El fuego seguía subiendo, rugiendo como si tuviera hambre. Nathan levantó la daga, y por un segundo pensé que todo terminaba ahí. Pero Josie se movió antes que él. Le lanzó un puñado de tierra directo a los ojos.
—¡Ahora! —gritó Josie.
Mike se abalanzó sobre Nathan, y yo lo seguí. El tipo era fuerte, más de lo que parecía. Nos empujó con facilidad, pero Mike le dio un golpe con una piedra en la cabeza. No fue elegante, pero funcionó. Nathan cayó de rodillas, aturdido.
—¡La pistola! —dijo Mike.
Vi el arma en su cinturón. La tomé antes de que él pudiera reaccionar. Mis manos temblaban. No sabía si era por el miedo o por la adrenalina.
Nathan intentó levantarse, tambaleando. Su tatuaje brillaba con un rojo enfermizo.
—No entienden lo que hacen —dijo Nathan con voz ronca.
—Sí, lo entendemos —dijo Josie, apuntándole.
—Josie, espera —le grite
Pero ya era demasiado tarde
El disparo sonó seco, brutal. Nathan cayó hacia atrás, con los ojos abiertos, sin decir nada más. El fuego se apagó de golpe, como si alguien hubiera cerrado una puerta invisible.
El silencio que siguió fue peor que el ruido.
Mike respiraba agitado.
—Bueno… eso fue… rápido.
Josie bajó el arma. Su rostro estaba pálido, pero firme.
—No tuve opción —dijo Josie.
—Lo sé —dije, aunque no estaba seguro de creerlo.
Miré el cuerpo. El tatuaje ya no brillaba. Solo era tinta sobre la piel.
—No era solo ladrona —dijo Mike, rompiendo el silencio.
—¿Qué? —dije.
—También es tiradora —dijo Mike, señalando el arma.
—Francotiradora, genio —dije.
—Eso. Francotiradora. Qué versátil —dijo Mike con una sonrisa nerviosa.
Josie lo miró con una mezcla de cansancio y rabia.
—¿De verdad estás haciendo chistes ahora?
—Es mi mecanismo de defensa —dijo Mike.
Yo no dije nada. Solo miraba el cuerpo. Habíamos matado a un hombre. No un monstruo, no una criatura del bosque. Un hombre.
—Nos van a buscar —dije finalmente.
—Por los de Fuego y Aire —dijo Josie.
—Y por la policía —dijo Mike.
—Perfecto. Triple amenaza —dije.
El olor a pólvora y ceniza se mezclaba en el aire. Teníamos que irnos.
—Agarren las mochilas —dije.
—¿Y la camioneta? —dijo Mike.
—La usamos para alejarnos. Luego la dejamos —dije.
Corrimos hacia el camino. La camioneta seguía donde la habíamos dejado, con las llaves puestas. Nathan no había mentido en eso.
—Suban —dije.
—¿Tú sabes conducir? —dijo Mike.
—He visto cómo se hace —dije.
—Eso no cuenta —dijo Josie.
—Demasiado tarde —dije, girando la llave.
El motor rugió, y la camioneta dio un salto hacia adelante. Mike se golpeó la cabeza contra el asiento.
—¡Jack! ¡El freno! —gritó Josie.
—¿Cuál es el freno? —dije.
—¡El del medio! —dijo Mike.
Pisé algo, y la camioneta se detuvo de golpe. Los tres nos inclinamos hacia adelante.
—Bueno, al menos funciona —dije.
—Sí, si tu objetivo era matarnos antes de que lo haga Fuego —dijo Mike.
—Cállate y abróchate el cinturón —dije.
Arranqué de nuevo, esta vez más despacio. La camioneta se movía torpe, pero avanzaba. La niebla nos envolvía, y el camino parecía interminable.
—¿Sabes a dónde vas? —dijo Josie.
—Lejos —dije.
—Eso no es una dirección —dijo Mike.
—Es suficiente por ahora —dije.
Conduje durante lo que parecieron horas. El bosque se abría y cerraba a nuestro alrededor. Nadie hablaba. Solo el sonido del motor y nuestras respiraciones.
Finalmente, cuando el sol empezaba a caer, vi un claro al costado del camino.
—Ahí —dije.
Detuve la camioneta. Bajamos. El aire olía a tierra húmeda y a pino.
—Podemos acampar aquí —dije.
—¿Y si nos encontramos? —dijo Josie.
—No creo que busquen tan lejos tan rápido —dije.
Mike se dejó caer sobre el pasto.
—Bueno, al menos no estamos muertos.
—Todavía —dije.
Josie nos miró.
—No puedo creer que hicimos eso.
—Yo tampoco —dije.
—No teníamos opción —dijo Mike.
—Siempre hay una opción —dije, aunque no estaba seguro de creerlo.
El silencio volvió. Solo el viento entre los árboles.
Encendimos una pequeña fogata. No por calor, sino por costumbre.
—¿Y ahora qué? —dijo Mike.
—Seguimos —dije.
—¿A dónde? —dijo Josie.
—A donde no nos encuentren —dije.
Mike suspiró.
—Genial. Un plan sin mapa. Mi favorito.
—Podrías dormir un rato —dije.
—No creo poder dormir después de… bueno, ya sabes —dijo Mike.
—Sí —dije.
Josie se quedó mirando el fuego.
—No me arrepiento —dijo Josie.
—Nadie te culpa —dije.
—Yo sí —dijo Mike en voz baja.
Ella lo miró, pero no respondió.
Yo me recosté sobre la mochila. El cielo estaba cubierto, sin estrellas. Pensé en Nathan, en su tatuaje, en su sonrisa antes de morir.
Pensé en lo fácil que había sido todo.
Demasiado fácil.
—¿Crees que lo merecía? —dije.
—No lo sé —dijo Josie.
—Yo tampoco —dije.
Mike se giró hacia mí.
—Solo sé que si seguimos así, vamos a necesitar un abogado.
—O un milagro —dije.
—Los milagros están sobrevalorados —dijo Mike.
—Y los abogados son caros —dije.
Por primera vez en horas, los tres reímos. Fue una risa corta, nerviosa, pero real.
El fuego crepitó. La noche se cerró sobre nosotros. Pensé en todo lo que habíamos perdido, y en lo que aún quedaba por perder. Y supe que, a partir de ese momento, ya no éramos solo fugitivos de los elementos.
También éramos asesinos.
Pero no lo dije. Nadie lo dijo.
Solo nos quedamos ahí, mirando el fuego, fingiendo que todavía éramos los mismos. Fingiendo que no habíamos cometido un crimen. Fingiendo que todavía solo eramos unos niños de 13 años.
Pero no lo éramos.