Heller

Prologo

¿Qué significa ser fuerte?
«Fuerza», esa palabra ha significado una parte elemental de la vida, la forma más pura de la energía. Si la controlas, controlarás todo. Ya que tenemos en mente el tamaño de lo que significa, esto lleva a una pregunta muy curiosa: ¿Qué pasaría si una sola persona tuviera el poder más puro de la naturaleza? Aquí comienza esta historia.

Este mundo está lleno de infinitas posibilidades. Dentro de este, habita una de las dos razas dominantes, los «Korpianos», seres que al nacer adquieren habilidades únicas que modifican todo su genoma. A esta habilidad se le conoce como «mutación»: una habilidad fisiológica que nace en cada uno, dándole una capacidad única.
La raza se extendió a lo largo de los siglos por todas las tierras infinitas. Pero esto no fue solo por suerte. Cada cierto tiempo, una niña Korpiana nacía con una peculiar mutación. Se le proclamó la mutación más poderosa, y a aquella que la portara se le apodaba como “La Emperatriz”.

El sol se reflejaba con un tono dorado por las ventanas del pasillo de mármol. El sonido de pisadas hacía eco en toda la estructura; cualquier trabajador, sirvienta o familiar de la realeza se apartaba con solo verla.
Una figura femenina avanzaba con semblante desinteresado. Vestía una camisa blanca de mangas largas, ceñida por un chaleco de corte impecable en un gris claro. Sobre su pecho, anudado con precisión, descansaba un pañuelo de seda blanco, cuyos pliegues voluptuosos eran la única nota de indulgencia en su atuendo.

La mitad inferior la completaban unos pantalones de un azul marino profundo y botines del mismo color, lustrados hasta brillar. Su cabellera lacia, del color del zafiro, le cubría por completo uno de los ojos.
Todo aquel que se le cruzaba evitaba mirarla al rostro. Su recorrido terminó al llegar a la biblioteca. Entró sin dudar y recorrió los diferentes estantes como si ya supiera adónde ir. Deslizó los dedos por los lomos de los libros y, rápidamente, tomó uno. Lo volteó para verificar la portada: “Violet”, decía en letras cursivas.

Al mismo tiempo, en otra parte del castillo, se encontraba el despacho del rey. Una figura seductora entraba caminando, sus ojos verdes como la lima se posaron sobre el hombre sentado tras el escritorio.
—¿Entonces ya estás lista? —preguntó Eliot seriamente. Un hombre regordete, de rizos dorados.
La dama alzó su mano y se recorrió su cabello rojizo para apartar su copete de la cara.
—Esté tranquilo, su majestad. Confíe en que haré el trabajo.
La mujer se dio la vuelta, dejando relucir el resto de su cabello recogido colgando por su espalda. El monarca no le apartó la mirada; la belleza de aquella mujer lo había cautivado. Se mordió el labio tratando de mantener el control, no quería arriesgarse a ni siquiera tocarla.

El jardín rebosaba de color. Debajo de uno de los grandes árboles de roble esparcidos por el jardín, Yeimi, relajada, leía su libro recargada en el tronco. Repentinamente, levantó la mirada hacia adelante. Vio cómo una mujer, que vestía ropajes negros ajustados junto con un par de botas con tacón, se acercaba caminando con una bandeja cubierta en sus manos.

La mujer la miraba fijamente, esbozando una pequeña sonrisa amable. A medida que se acercaba, la tensión se volvía más densa. Sus ojos no apartaban la mirada. Se quedó quieta a dos metros de ella.
Yeimi la miró de arriba abajo. Notó que aquella mujer era más alta; aunque llevaba tacones, sus piernas se notaban bastante largas. La pelirroja rápidamente levantó la cubierta de la bandeja, mostrando dos pastelillos cubiertos con glaseado blanco, con dos caras pintadas: una feliz y una triste.
—¡Tadaa! —exclamó.

La pelirroja se quedó en silencio, esperando a que Yeimi dijera algo, pero solo se mantuvo inexpresiva mientras miraba los pastelillos.
—Ya veo, no eres mucho de hablar. Pues, mira, me presentaré: soy Rabel Roth, es un gusto —dijo mientras se sentaba cara a cara, colocando los pastelillos en el centro—. Bueno, como muestra de amabilidad, hice unos pastelillos para que comamos juntas —dijo sonriendo alegremente.

Después de unos segundos en silencio, Yeimi hizo un pequeño ruido para aclarar su garganta. No recordaba cuándo fue la última vez que usó su voz.
—¿Por qué uno tiene una cara triste? —preguntó con voz baja.
—Ay, chica, ¿qué tienes contra las caras tristes? —dijo sarcásticamente.
—Yo no dije eso… —respondió con seriedad.
—Sí, lo sé, era solo una bromita. Pero bueno, toma uno.
Antes de que Yeimi reaccionara, la pelirroja agarró el pastelillo con cara feliz.
—Lo siento, es que a mí me gustan las caras felices.
Yeimi dejó su libro a un costado y tomó el pastelillo que quedaba. Miró inexpresiva la cara triste y la mordió sin dudar. El sabor era normal al principio, a lo que sabía un pastelillo casero, pero surgió un nuevo sabor de la nada: un dulce suave que no provenía del glaseado. Era un sabor que ya conocía bastante bien, gracias a las incontables veces que lo había probado: veneno.
Sin importarle, la chica siguió masticándolo hasta tragárselo.
—Sabe bien. ¿Qué le agregaste? ¿Arsénico? ¿O acaso es belladona?

Intento de asesinato N.° 1: Envenenamiento.
—¡Vaya, chica! Qué precisa —exclamó con emoción—. Puse de ambas. Pensé que tendría un dulzor más fuerte y también mayor mortalidad, pero veo que no te afectó. Era de esperarse, no por nada el rey está tan desesperado por matarte.
La chica se volvió a poner de pie, se llevó su pastelillo a la boca dándole una mordida.

—Soy Rabel Roth, pero puedes decirme Rabe. Por lo que te quede de vida, soy tu asesina personal.
Yeimi la miró confundida. Sin perder el tiempo, volvió a darle una mordida al pastelillo envenenado.

—Parece que fracasé el día de hoy. Me esforzaré mejor a la próxima —dijo dándole la espalda a la chica. Comenzó a caminar mientras se rascaba la nuca—. Bueno, qué se le va a hacer. Te veo mañana, chica. ¡Nos vemos! —anunció levantando la mano en señal de adiós.
La de pelo azul se quedó extrañada por lo que acababa de pasar. Así como llegó, se había ido. Unos segundos tras analizarlo, comprendió de qué se trataba: este era otro de los métodos del rey para matarla. Decidió no darle más vueltas al asunto. Le dio el último bocado al pastelillo envenenado y volvió a su libro.



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En el texto hay: drama accion comedia

Editado: 26.01.2026

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