Heller

Rebelde roja

En la actualidad.

Ha pasado un día desde que esa peculiar mujer apareció; las cosas siguieron su curso con normalidad. El mediodía había llegado y era la hora de que la joven emperatriz tuviera su momento de lectura.

Yeimi salió al jardín sosteniendo el mismo libro que estaba leyendo ayer. Se dirigió hacia su lugar habitual; para ella era relajante poder leer tranquilamente, acompañada de los sonidos naturales.

Repentinamente cesó su caminar. Al bajar la mirada, notó un objeto brillante: una moneda de plata con la cara del rey grabada en ella. La chica quedó extrañada; no es común que alguien deje algo así en medio de la nada.

Se agachó para tomar la moneda, pero al instante sintió una presencia detrás. Rabel emergió de la nada; con gran rapidez y precisión, tomó una daga firmemente en su mano derecha. Su mirada estaba totalmente clavada en la chica, dispuesta a matarla.

Yeimi dio un paso atrás, esquivando por centímetros el corte, pero eso era lo que esperaba la pelirroja, quien desenvainó otra daga lanzando un nuevo ataque impulsado con todas sus fuerzas hacia su cuello. Instintivamente, la emperatriz alzó su brazo, tratando de cubrirse antes de que la hoja de acero la tocara.

Un crujido metálico seco, como si no hubiera chocado con carne, sino con una superficie más rígida, sorprendió a la asesina: la parte superior de su daga salió volando por los aires, clavándose en el césped. Atónita, se quedó quieta mirando su arma rota.

—Carajo… y se supone que era de la mejor calidad.

Yeimi se acercó lentamente con la mirada desviada a otro lado.

—Perdóname, no fue mi intención romperla, yo…

Otro crujido metálico interrumpió a la chica.

Rabel miró sorprendida cómo su segunda daga se hacía pedazos al impactar contra el vientre de la peliazul; los pedazos del arma salieron volando en todas direcciones. Ambas mujeres se quedaron en un silencio por unos segundos. La pelirroja retrocedió viendo su segunda arma destruida.

—¿De qué se supone que estás hecha, chica? —preguntó sorprendida.

Intento de asesinato N.º 2: Apuñalamiento.

—Perdón… Veré cómo puedo pagártelas —expresó Yeimi, hundiéndose en sus hombros, incapaz de mirar directamente a la pelirroja.

—¿Cómo es que te disculpas después de que te intenté matar…? —preguntó extrañada Rabel—. Ah, como sea, tendré que buscar a alguien que me haga otras —dijo tirando lo que quedaba de sus armas al suelo.

Yeimi se aferró a su libro y comenzó a caminar hacia el árbol donde siempre se sentaba. La pelirroja la siguió, sentándose a su lado.

—Tengo curiosidad, ¿por qué no me atacaste? —preguntó con una sonrisa—. A decir verdad, creo que eres perfectamente capaz de hacerlo, pero no lo hiciste. ¿Por qué?

La peliazul abrió su libro en la página en la que se había quedado, comenzando su lectura. Rabel, al ver que no obtenía respuesta, frunció el ceño.

—Eres muy rara. Cualquiera pensaría que eres escalofriante con esa mirada tuya.

—¿Soy escalofriante…? —preguntó de repente, con un tono de derrota.

La pregunta tomó por sorpresa a la pelirroja.

—Bueno, no del todo. O sea, no pareces alguien malo al oírte hablar, pero tu mirada es algo intimidante —expresó avergonzada, sabiendo que acababa de meter la pata.

Yeimi bajó la mirada con decepción.

—Ya veo… sigue pasando. Pensé que, si evitaba mirar a la gente directamente, no se asustarían. Además, rompí tus armas. Soy alguien despreciable, ¿verdad? —exclamó en voz baja mientras ocultaba su cara con el libro.

«¡Qué pesimista!», pensó la pelirroja, dándose cuenta de la verdadera personalidad de Yeimi. Aunque era verdad que su simple aura daba temor al principio, era evidente que solo era una chica reservada con baja autoestima.

—Escúchame, chica —exclamó poniéndose de pie—. Yo soy Rabel Roth, una asesina de élite, y nunca he fallado un encargo. Tú eres mi objetivo a matar, así que volveré y volveré hasta acabar contigo. Pero si aun así no consiguiera matarte… —hizo una pausa para ponerse cara a cara—. Podemos hablar un rato, ¿te parece? —dijo lanzándole una sonrisa amistosa.

Yeimi la miró confundida; era la primera vez que hablaba tanto con alguien.

—Qué rara… —murmuró.

—¿Y me lo dices tú? —exclamó Rabel apuntándole con un dedo, indignada—. Como sea, ¿cuál es tu nombre? No creo que sea “monstruo” o “anomalía”, como dice el rey.

La chica se quedó pensativa unos momentos. «Mi nombre…». Nunca se había preguntado eso; no es como si lo hubiera necesitado. Burgó en sus memorias tratando de encontrar algo parecido a un nombre. De repente, recordó una voz; no sabía de quién se trataba, era un recuerdo borroso para ella. «Yeimi Heller», una voz distorsionada pronunció ese nombre.

—Yeimi… Heller, creo —pronunció dudosa.

—¿¡Cómo que “crees”!? —dijo Rabel llevándose la mano a la cabeza para rascarse—. Bueno, no importa. Te llamaré Yeimi entonces. Nos vemos mañana —pronunció con una sonrisa antes de irse del jardín.

Yeimi nuevamente volvió a su libro, sumergiéndose en la historia de la lectura. Un tiempo después, la chica se puso de pie, caminó hasta llegar a la biblioteca, dejando el libro en su estante correspondiente. Al avanzar por los pasillos, todo aquel con quien se cruzaba rápidamente se apartaba del camino, como si algo fuera a pasarles si llegaran a tener cualquier tipo de contacto con ella. La chica ya estaba acostumbrada a ese tipo de comportamientos, pero aún así, se preguntaba si alguna vez podría hablar con alguien, como lo hizo con esa chica extraña.

La chica paró su caminar al llegar a una puerta de roble: la habitación aislada que conoce desde que era una bebé. Con una sola mano, recorrió la gran puerta y entró a la oscura habitación. Dentro estaba completamente vacía, a excepción del centro, donde una silla acolchada con decoraciones de tonos dorados y talladuras redondas posaba solitariamente; una de las posaderas del brazo yacía rota. Simplemente era un desecho que la realeza ya no necesitaba. Yeimi se acercó al mueble y se sentó en él. Al acomodarse por completo, cerró sus ojos, quedándose completamente inmóvil, esperando el siguiente día para poder seguir su lectura.



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En el texto hay: drama accion comedia

Editado: 26.01.2026

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