Heredero de lo Imposible

Capitulo 20

Faltaba poco para la cima. Lo veía en el mapa. Unos 20 minutos más caminando. Como máximo.

Eso había sido hace cuarenta y cinco minutos. O una vida. Difícil saberlo.

El aire era tan delgado que cada respiración sonaba como si alguien lijara mis pulmones. Josie iba adelante, con el mapa doblado bajo el brazo, y Mike detrás, arrastrando los pies como si el suelo le debiera una disculpa.

—¿Seguro que falta poco? —preguntó.

—Sí.

—¿Poco de verdad o poco versión Jack?

—La segunda.

No respondió. Solo bufó, lo que en su idioma significaba “Te odio, pero no tengo energía para discutir”.

El sendero subía en espiral, lleno de piedras sueltas. Cada paso era una negociación entre el equilibrio y la dignidad. Perdió en ambas.

Josie se detuvo un momento para mirar el mapa.
—Según esto, la cima está justo después de esa curva.

—Eso dijiste hace tres curvas —dije.

—Y sigo teniendo fe.

—Yo la perdí en la primera.

Mike se dejó caer sobre una roca.
—Si me quedo aquí, ¿me entierran o me dejan como decoración?

—Depende —dije—. Si te mueres en silencio, decoración. Si te quejas, entierro rápido.

Josie sonrió sin mirarnos.
—No lo provoques.

—No lo provoco, lo mantengo vivo.

El viento soplaba con fuerza, trayendo olor a tierra húmeda y a algo metálico. El tipo de aire que te recuerda que estás demasiado lejos de todo.

—¿Por qué subimos otra vez? —preguntó Mike.

—Porque abajo no hay respuestas.

—Tampoco oxígeno.

No pude evitar reír.
—Tienes razón. Pero arriba hay vista.

—Perfecto. Moriré con buena vista.

Seguimos caminando. El sol se filtraba entre las nubes, y el calor pegaba en la espalda. Cada tanto, una piedra rodaba cuesta abajo, y Mike la miraba como si lo hubiera traicionado.

Pensé en lo fácil que era decir “faltan veinte minutos” cuando estás descansado. En lo fácil que era prometer cosas cuando no dolía nada.

Josie se detuvo otra vez.
—Podemos parar un minuto.

—¿Solo uno? —preguntó Mike.

—Sí. Si te sientas más tiempo, no te levantas.

—Eso ya lo decidí.

Nos sentamos igual. El suelo estaba frío, y el aire olía a pino. Josie sacó un trozo de pan y lo partió en tres.

—Coman.

—¿Esto es pan o piedra? —pregunté.

—Pan.

—Entonces la piedra está por dentro.

Mike rió, cansado.
—Si sobrevivo, voy abrir un local de puro pan

—¿Y venderás esto?

—No. Lo usaré para construir.

Comimos en silencio. El pan sabía a nada, pero al menos era algo. Cuando nos levantamos, el cuerpo protestó. Las piernas dolían, los hombros ardían. Pero el cielo se abría un poco, y el aire se volvía más claro.

—Miren —dijo Josie, señalando hacia abajo.

El valle se extendía como una mancha verde y azul. Desde ahí se veía el lago, el puente, incluso el pueblo de Bruma, pequeño y quieto.

—Parece mentira —murmuró.

—Lo es —dije—. Nadie en su sano juicio subiría hasta aquí.

Mike se apoyó en una roca.

—¿Podemos admirar el paisaje desde aquí y fingir que es la cima?

—Podemos. Pero no te lo vas a creer.

—Tienes razón. No me creo nada desde hace una hora.

Seguimos subiendo. El camino se estrechaba, y el viento golpeaba más fuerte. Cada paso era un recordatorio de que el cuerpo tiene límites y la terquedad no.

Pensé en lo que diría mi padre si me viera. Probablemente algo como “¿otra montaña, Jack? ¿No te bastó con la última?”. Y yo respondería lo mismo de siempre: “No, todavía no”

.

Josie caminaba en silencio, concentrada. Mike, en cambio, hablaba solo.
—Si me caigo, no me busquen.

—No te preocupes —dije—. No pienso hacerlo.

—Gracias por tu apoyo.

—De nada.

El sol empezó a bajar, tiñendo el cielo de naranja. El aire se volvió más frío, pero también más limpio.

—¿Cuánto falta ahora? —preguntó Mike.

—Diez minutos.

—Tus diez minutos son eternos.

—Por eso duran.

Josie se adelantó unos pasos.
—Creo que ya la veo.

Aceleramos. El sendero se volvió más empinado, y el viento nos empujaba hacia atrás. Mike tropezó con una piedra y soltó un gruñido.

—Esta montaña me odia.

—No te odia —dije—. Solo te está conociendo.

—Pues no le gusto.

Josie se rió, sin detenerse.
—Vamos, falta nada.

Los últimos metros fueron los peores. El aire dolía, las piernas temblaban, y el corazón parecía querer escapar del pecho. Pero de pronto, el suelo se niveló.

La cima.

Era un espacio amplio, cubierto de hierba corta y piedras. Desde ahí se veía todo: el valle, el lago, el bosque, incluso el puente que habíamos cruzado. El cielo estaba despejado, y el sol se escondía detrás de las montañas lejanas.

Mike se dejó caer de rodillas.
—No lo creo. Llegamos.

—Te lo dije —dije.

—Sí, pero pensé que moriría antes.

Josie se sentó en una roca, mirando el horizonte.
—Vale la pena.

—Sí —respondí—. Vale la pena.

El viento soplaba fuerte, pero no molestaba. Era un viento limpio, que olía a altura y a descanso.

Mike se tumbó boca arriba.
—Si alguien me busca, díganle que me quedé a vivir aquí.

—¿Y la casa que ibas a construir más abajo? —preguntó Josie.

—Cambio de planes. Esta tiene mejor vista.

Me reí. No porque fuera gracioso, sino porque por fin podía hacerlo sin que doliera respirar.

El sol terminó de ocultarse, dejando el cielo en tonos rosados y violetas. El aire se volvió frío, pero nadie se movió.

Pensé en todo lo que habíamos dejado atrás: el lago, el pueblo, el silencio. Y en cómo, por alguna razón, seguíamos subiendo.

—¿Saben qué es lo peor? —dijo Mike.

—¿Qué?

—Que mañana hay que bajar.

Josie suspiró.
—No arruines el momento.

Nos quedamos un rato más, mirando el horizonte. El silencio no era incómodo; era el tipo de silencio que se gana después de mucho esfuerzo.




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