Apenas Eve se fue, nosotros comenzamos a empacar.
- ¿Y cómo planeas llegar a la cima? Jake te lo advirtió. Está plagado de sorpresas poco agradables- Mike no dudaba a la hora de expresar sus dudas.
- No puede ser tan difícil. El cuarzo y la flor fueron bastante fáciles de conseguir.
- Eso es porque eran los elementos creados por Agua y Tierra. Los elementos del bien.
-¿Y?
- La vela y el diamante son creados por Fuego y Aire. Los elementos malvados. Creeme cuando te digo que no nos lo pondrán fácil. Para nada.
- Volviendo al tema de llegar a la cima…. Recién hemos recorrido un tercio de la montaña. Y para eso usamos una posada, caballos…
- Podemos hacerlo. Debemos hacerlo.
- Josie tiene razón, Mike. No es solo el destino de Missy el que estamos a punto de decidir según nuestras acciones. Si nosotros fallamos, entonces todos fallamos. El mundo se acaba. Fuego y aire se volverán más poderosos en una semana, y si no conseguimos los 4 elementos antes del próximo domingo, pues es el fin.
- Bueno, eso no suena para nada estresante. El destino del mundo está en nuestras manos y tenemos una semana. Sin presiones, ¿eh?
- Básicamente
- Vamos. Necesitamos comer algo. Mike. Tu tienes un mapa, ¿no? ¿Hay algún restaurante cerca?
- Pues…déjame ver…..Si. Lo hay. El Pinecrest Diner. Solo hay un problema.
- No me digas que está a miles de kilómetros de aquí. No podría soportar caminar más.
- No. Está a unas dos cuadras.
- ¿Entonces cuál es el problema?
- Pues que no tenemos dinero.
- No estén tan seguros de eso -Josie rebuscó en su mochila y sacó un sobre- Puros billetes de 20.
- No es que desconfíe de ti ni nada, pero ¿Cómo diablos conseguiste ese dinero, Josie?
- Pues se los robe a Rose cuando Jack la confrontaba.
- Vaya, quién lo diría. La santa Josie en realidad es una ladrona. No me digas que tú también planeaste el robo de la Mona Lisa. O tal vez planeas robar las joyas de la corona.
- Estaba en mi lista de quehaceres, si.
Luego de horas de caminar, El Pinecrest Diner apareció entre los árboles como una mancha de luz en medio del gris. El letrero de neón parpadea con desgano, como si también estuviera cansado de estar ahí. “Abierto”, decía, aunque no se veía ni un solo auto afuera. Solo el viento, el olor a pino y nuestras botas embarradas.
—Bueno —dijo Mike, frotándose las manos—, si esto no es una trampa mortal, al menos podremos comer algo caliente antes de morir congelados.
—Qué optimista eres- dijo Josie rodando los ojos
Yo no dije nada. Tenía hambre, frío y una sensación rara en el estómago, como si el aire se hubiera vuelto más pesado desde que vimos el letrero. Pero el hambre ganó. Empujé la puerta, y una campanita sonó con un tintineo agudo que me hizo pensar en esas películas donde todo parece normal justo antes de que empiece el desastre.
El interior estaba impecable. Demasiado impecable (Mr. Mal presentimiento, bienvenido de vuelta) Las mesas brillaban, las servilletas estaban dobladas con precisión militar y el aire olía a café recién hecho. Pero no había nadie, salvo una camarera detrás del mostrador. Tenía el cabello recogido en un moño perfecto y una sonrisa que parecía ensayada.
—Bienvenidos al Pinecrest Diner —dijo con voz suave—. Siéntense donde quieran.
Nos miramos entre los tres. Mike levantó una ceja.
—¿Creen que también sirve sopa de murciélago o solo hamburguesas malditas?
—Cállate y siéntate- dijo Josie dándole un codazo
Nos acomodamos en una mesa junto a la ventana. Afuera, la niebla se espesaba tanto que apenas se distinguían los árboles. La camarera se acercó con un bloc de notas.
—¿Qué van a ordenar?
—Lo que sea que no esté vivo —dije.
Ella sonrió, como si no hubiera escuchado.
—Tenemos sopa del día, hamburguesas, pastel de manzana y café.
—Tres cafés, tres hamburguesas —dijo Josie antes de que Mike pudiera hacer un chiste.
La mujer asintió y se alejó. No la vimos entrar a la cocina, pero el sonido de platos y vapor empezó casi de inmediato.
—Eso fue rápido —murmuré.
—Demasiado rápido —dijo Mike, mirando alrededor—. ¿Notaron que no hay nadie más? Ni un cliente, ni un cocinero, ni siquiera un ruido de radio.
—Tal vez es un día lento —dijo Josie, aunque su voz no sonó convencida.
Yo traté de relajarme, pero algo no encajaba. Había un reloj sobre la barra, marcando las seis y cuarto. El mío decía las siete y media. Y el de Mike, a las cinco.
—Bueno, al menos sabemos que el tiempo aquí es flexible —dije.
Mike soltó una risa corta.
—Perfecto. Un restaurante que desafía las leyes del espacio-tiempo. Qué podría salir mal.
La camarera volvió con las bandejas. La comida olía bien, demasiado bien. Las hamburguesas humeaban, el café estaba caliente, y por un segundo pensé que tal vez solo estábamos paranoicos.
Hasta que vi el colgante.
Era pequeño, dorado, con una forma que reconocí al instante: el símbolo de Fuego. Lo llevaba colgando del cuello, brillando justo sobre el borde de su uniforme.
—Bonito collar —dije, tratando de sonar casual.
Ella me miró, todavía sonriendo.
—Gracias. Es un regalo de mi jefe.
—¿Y dónde está él? —preguntó Mike.
—Oh, está por aquí —respondió, sin apartar la vista de nosotros—. Siempre está por aquí.
Josie dejó el tenedor.
—Jack…
—Lo sé —dije en voz baja.
El aire se volvió más denso. Afuera, la niebla golpeaba los ventanales como si quisiera entrar. La camarera seguía ahí, inmóvil, con esa sonrisa que ya no parecía amable.
—Disfruten su comida —dijo, y se alejó hacia la barra.
.
—¿Plan? - dijo Mike inclinándose hacia mí
—Comer rápido y salir más rápido.
Josie asintió.
—Por una vez estoy de acuerdo contigo - dijo Josie asintiendo
Tomé un sorbo de café. Estaba caliente, pero tenía un sabor metálico, como si lo hubieran preparado con agua vieja. Dejé la taza.