Minutos más tarde de que Josie prendiera fuego, Mike intentó aportar. El fuego chispeaban, lanzando pequeñas chispas que se apagaban antes de tocar el suelo. Mike había intentado cocer una lata de frijoles directamente sobre las brasas, y ahora el olor a metal quemado se mezclaba con el humo.
—Creo que ya están —dijo Mike, usando un palo para empujar la lata.
—Creo que acabas de inventar el cáncer en conserva —dije.
—No seas dramático. Solo está un poco… tostada —dijo Mike, soplando la lata.
Josie lo miró con una ceja levantada.
—Si eso explota, te juro que no te entierro.
—Qué ternura, Josie. Siempre tan maternal —dijo Mike.
Ella rodó los ojos.
—Solo digo que no pienso limpiar tus restos.
Yo los observaba discutir, y por un momento, casi parecía que todo era normal. Tres chicos acampando en medio del bosque, sin nada más que una fogata y una camioneta vieja. Si alguien nos viera, jamás imaginaría lo que habíamos hecho unas horas antes.
Pero cada vez que el fuego crecía, yo veía el rostro de Nathan. Su mirada fija, su cuerpo cayendo.
Intenté apartarlo de mi cabeza.
No dio mucho resultado.
El hecho de que, en un par de horas, se descubriera el cuerpo y la policía comenzara su investigación, me asustaba. Pero el hecho de que los aliados de fuego supieran exactamente quién había asesinado a Nathan, me aterrorizaba.
—¿Qué hora es? —dije.
—Hora de comer —dijo Mike, abriendo la lata con una piedra.
—Hora de morir, más bien —dijo Josie.
—Optimismo, Josie. Es lo único que nos queda —dijo Mike, metiendo una cuchara
en la masa negra que alguna vez fueron frijoles.
—Eso y una camioneta que casi nos mata —dije.
—No fue tan grave —dijo Mike.
—Nos subimos a una zanja, Mike. Una zanja.
—Detalles —dijo Mike encogiéndose de hombros.
Josie se levantó y fue hacia la camioneta.
—Voy a revisar si hay algo útil en la guantera.
—Si encuentras un manual de conducción, tráelo —dije.
—Si encuentro un cerebro, te lo presto —dijo Josie sin mirarme.
—Te la ganaste- dijo Mike soltando una carcajada
—Cállate —dije, pero sonreí.
El humor era lo único que mantenía el aire respirable. Si dejábamos de bromear, el silencio nos iba a devorar.
Josie volvió con una linterna, un mapa arrugado y una bolsa de papas fritas.
—Tesoro encontrado —dijo Josie.
—¿Papas? —dijo Mike con los ojos brillando—. ¡Dámelas!
—Ni lo sueñes —dijo Josie, guardándolas en su mochila.
—Eres cruel —dijo Mike.
—Soy práctica —dijo Josie.
Yo tomé el mapa. Estaba viejo, con manchas de humedad y bordes rotos.
—Esto es de hace siglos —dije.
—Mejor que nada —dijo Josie.
—Sí, claro. Si queremos llegar a Roma, seguro sirve —dijo Mike.
—Roma queda al otro lado del océano, genio —dijo Josie.
—Por eso lo digo. Así de útil es —dijo Mike.
- ¿Sabes lo que pasa cuando uno explica un chiste?- preguntó Josie
- No. ¿Qué pasa?
- Pues pierde la gracia. O en tu caso, la falta de gracia.
Me reí. No podía evitarlo. Era absurdo, pero necesario. El fuego se fue apagando poco a poco. La noche era fría, y el bosque sonaba vivo.
—¿Creen que nos están buscando ya? —dije.
—Por supuesto —dijo Josie.
—Sí, pero no creo que sepan hacia dónde fuimos —dijo Mike.
—No subestimes a los de Fuego —dijo Josie.
—Ni a la policía —dije.
—Perfecto. Perseguidos por fanáticos de la lava y por la ley. Un día totalmente normal- dijo Mike suspirando
—Podría ser peor —dije.
—¿Cómo? —dijo Mike
—Podríamos estar muertos —dije.
—Buen punto —dijo Mike.
—Deberíamos turnarnos para vigilar- sugirió Josie acomodándose en el saco de dormir
—Yo primero —dije.
—Yo segundo —dijo Mike.
—Yo duermo —comentó Josie.
—Qué conveniente —dije.
—Soy la que disparó. Me lo gané —dijo Josie cerrando los ojos.
—Tiene razón- afirmó Mike
—Claro, porque tú nunca discutes con ella —dije.
—No soy suicida —dijo Mike.
Me quedé mirando el fuego hasta que solo quedan brasas. El bosque era un mar de sombras.
Pensé en mi madre, en lo que diría si supiera dónde estaba. Pensé en Nathan, en su tatuaje, en lo que había dicho sobre el equilibrio.
Y por primera vez en un año, me permití pensar en mi padre.
Había muerto el año pasado, en un choque. No tenía muchos recuerdos de él. Tal vez porque no éramos exactamente unidos. Tal vez porque había elegido apartar esos recuerdos de mi cabeza. No podía evitar pensar en un recuerdo, un solo recuerdo que ahora me venía a la cabeza todo el tiempo. Fue esa noche. La misma noche en que murió. Se supone que yo estaba dormido. Eran las medianoche y mi padre y mi madre hablaban. O más bien peleaban. Recordaba gritos. Recordaba cosas rompiéndose. Recordaba llantos.
Yo estaba al pie de la escalera, cuando mi abuela me encontró. Me regaño por escuchar conversaciones ajenas. Pero yo no escuchaba los sermones que me daba. Lo último que escuche de aquella discusión fue mi madre gritando: ¡No puedes! ¡Se lo que eres y no te dejaré! Y él le respondió: ¡Si puedo y lo haré! ¡Por los elementos mujer, no me puedes obligar! Justo después de eso, agarró su abrigo y se dirigió a la puerta. Miro a la escalera y me vio a mi. Un brillo en sus ojos. Pánico. Terror. Se fue rápidamente a subirse al auto.
Fue la última vez que vi a mi padre.
La llamada llegó un par de días después. La policía llamó, diciendo que habían encontrado un cuerpo en la ruta 97. Luego de la investigación, lo pudieron reconocer. No era mi padre, como lo temíamos.
Investigaron durante meses, buscaron durante meses. Nunca se encontró el cuerpo. La policía dio por cerrado el caso.
Un ruido me sacó de mis pensamientos. El viento sopló, y por un momento creí escuchar algo entre los árboles. Un crujido, un susurro.
—¿Mike? —dije.