Despertó en una celda, olía mal. Por lo visto algunos lo habían usado de baño y él estaba acostado en ese suelo. Al darse cuenta, se paró de un salto y vio a su alrededor. La celda era amplia, lo que indicaba que era para más de una persona. Por la humedad y falta de luz natural, supuso que estaba bajo tierra. En el suelo había paja desparramada, parecía que hace mucho no la cambiaban. Finn se descompuso por un segundo, el olor y la falta de oxígeno, no ayudaban. Se lanzó hacia los barrotes de la celda de al lado y cuando levantó la vista, la vio. Era la ladrona.
—¡Tú! —Exaltado se enderezó y tomó los barrotes con fuerza.
—Cálmate, ¿sí? —dijo desde la otra punta, sentada sobre su capa.
—Robaste la única esperanza que me quedaba —dijo Finn demostrando en su voz un poco de ira y desesperación que terminaron en una expresión de tristeza. Ella lo observó y empatizó con él.
—Lo siento, pero también era la única esperanza que me quedaba. —La chica se paró y caminó hasta los barrotes—. Necesito encontrar a alguien. —Puso una expresión de cachorrito y, lamentablemente, eso funcionaba con Finn.
—Pudiste pedir ayuda.
—Solo Koda puede ayudarme y ese mapa era la clave para encontrarlo. —Los ojos de Finn se abrieron de par en par.
—¿Dijiste “Koda”?
—¿Sí? —Contestó ella curiosa del por qué reaccionó así.
Quedó en shock por un momento. Llevó sus manos a la cabeza y se dio media vuelta. Sus pensamientos se iluminaron y lanzó una pequeña carcajada. La chica no comprendía, de seguro pensó que estaba loco. Pero eso no importaba, él lo entendió todo. Podían ayudarse el uno al otro, no tendría que hacerlo solo. ¿Cuántas probabilidades había de encontrar a alguien con su mismo objetivo? Sonrió y volteó hacia ella.
—No vas a creer esto, pero yo también lo estoy buscando. —La cara de confusión de la chica se transformó en una de sorpresa.
—¿De verdad? —preguntó con emoción y él asintió. Pero la sonrisa de ella se desvaneció—. Lo siento tanto. Ahora por mi culpa, ninguno lo encontrará. —Finn agachó la cabeza y su alegría también se apagó, pero no por mucho. No se iba a dejar vencer por lo negativo.
—Tal vez no lo necesitemos. —Ella lo miró con desconcierto—. Dos personas piensan mejor que una. Digo que tal vez no necesitemos un mapa. Al menos, no ese mapa.
—¿Qué sabes sobre Koda?
—¿De qué hablas? —preguntó desentendido.
—No es alguien fácil de encontrar. Si fuera fácil, no se necesitaría un mapa. Desde “la caída de los Obas” nadie lo ha vuelto a ver... Ya pasaron veinte años de eso. —Al escuchar esas palabras se sentía avergonzado de lo que había dicho. Al parecer, era algo obvio.
¿Veinte años? Eso es mucho tiempo, dijo para sí. Bueno, al menos eso explicaba por qué nunca lo había visto, pero no por qué no sabía nada de él. Si hubiera sido que era amigo de su padre, ¿no tendría que conocerlo? Claro que cualquiera que los haya conocido en persona podría saber más de sus padres que él mismo.
Era como un fantasma, ¿Cómo podía un fantasma saber más de su padre que él?, pero eso no era lo más importante... ¿Por qué esa chica lo conocía?, se suponía que la familia nunca había salido de la aldea. Eran demasiadas cosas que no tenían sentido. La idea de que su padre haya tenido una vida muy diferente a la que imaginaba, no le permitía saber si era bueno o malo. Ya no estaba tan seguro de si realmente quería saber. Pero nuevamente su tío invadió sus pensamientos, había algo que quería que él supiera, no podía defraudar su última voluntad.
Se tranquilizó, pero una última ola de preguntas lo nubló. ¿”La caída de los Obas“? ¿Qué era eso? ¿será que fue una guerra? ¿su padre luchó en una guerra? ¿Murió en ella? Tal vez su trágica muerte era lo que no le permitía a su tío hablar de él. Pensar que su padre murió en una guerra lo entristeció más, después de todo, la guerra fue antes de su nacimiento.
Dio media vuelta y se dejó caer, llevó su cabeza hacia atrás y chocó con los barrotes. Se escuchó el impacto del golpe, pero él no se movió, le dio vergüenza reaccionar, se había golpeado solo y la chica se encontraba a sus espaldas. Por mucho que quería llevar su mano hacia el chichón y frotarlo, se limitó a morderse los labios y cerrar los ojos con fuerza. Ella lo observó mientras ocurría la escena, sintió pena por él, así que no dijo nada y volvió a sentarse sobre su capa.
La paja en el piso le estaba dando comezón y el olor no era aguantable. Giró su vista hacia la izquierda y en la celda de enfrente había un tipo dormido dándoles la espalda. <<¿Cuánto tiempo llevará encerrado ahí?, pensó, ¿Cómo puede dormir entre tanta mugre y ese olor?>>. No pudo seguir lamentándose y quejándose ya que la chica lo interrumpió.
—¿Cuál es tu nombre?
—Finn... Y ¿el tuyo?
—Leah Incon.
—Quill... Finn Quill. —agregó porque pensó que quedaría mal si no decía su nombre completo como lo había hecho ella.
—¿Eres de Janna o vienes de lejos?
—De Janna. ¿Y tú?
—Reza, “La casa del vino”. —dijo con un tono de chiste.
—Los religiosos, ¿verdad? Donde está el gran altar para las diosas. —Ella asintió orgullosa y los dos sonrieron—. Trigo. Nosotros solo tenemos trigo por montones. Y algunas legumbres, claro —se rieron suavemente.
Por un momento pudo olvidar que eran demasiadas cosas malas las que ocurrían y disfrutó de poder conversar con alguien. Iba a seguir hablando de temas que los hagan olvidar de la realidad, pero ella lo impidió.
—¿Tu aldea quedó en cenizas, verdad? —La alegría en su rostro se esfumó.
—¿La tuya también? —Le tembló la voz al decirlo. Ella asintió con tristeza.
—Hubiese sido mucha casualidad que dos personas, sin ningún motivo en especial, vayan al mismo lugar con un objetivo en común.
Lo que Leah había dicho tenía sentido, pero ¿por qué ahora? ¿sería que se acercaba una guerra? Eran demasiadas cosas que no cuadraban. Algo que siempre lo preocupó, y persiguió desde su infancia, era no saber lo que pasaba. Siempre había sentido que le faltaba una pieza del rompecabezas, que todos sabían de ella menos él.