Heredero de lo Imposible

Capitulo 19

Salimos al amanecer. El aire estaba helado, y el lago parecía una lámina de vidrio. Rurik y los demás ya estaban en el puente, revisando las cuerdas y los tablones.

—Está firme —dijo él, golpeando una de las vigas con el martillo—. Pueden cruzar sin problema.

Josie ajustó su mochila.
—¿Y el pueblo del que hablaste anoche?

Rurik bajó la voz.
—Está al otro lado, a menos de una hora. Pero no esperen mucho. No queda casi nadie.

Mike frunció el ceño.
—¿Qué pasó?

—Nadie lo sabe. Un día, la gente empezó a irse. Los que se quedaron… dejaron de hablar.

Nos miramos. No era el tipo de historia que uno quería escuchar antes del desayuno.

—¿Dejaron de hablar? —pregunté.

Rurik asintió.
—Sí. No mudos, no enfermos. Solo… callados. Como si hubieran decidido no decir nada más.

Josie cruzó los brazos.
—¿Y tú fuiste?

—Una vez. No volví.

El silencio que siguió fue incómodo. El viento soplaba desde el norte, frío y constante.

—Bueno —dije al fin—. Supongo que lo veremos por nosotros mismos.

Rurik nos deseó suerte y nos entregó una bolsa con pan y frutas secas.
—Por si el pueblo no tiene nada que ofrecer.

Cruzamos el puente despacio. Las tablas crujían bajo nuestros pies, pero resisten. El agua debajo se movía en ondas suaves, reflejando el cielo gris.

Mike miraba hacia abajo, tenso.
—Si esto se rompe, juro que me convierto en pez.

—Tranquilo —dijo Josie—. No se va a romper.

—Eso dijiste del bote aquella vez.

—Y sobreviviste.

—Por poco.

Cuando llegamos al otro lado, el terreno cambió. El suelo era más seco, cubierto de hierba amarilla. A lo lejos, entre árboles torcidos, se veían las primeras casas.

El pueblo.

No era grande. Unas veinte casas, todas de madera, con techos inclinados y ventanas cerradas. No había humo, ni voces, ni movimiento. Solo el sonido del viento.

—Esto da mala espina —murmuró Mike.

—Tal vez aún duermen —dije, aunque ni yo lo creía.

Entramos por el camino principal. Las puertas estaban entreabiertas, y algunas casas tenían las cortinas rotas. En una esquina, un pozo cubierto de hojas secas.

Josie se acercó a una ventana y miró adentro.
—Hay cosas. Platos, ropa… como si se hubieran ido de golpe.

Mike pateó una piedra.
—O como si no se hubieran ido.

Seguimos avanzando. En el centro del pueblo había una plaza pequeña, con una fuente seca y un banco volcado. Todo parecía detenido en el tiempo.

—¿Ven eso? —dijo Josie, señalando una casa al fondo.

La puerta estaba abierta, y dentro se veía una luz débil. Nos acercamos con cuidado.

—¿Hola? —llamé.

Nada.

Empujé la puerta. El interior olía a polvo y madera vieja. En la mesa había un plato con pan duro y una taza vacía.

Josie tocó el pan.
—No está tan viejo.

—Entonces alguien sigue aquí —dije.

Un ruido nos hizo girar. Pasos. Mike levantó una piedra, por si acaso.

Una figura apareció en el umbral: una mujer, de unos cuarenta años, con el cabello recogido y la mirada perdida. Llevaba un delantal sucio y las manos manchadas de harina.

—Buenos días —dijo Josie, con voz suave.

La mujer no respondió. Solo nos miró, como si no entendiera las palabras.

—No queremos molestar —añadí—. Solo estamos de paso.

Nada.

La mujer dio un paso atrás, luego otro, y cerró la puerta sin decir una palabra.

Nos quedamos en silencio.

—Bueno —murmuró Mike—. Eso fue… raro.

—Rurik tenía razón —dijo Josie—. No hablan.

Salimos a la calle otra vez. En otra casa, una ventana se movió. Alguien nos observaba desde adentro.

—Nos están mirando —susurró Mike.

—Déjalos —respondí—. No hagas nada.

Seguimos caminando hasta la plaza. Había un cartel de madera, medio roto, con letras apenas legibles: “Bienvenidos a Bruma”.

Josie se sentó en el borde de la fuente.
—¿Qué hacemos ahora?

—Buscamos a alguien que sí quiera hablar —dije.

—¿Y si nadie quiere?

—Entonces averiguamos por qué.

Mike suspiró.
—Siempre terminamos metidos en líos.

El viento sopló fuerte, levantando polvo. En ese momento, una puerta se abrió detrás de nosotros.

Un chico, más o menos de mi edad, nos miraba desde el umbral. Tenía el cabello oscuro y los ojos claros, y en la mano sostenía una libreta.

Nos observó unos segundos, luego escribió algo rápido y levantó la hoja para que lo leyéramos.

“No hablen fuerte. Los demás no quieren que los oigan.”

Josie frunció el ceño.
—¿Quiénes?

El chico escribió otra línea.

“Los que mandan ahora.”

Nos miró con una mezcla de miedo y urgencia. Luego hizo un gesto para que lo siguiéramos.

Y sin decir una palabra, echó a correr entre las casas.

Josie me miró.
—¿Vamos?

—Claro que vamos —respondí.

Corrimos tras él. Las calles de Bruma eran estrechas y polvorientas, y el sonido de nuestros pasos rebotaba entre las paredes de madera. El chico giró por un callejón y se detuvo frente a un cobertizo medio derrumbado. Miró hacia ambos lados antes de abrir la puerta y hacernos una seña para entrar.

Adentro olía a heno húmedo y aceite viejo. Había una lámpara encendida sobre una mesa y un montón de herramientas oxidadas. El chico cerró la puerta con cuidado, respiró hondo y escribió rápido en su libreta.

“Aquí no nos oyen.”

Josie se cruzó de brazos.
—¿No oír quiénes?

El chico escribió otra línea.
“Los hombres del norte. Llegaron hace un mes. Dijeron que venían a protegernos.”

Mike arqueó una ceja.
—¿Protegerlos de qué?

“De nada. Pero se quedaron. Y prohibieron hablar.”

Josie frunció el ceño.
—¿Prohibieron hablar? ¿Por qué?

“Dicen que las palabras traen problemas. Que el silencio mantiene la paz.”

Mike bufó.
—Eso es una estupidez.




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