Helshyre

1. Ante una mudanza

La mañana del lunes 11 de septiembre llegó como cualquier otra. En Ipswich, los habitantes amanecieron escuchando vehículo tras vehículo, algo inusual en los meses anteriores. Este cambio se debía al inicio del año escolar. Como el internado Helshyre se ubicaba en una colina cerca del centro, encontrarse con ese tráfico incesante no era nada fuera de lo común. Ya estaban acostumbrados, tanto como lo habían estado sus antepasados en el siglo XIX—aunque sin coches.

Desde el pie del ascenso, la silueta neogótica de la academia se alzaba soberbia, dominando el horizonte del pueblo. Un Volvo 240 GL era uno de los tantos automóviles que circulaban por la carretera, y era el que mi madre conducía. Lo habían comprado financiado hacía siete años. De mi padre ya me había despedido en casa, y ya había pasado más de una hora desde entonces. Me encogí en mi asiento, deslizándome hacia abajo, atormentado por el aburrimiento. Me seguía costando asimilar que estaba de vuelta en Helshyre. Otro año más. Y mi sufrimiento no cesaría hasta dentro de dos años.

Mi madre, Constance, me miró a través del espejo retrovisor interior, después de acomodarlo. Sin embargo, no produjo palabra alguna, únicamente una mueca divertida.

—Mamá, todavía tienes tiempo de dar la vuelta —intenté convencerla, por tercera vez en todo lo que habíamos hecho de trayecto. Me llevé las manos a la cara, estrujando mis mofletes entre los dedos.

—Si me diera la vuelta, no solo tú acabarías mal, también tu hermano —señaló hacia mi izquierda, donde estaba sentado mi hermano menor.

Evan pestañeó y alzó la mirada del suelo al ser ahora el centro de atención. El niño, de apenas doce años, se había mantenido extrañamente callado los últimos quince minutos. Pensé que seguramente era porque estaba planeando algo.

—Ahora no solo debes velar por ti mismo en la academia, Shan. Ahora, Evan entra en la ecuación —insistió ella.

—¡Me puedo cuidar solo!

—No tenías suficiente con haberme obligado a aguantarlo todo el verano, ¿y ahora quieres que también esté encima de él mientras estudio? Encima, ni se ha ganado la beca.

—Yo no quiero ir a Helshyre —me apoyó Evan, sacudiendo la cabeza mientras trataba de inventarse algo—. ¡Dicen que el fantasma del fundador va por ahí aterrorizando a todos los alumnos! ¡Mi vida estará en peligro, mamá! ¡Envíame de vuelta al taller de papá!

—Por el amor de Dios, qué dramáticos que sois —entonces, detuvo el coche junto a la cuneta, pues no podía hacerlo en medio de la carretera y arriesgar un accidente—. Escuchadme bien. Sí, no ha sacado excelentísimas notas como lo hiciste tú a su edad. Pero el equipo directivo se enorgullece precisamente por promover la igualdad entre clases sociales. Aceptan a todos, incluso a los no superdotados. Y por suerte, eligieron a Evan. ¡Así que u os aguantáis u os quedáis ahí en navidades!

El silencio se apoderó en cuanto sus gritos cesaron. Evan y yo nos miramos fijamente desde el rabillo del ojo, rectos. Quise responder, hacerle saber lo equivocada que estaba, pero, por un lado, sabía lo importante que era para mis padres que sus hijos tuvieran una buena educación: y por otro, sabía que incluso si me creyera y decidiera tomar cartas en el asunto, no acabaríamos ganando.

—Pues vale —acabé por mascullar. Me crucé de brazos y volví a hundirme en mi asiento.

—¡Mira, un Land Rover!

Ninguno le hicimos caso. Mamá estaba ocupada volviendo a arrancar el coche y reincorporándose a la oleada de coches que viajaban hacia la misma dirección. Y yo atento al bicho que se acababa de posicionar en mi ventana.

—Shan —menos de medio minuto después, me volteé nada más escuchar mi nombre en un susurro—. ¿Tan malo es? Digo, por algo te estarás quejando siempre. He ido preguntando por ahí, y la señora Johnson dice que Helshyre es increíble.

—Esa vieja no tiene ni puta idea de lo que dice —respondí con el mismo tono de voz. Me incliné hacia él, con tal de asegurar el secretismo—. Lo verás con tus propios ojos. Muy pronto. Así que mejor no bases tus opiniones en lo que dicen los tontos que no han puesto un pie ni en el pueblo este.

—Eso, méteme miedo.

El resto del viaje fue en silencio. Los tres disfrutábamos de la tranquilidad. Bueno, a Evan le costaba estar más de cinco segundos quieto y callado, pero nos sorprendió al ser capaz de controlarse. Se movía de adelante hacia atrás con lentitud.

Finalmente, comenzamos a subir la colina. Cada segundo que pasaba, aquel caserón se hacía más grande e imponente. Mamá ya ni reaccionaba, tantas veces tuvo que ir a recogerme que ya no le impresionaba. El más afectado fue Evan, quien asomó la cabeza por la ventana. Yo no hice lo mismo, pero sí tenía la mirada puesta en los tres grandes edificios que se alzaban sobre nosotros: las residencias, la institución, y la clínica privada. Los conocía de sobra. Aunque no había tenido la desdicha de visitar la clínica, solo la enfermería del edificio principal.

—¿Y los dormitorios siguen siendo en parejas? —quiso saber Evan. Era una de las muchas preguntas que me había hecho desde que supo que iría a Helshyre, cuando antes ni le interesaba.

—Ya te dije que sí. A ver si este año me toca un tío que no ronque como un divorciado de cincuenta años. Que no sea un guarro asqueroso.

—Tú roncas —me recordó, haciendo que le fulminara con la mirada—. Vale, no tanto. Y no se escucha, a menos que pongan la oreja en tu cara.



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En el texto hay: juvenil drama romance comedia, lgtbq+, 2000s

Editado: 05.06.2026

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