Los dos días antes del verdadero inicio de clases pasaron velozmente, demasiado, para mi gusto. La paz y tranquilidad fueron algo tan efímero que ni tan solo me pude despedir de ellas. Y ni hablar de disfrutar las horas restantes de felicidad, pues me carcomía el pensamiento de que pronto me vería nuevamente en un aula, condenado a escuchar las aburridas y ancianas voces de los profesores por los siguientes nueve meses.
Afortunadamente, estaba en la misma clase que mis amigos: Alexander, Rebecca y Stanley. Habíamos comparado los horarios que Myrtle nos había entregado, y al ver que, efectivamente, estaríamos juntos, como cada año, nos alegramos. Cada uno expresó su alivio de distintas formas: Alexander gritó en medio del pasillo, alzando los puños como si hubiera ganado la mayor batalla de su existencia; Rebecca se unió a él y, abrazados, dieron vueltas sobre sí mismos mientras saltaban. Por el contrario, Stanley optó por aplaudir mientras admiraba el espectáculo, con los labios curvados en una gran sonrisa. Yo también sonreí, pero me quedé quieto, sabiendo que si me ponía a celebrar como los dos primeros, me moriría de la vergüenza. Ellos no sentían pena alguna al hacer ese tipo de cosas en público.
Luego de las celebraciones, comparamos quién nos había tocado como compañero de dormitorio tras revisar el sobre informativo de recepción. A Rebecca le asignaron a Harriet Starke; a Stanley, a Kenneth Hopefull; a Alexander, a Marcus Beaufort; y a mí, por supuesto, a Craig Schwartz.
Al día siguiente, nos despertamos sin ni puñetera idea de qué hacer. Nos reunimos en el lugar que habíamos acordado desde séptimo grado, el bosquecillo fuera del edificio, y planeamos cómo mataríamos el tiempo que nos quedaba. Allí, nadie molestaba a nadie; cada quien se hundía en sus propios asuntos.
La mayoría iban allí para esconderse de los profesores y prefectos, buscando un rincón donde liarse con cualquiera, fumar o simplemente lo que se les antojara fuera del radar de Helshyre. Sabíamos que, si nos descubrían en medio de aquel antro de rebeldes de pacotilla, seríamos los menos perjudicados de todos. Éramos los más inocentes.
Como Evan aún no había formado ninguna amistad —lo cual era lógico por el poco tiempo que había pasado desde nuestra llegada—, lo obligué a acompañarnos. No iba a dejar que se quedara solo contando las musarañas, encerrado en su cuarto.
La mañana del miércoles llegó. Yo seguía durmiendo plácidamente, con una gruesa manta tapando mi cuerpo por completo. Mi cama se situaba en la derecha al entrar a la habitación, pegada a la pared, al igual que la de Craig, pero esta en la izquierda. Mi sueño se vio arruinado de manera repentina; el ruido del despertador de mi compañero, tan malditamente alto, resonó entre las cuatro paredes.
Me desperté de golpe, como si hubiera explotado una bomba. Di un fuerte respingo bajo la manta, dándome la vuelta y cogiendo la almohada con el fin de taparme las orejas hasta que al de cabellos rojizos oscuros se le ocurriera reaccionar y apagar esa estúpida máquina.
—¡Craig, apaga esa mierda ya! —susurré, de mal humor. Incluso en voz baja, parecía que le estaba gritando.
—Ya voy, ya voy —se apresuró a decir, retorciéndose sobre el colchón.
Estiró una mano, queriendo llegar al aparato sin moverse del lugar ni cambiar la cómoda posición en la que se encontraba. No pensé que lo haría, pero lo logró. Sentí que el cielo se despejaba y que yo ascendería al paraíso cuando nuevamente me encontré en silencio.
Hasta que Craig se levantó perezosamente, a lavarse la cara en nuestro baño. Cada habitación contaba con uno; algo que siempre agradecería, ya que sería horrible tener que compartir un baño con todos los chicos. Éramos muchos, incluso demasiados, me llegué a plantear algunos días.
Me senté en la cama y permanecí así un largo momento, pensando en absolutamente nada en concreto. Estuve mirando fijamente el bulto que hacían mis piernas bajo la cobija. Tras reaccionar y recordar, por arte de magia, que debía prepararme en tiempo récord, volví mi vista hacia el despertador de Craig. Eran las seis y media de la mañana. Pestañeé con pereza y froté mis ojos, sacándome las legañas. Podía escuchar el agua del grifo correr hasta con la puerta cerrada.
Me arrastré hasta el armario. Era lo suficientemente grande para ambos, pero al abrir las puertas, la división era evidente. No era difícil distinguir cuál lado pertenecía a quién. Teníamos estilos diametralmente opuestos. Busqué en los cajones, abriendo el primero, el segundo, hasta llegar al último, donde encontré el uniforme. Verlo de nuevo no era lo que quería, pero no tenía otra opción.
Saqué la camisa blanca y el jersey negro; ese que siempre parecía encogerse durante el verano y que te obligaba a llevar la corbata apretada contra la nuez de la garganta. Extendí la corbata azul medianoche con franjas plateadas sobre la cama, sintiendo ya la ligera asfixia de lo que significaba ser un estudiante de Helshyre. Por último, cogí la chaqueta. El escudo bordado en el pecho parecía vigilarme.
Me saqué el pijama y me puse el conjunto velozmente, asegurándome de que la corbata estuviera perfecta.
Cuando Craig salió, yo ya estaba listo. Hicimos contacto visual brevemente, no obstante, aún me encontraba tan adormilado que ni encontré las fuerzas para preguntarle si me vio algo en la cara o qué. Aún así, fue él quien rompió el silencio.
—¿A qué hora del día te duchas normalmente? Así establecemos un horario en común, y nos turnamos —quiso saber, de lo más relajado. Lavarse la cara al parecer le había devuelto la energía que yo solo recuperaría al comer.