo, reaccionó rápidamente y la cerró nuevamente de un portazo y pasó el seguro a toda velocidad vacilante, sus manos temblaban. Se echó hacía atrás, alejándose despacio, casi de puntillas, sin poder procesar lo que acababa de pasar. Allí afuera no estaba su padre, de hecho el pasillo estaba completamente vacío y envuelto en una oscuridad intimidante, fría, casi mate. Sentía como si aquello ya no fuese parte de su casa, sentía que estaba dentro de otro lugar, no, mejor dicho, sentía que estaba dentro de algo más que no supo o no quiso describir. Sentía que estaba perdiendo la razón. Había escuchado la voz de su padre, tan nítida y real eso era seguro. Tanteó sus bolsillos nerviosamente sin apartar los ojos de la puerta, buscaba su teléfono, tenía que llamar a su madre de inmediato, debía contarle lo ocurrido, debía decirle que Daniel no estaba loco. Marcó cada número con dificultad, la ansiedad nublaba su mente, y le costó recordar el número de su mamá. El teléfono repicaba una, dos, tres veces, nadie atendía la llamada, volvió a intentarlo varias veces, nadie contestó. Lanzó el teléfono a la cama y se frotó el rostro con frustración, estaba aterrada y al borde de las lágrimas. Se sentía como una completa cobarde, su padre se encontraba abajo, tal vez en peligro, pero no se atrevía a salir del cuarto, estaba aterrada. Pensó un momento en su padre, ¡por supuesto!, ¡¿cómo no se le había ocurrido?! intentaría llamarlo, retomó el teléfono ansiosa y marcó pensando qué le diría para no sonar como una demente, su pie tamborileaba mientras esperaba. El ensordecedor silencio del cuarto fue roto sutilmente por un sonido agudo y repetitivo fuera del cuarto, cada vez se escuchaba más cerca hasta que estuvo justo afuera, Amelie lo reconoció al instante, era el ridiculo tono del teléfono de su papá, estaba detras de la puerta. Después de unos segundos eternos, finalmente alguien contestó, ya niña no dejo pasar un segundo y comenzó a hablar con desespero.
—¿Papá? ¡Papá!, ¡¿Estás bien, dónde estas?! ¡tienes que llamar rápido a la policía es una emergencia! ¡Hay un intruso en la casa!— exclamó la niña con voz alterada y titubeante, pero no encontró respuesta.—¿Papá...?— preguntó casi inaudible, la voz no salía de su garganta, solo se escuchaba estática hasta que una voz rompió el silencio al otro lado.
—Amelie...—susurró Lucas, pero la rigidez y frialdad con la que decía su nombre le hizo darse cuenta de que no estaba hablando con su padre, la voz se distorsionaba con casa palabra hasta hacerla irreconocible.— deberías saber que mentirle a tu padre es malo —dijo antes de soltar una sonora carcajada, la llamada se colgó después de eso.
El teléfono cayó al suelo en ese momento, dando un sonoro golpe contra la madera. Estaba atrapada en su propia habitación, sola y sin poder pedir ayuda, tenía un inminente ataque de pánico, su respiración estaba sobresaltada y el corazón se le agitó tanto que pensó que le iba a dar un infarto. Se sentó en el borde de la cama tratando de no romper en llanto, envolvió la sabana a su alrededor y se tumbó en la cama cubriéndose por completo, ella terminó hecha un ovillo. El amanecer aún estaba tan lejos de llegar, no pudo cerrar los ojos el resto de la noche y rezaba para que su papá estuviese bien, para que esa cosa no le hiciera daño o provocase una tragedia, para que ese infierno se terminará, pero sus plegarias no estaban siendo escuchadas. Lo que siguió fue quizás la noche más aterradora de su vida, la sombra de una figura muy alta se proyectaba fuera de sus sábanas, paseándose por la habitación y deteniéndose y observándola de vez en cuando, hubo un momento en el que llegó a inclinarse sobre ella, pudo ver su sombra a través de la delgada tela de la sábana, Amelie quiso gritar y llorar en ese momento, pero estaba paralizada del miedo debajo de sus sábanas, los intensos escalofríos, el olor a azufre y los susurros ininteligibles al pie de su oído tampoco colaboraban para tranquilizarla, aquello era una tortura silenciosa y ella no tenía el valor para enfrentarlo. Los fenómenos se detuvieron cuando los primeros rayos de sol atravesaron la ventana, la calida luz se coló por los agujeritos de la sábana de Amelie como avisándole dulcemente que ya se encontraba a salvo. La chica salió con cautela de su infantil refugio, la habitación estaba vacía y poco a poco la luz bañó la habitación decorándola de naranjas y amarillos. Cuando se vió completamente a salvo se incorporó en la cama, quería creer que todo había sido una pesadilla. Lo primero que hizo fue abrir la cortina de par en par, la luz del sol lleno toda la habitación, los pajaritos se podían escuchar a lo lejos. Se acercó temerosa a la salida y posó su mano en el pomo de la puerta, estaba helado, tardó en abrir, pero se armó de valor para hacerlo. La luz invadió el pasillo y la escalera, no había rastro de su padre por ningún lado. Bajó hasta la cocina pero tampoco lo vió, tenía que irse de aquel lugar y encontrar a su mamá, la policía o quien fuera que pudiera ayudarla, así que rapidamente volvió al cuarto y tomó una mochila de su closet, lanzó desesperadente dentro cosas que ceyó útiles, documentos, dinero ahorrado, una muda de ropa, todo observando constantemente a su alrededor, paranoica y asustada. Fue corriendo a la cocina con el bolso en la mano, se disponía a llevarse algo rápido de comer ya que necesitaría energía, tal vez un sándwich para pasar el susto pero notó un detalle que le cortó el apetito, los cuchillos habían desaparecido, no podía encontrar ninguno, se le vino a la mente lo peor. Soltó todo lo que traía en las manos sobre la encimera y salió corriendo por toda la casa buscando a su padre, sala, comedor, despensa, nada, Lucas no estaba por ningún lado, la cochera era el único sitio que le faltaba. Abrió de golpe la puerta que daba al garage y se quedó sin palabras al ver la desconcertante escena que tenía en frente. Allí estaba su padre, asomado dentro del capó del carro, las herramientas estaban esparcidas por el piso desordenadamente y se observaban algunas manchas de grasa a su alrededor. Quería acercarse para comprobar que fuese de verdad él, pero su aún activo instinto de supervivencia le gritaba que no lo hiciera, pero su corazón le exigía asegurarse.