El amanecer llegó sin hacer ruido, apenas una luz pálida colándose por las cortinas. El pueblo seguía medio dormido, y lo único que se oía era un gallo que parecía tener el reloj roto. Me levanté despacio, intentando no despertar a Mike, que dormía boca abajo con una pierna fuera de la cama, ni a Josie, que se había quedado dormida junto a la ventana, con el pelo hecho un desastre y una manta enredada en los hombros.
El aire olía a pan recién hecho. Bajé al comedor y encontré al dueño encendiendo el fuego.
—Buenos días —dijo, sin mirarme.
—Buenos días. ¿Hay café?
—Siempre.
Me sirvió una taza. Me senté junto a la ventana y miré cómo el pueblo empezaba a moverse: una señora barriendo, un perro persiguiendo a un chico, humo saliendo de las chimeneas. Todo tan normal que daba un poco de envidia.
Josie bajó unos minutos después, con cara de no haber dormido mucho.
—¿Desde cuándo estás despierto?
—Desde que Mike empezó a hablar dormido.
—¿Qué dijo esta vez?
—Algo sobre pan y gallinas rebeldes.
—Suena a él.
Pidió café y se sentó frente a mí. No hablamos por un rato. Era ese tipo de silencio que no molesta.
—Me gusta este lugar —dijo al fin.
—A mí también.
—Podríamos quedarnos un día más.
—Podríamos. Pero sabes que no lo haremos.
Ella asintió, sin discutir.
Mike bajó después, despeinado y con cara de zombi.
—¿Hay desayuno o tengo que cazarlo?
—Hay pan —respondió el dueño desde la cocina.
—Perfecto. No tengo energía para pelear con gallinas.
Nos sentamos los tres a comer. Pan, mantequilla, miel. Nada especial, pero después de días de comida rara, sabía increíble.
—Entonces —dijo Josie, limpiándose las manos—, ¿qué sigue?
—El mapa dice que cruzamos el valle y seguimos al norte —respondí—. Hay un paso entre las montañas que lleva al lago.
—¿Y después del lago? —preguntó Mike.
—Después del lago, improvisamos.
—Como siempre —murmuró Josie.
Pagamos —aunque el dueño insistió en que no hacía falta— y salimos al camino. El sol ya estaba alto, y el aire olía a pasto mojado.
El valle se extendía frente a nosotros, lleno de flores y con las montañas al fondo. Mike caminaba arrastrando los pies.
—¿Cuánto falta?
—No mucho —mentí.
—Eso dijiste ayer.
—Y funcionó, ¿no? Llegamos vivos.
Josie se rió.
—Deberías dejar de provocarlo.
—¿Y aburrirme? Ni loco.
Caminamos un buen rato. El sol subía, el viento era suave, y el camino se hacía más angosto. A veces hablábamos, otras no. Era raro, pero tranquilo.
Encontramos un árbol enorme y paramos a descansar. Mike se tiró al suelo con un suspiro.
—Si alguien me busca, díganle que morí de cansancio.
—Por caminar dos horas —dijo Josie.
—Por sobrevivir a ustedes dos —contestó él.
Me recosté contra el tronco. Desde ahí, el cielo se veía enorme. Las nubes se movían lentas, y el viento sonaba como si el bosque respirara.
—¿Alguna vez pensaron qué harán cuando todo esto termine? —pregunté.
Josie se encogió de hombros.
—No pienso tan lejos.
—Yo sí —dijo Mike—. Voy a dormir una semana.
—Eso no cuenta como plan.
—Claro que sí. Es un sueño alcanzable.
Josie rió.
—¿Y tú, Jack?
—No sé. Tal vez volver a casa. O ir a algún lugar donde nadie me conozca.
—Eso suena triste.
—No. Suena tranquilo.
Ella no dijo nada. Se quedó mirando el horizonte, pensativa.
Cuando el sol empezó a bajar, seguimos caminando. El sendero bajaba hacia un río poco profundo. Lo cruzamos sin problema. Del otro lado, el terreno era más rocoso y el viento más fuerte.
—¿Cuánto falta para el lago? —preguntó Mike.
—Un día más, si no nos perdemos.
—Eso significa que nos vamos a perder.
—Probablemente.
Josie sonrió.
—Al menos eres honesto.
Caminamos hasta que el cielo se volvió naranja. Encontramos un claro y armamos una fogata. Mike encendió el fuego mientras Josie y yo buscábamos ramas secas.
Cuando las llamas empezaron a subir, el cansancio se notó. Nos sentamos alrededor, comiendo pan duro y un poco de queso.
—No es un banquete, pero sirve —dijo Mike.
—Podría ser peor —respondí—. Podríamos no tener fuego.
—O compañía —añadió Josie.
El silencio que siguió fue tranquilo. Solo el fuego y el viento.
—¿Recuerdan cuando empezamos todo esto? —preguntó Mike—. Pensábamos que sería fácil.
—Y corto —dije.
—Qué ilusos.
Josie sonrió, mirando las llamas.
—Si hubiéramos sabido todo lo que pasaría, tal vez no habríamos empezado.}
—Y sin embargo, aquí estamos —dije.
—Sí. Supongo que eso dice algo de nosotros.
—¿Que somos valientes? —preguntó Mike.
—Que somos tercos —corrigió Josie.
Reímos los tres.
El fuego se fue apagando. Josie se recostó, usando su mochila de almohada. Mike ya dormía. Me quedé mirando las brasas, pensando en lo que venía.
El viento traía olor a agua. No sabía qué encontraríamos en el lago, pero por primera vez en mucho tiempo, no sentí miedo. Solo una calma rara, como si todo estuviera bien por un rato.
Cerré los ojos.
Esa noche soñé con el mar. No el real, sino uno hecho de luz. Y en medio, una voz que no conocía decía mi nombre.
Desperté antes del amanecer. El fuego se había apagado, y el cielo estaba gris. Josie dormía tranquila, y Mike murmuraba algo sobre pan.
Me levanté y caminé hasta el borde del claro. Desde ahí, el valle se veía cubierto de niebla. Todo estaba quieto.
Pensé en Agua, en sus advertencias, en lo que aún no entendíamos. Pero también pensé en nosotros tres, en cómo, a pesar de todo, seguíamos avanzando.
Tal vez eso era lo único que importaba.
El sol empezó a salir detrás de las montañas, y el primer rayo de luz cayó sobre el valle.
Un nuevo día.