Si alguien alguna vez escribe un libro titulado Las peores decisiones que he tomado en mi vida, estoy bastante seguro de que subir una montaña para robar un diamante maldito estaría en el top tres. Quizás top uno. Todo dependía de cómo termináramos esto.
—Tenemos que movernos ya —dije, mirando de reojo al guardián, que seguía avanzando con la calma irritante de algo que sabe que va a ganar.
Josie intentó incorporarse apoyándose en mí. Lo logró, aunque su peso se fue de golpe hacia un lado.
—Bien —murmuró—. Eso dolió menos de lo que esperaba.
—Eso no es tranquilizador —respondí.
Mike llegó hasta Eve y la ayudó a levantarse con cuidado, como si temiera que se rompiera en dos si la tocaba mal.
—¿Puedes caminar? —le preguntó.
—Sí —dijo ella, aunque su voz no sonó muy convencida—. Creo.
Rose se levantó unos metros más atrás, cojeando un poco, pero sin decir nada. Nos miró a todos, con esa expresión suya que nunca lograba descifrar del todo, entre culpa, rabia y algo más que no sabía nombrar.
El guardián volvió a moverse. El suelo vibró bajo nuestros pies.
—Ok —dije—. Plan rápido y malo: corremos.
—¿Y uno bueno? —preguntó Mike.
—No tenemos tiempo para uno bueno.
Nadie discutió eso, lo cual fue preocupante.
Empezamos a retroceder por el mismo camino por el que habíamos llegado. O lo que creíamos que era el mismo camino, porque con el temblor constante y el polvo en el aire, todo se veía bastante distinto.
Josie respiraba con dificultad, pero no se quejaba. Eso, curiosamente, me inquietaba más que si lo hiciera.
—Si me desmayo —dijo de pronto—, sigan sin mí.
—No —respondimos Mike y yo al mismo tiempo.
Ella nos miró, sorprendida.
—Gracias —dijo—. Pero era una opción razonable.
—No lo es —dije—. Y deja de decir cosas que suenan a despedida.
El guardián lanzó un sonido grave detrás de nosotros, como si se molestara por nuestra conversación.
—Parece que no le caemos bien —comentó Eve, intentando sonreír.
Mike la miró.
—Cuando salgamos de esta, te invito a comer algo.
—¿Eso es una promesa o una despedida? —preguntó ella.
—Una promesa —respondió rápido—. Definitivamente una promesa.
No era el momento, pero igual sentí una punzada extraña en el pecho. No de celos. Algo distinto. Como cuando uno se da cuenta de que el mundo sigue, incluso cuando todo parece caerse a pedazos.
El camino se estrechó. Las paredes parecían acercarse más de lo normal, como si la montaña misma quisiera atraparnos.
—Genial —murmuré—. Ahora también claustrofobia.
Una parte del guardián se desprendió y golpeó el suelo justo delante de nosotros. El impacto levantó una nube de polvo y nos obligó a detenernos en seco.
—Por aquí no —dijo Rose—. Hay un desvío a la derecha.
—¿Cómo sabes eso? —pregunté.
—Porque vine por aquí —respondió, sin mirarme—. Confía en mí. O no. Pero es eso o volver.
Mike dudó un segundo.
—No tenemos tiempo para discutirlo.
Giramos a la derecha.
El desvío era más angosto, más empinado y, por supuesto, más peligroso. Cada paso se sentía inestable. Yo sostenía a Josie con un brazo, intentando no pensar en qué pasaría si resbalamos.
—Odio este lugar —dijo ella en voz baja.
—Yo odio muchos lugares —respondí—. Este se está ganando un puesto importante.
El guardián no podía entrar completamente por el desvío, pero eso no lo detuvo. Partes de su cuerpo se desprendían y nos seguían, golpeando las paredes, cayendo como rocas vivas.
—No se cansa nunca, ¿cierto? —preguntó Eve.
—No —respondió Rose—. Hasta que el diamante vuelva a su lugar… o hasta que no quede nadie.
—Excelente —dije—. Me encanta cuando las opciones son horribles o peores.
Josie tropezó. Logré sostenerla, pero el esfuerzo me dejó sin aire.
—Jack —dijo ella—. Mírame.
Lo hice.
—Gracias —susurró.
No supe qué decir, así que asentí. Porque hay momentos en que cualquier palabra sobra.
Llegamos a una pequeña plataforma natural. No era una salida, pero al menos nos daba algo de espacio.
—Tenemos que distraerlo —dijo Mike—. No podemos seguir así.
—¿Alguna idea? —pregunté.
Silencio.
—Perfecto —añadí—. Me encanta cuando nadie tiene ideas.
Rose respiró hondo.
—Puedo intentar atraerlo —dijo—. Conozco su patrón.
—No —dijo Josie de inmediato—. Ya te golpeó una vez.
Rose la miró.
—No pienso dejar que nadie más salga herido por esto.
Eso fue nuevo.
—Escucha —intervine—. No vamos a separarnos. Ya cometimos suficientes errores hoy.
El guardián golpeó la plataforma. La roca se resquebrajó.
—Ok —dije—. Retiro lo dicho. Puede que muramos aquí.
Mike se puso delante de Eve casi sin darse cuenta.
—Si algo pasa —empezó a decir.
—No —lo interrumpió ella—. No digas eso. No ahora.
Él cerró la boca, asintiendo.
El guardián se preparó para atacar de nuevo. Y entonces pasó algo inesperado.
No grande. No milagroso.
Una de las partes del guardián se desprendió más de lo normal y cayó por el borde de la plataforma, perdiéndose en la oscuridad.
El resto del cuerpo se detuvo. Como si dudara.
—¿Eso… funcionó? —pregunté.
—Creo que no puede sostenerse mucho tiempo aquí —dijo Rose—. El terreno es inestable.
—¿O sea que tenemos una oportunidad? —preguntó Mike.
—Una pequeña —respondió ella—. Muy pequeña.
—Las pequeñas son mis favoritas —dije—. No llaman la atención.
Aprovechamos el momento y corrimos. No con elegancia. No con estrategia. Corrimos como gente desesperada, tropezando, chocando, riéndonos nerviosamente cuando casi caímos.
Josie se apoyaba en mí, pero cada vez con más fuerza en sus pasos.
—Creo que la vitamina está funcionando —dijo.
—Agua sabía lo que hacía —respondí—. Aunque sigo sin entender por qué las llamó vitaminas.