A la mañana siguiente, nos despertamos muy temprano. O en definición de Mike, al menos. No es un tipo muy madrugador. En realidad, eran las 10 am (Tortura matinal, segun Mike). Nos vestimos rápidamente, tomamos una taza de café (O varias). Ninguno se despertó con mucho ánimo. Todos recordamos el día de ayer. Lo único bueno fue conseguir el diamante. ¿Lo malo? Uf. No tengo tanto tiempo. Josie casi muere. Rose y Eve se unieron a nosotros. Fuimos atacados por un guardián. Ahora tenemos que ir a la guarida de fuego. Vamos, que no fue mi día favorito exactamente. Al estar todos despiertos, incluido Mr. Dormilon, nos encaminamos a la estación de tren de Amtrak. Era la más cercana (Unos 10 kilómetros) que nos dirigía a Calentold, el lugar en donde la Guarida de Fuego estaba ubicada. Pasamos horas en la biblioteca estudiando mapas. Cuando todo esto de “salvar al mundo” acabe, estoy seguro de que me irá fantástico en clases de Geografía.
Si es que todo acababa.
Mike me sacó de mis pensamientos con sus habituales quejas matutinas.
- ¿Falta mucho?
- Depende- conteste riendo - Si consideras que 5 kilómetros es mucho, entonces si.
- Muy gracioso. ¿Acaso soy el único aquí que tiene ganas de dormir?
- Pues no - le respondió Josie - Pero nosotros sabemos como manejarlo
Todos reímos. Una risa verdadera. No de esas fingidas, montadas, que uno hace para aliviar la tensión. De esas que te permiten soltar toda la tensión, todo el aire que llevas guardando dentro y tan solo reír (Si que me he vuelto un filósofo. Seguro Platón me da un trabajo a tiempo completo.)
Pasamos un par de horas más caminando. Y hablando. Por primera vez, no estaba sumido en mis pensamientos. Pude reir. Pude hablar. Y por primera vez, sentí alivio. Sentí alivio porque empezaba a sentir que la misión no iba a fracasar. Que íbamos a triunfar. Que íbamos a salvar el mundo. Y eso era algo de lo que aliviarse.
- Llevábamos caminando horas - se quejó Mike - No puede quedar tanto
- Mike tiene razón, Jack - lo secudnó Rose - ¿Cuánto queda?
- Pues unos 15 minutos a pie.
- Bueno, comparado con las 6 horas que llevamos caminando, 15 minutos es un suspiro
- ¿Llevas contando las horas, Josie?
- Pues claro. ¿Ustedes no?
- No. Nosotros somos normales
- Normales, dice. ¿Y qué pasó con lo de patearnos porque no querías que te despertaramos, eh Mike?
- Eso fue defensa propia.
- Claro. Porque básicamente te estábamos atacando
- Bueno, si. Dormir está dentro de mis derechos.
- Disculpa, pero si mal no recuerdo, tu eres el que dijo que era mejor salir temprano para llegar antes.
- ¡Tenía sueño! No pensaba con claridad
Nunca me había reído más en mi vida. Me estaba doblando. Doblando. De la risa. Mike no podía ser más dormilón y perezoso. Un oso perezoso seguro se inclinaría ante él y le diría: ¡Oh, amo y maestro! ¡Enséñame tus secretos!. Con solo pensar en eso me reía.
Josie tenía razón. Quince minutos se pasaron como un suspiro
Llegamos 10 minutos antes de la hora de partida del tren. La estación de Amtrak no tenía mucho en especial. Solo por un par de detalles. No era una estación usada por personas normales. Y con personas normales me refiero a humanos. Era una estación usada por personas, digamos, mágicas. O personas que cumplían misiones relacionadas con la magia. Como nosotros en este caso.
Estaba hecha de ladrillos color rojizos. Era grande, muy grande. Todos los empleados tenían una pequeña mata de pelo, ojos estirados y nariz puntiaguda. No se si se debía a que todos eran familia o por que todos iban al mismo estilista. Eran amables cuando querían, pero la mayoría de las veces eran algo groseros (Solo un poco, eh?) y algo descarados (Una gota, nada mas).
Nos recibió uno que se llamaba Patas Peludas. (Si, ya lo sé. Extraño nombre para alguien que solo tiene unos 4 pelos). Patas Peludas era, según nuestra opinión, el más amable de todos ellos.
Mientras Patas Peluda llevaba nuestro equipaje, unos pasos más adelante, nosotros no podíamos evitar sentir todas las miradas groseras de el resto de las criaturas (creí apropiado categorizarlos así)
- ¡Eh! ¡Tu, pelado! - le gritó Mike a uno - ¡No me mires así!
- Eh, Mike. No creo que les esté causando mucha gracia. Varios te están sacando los dientes- le advirtió Josie
- ¿Y qué me van a hacer? ¿Pasarme el número de su peluquero?
- He leído sobre estas criaturas. Se llaman Grimel. Parecen inofensivos, pero…… Digamos que nadie que los haya desafiado ha sobrevivido- informó Rose
- Ah, bueno. Eso aclara las cosas.
-Grimel ....Ese nombre me suena. Y mucho - comenté yo
- Es porque antiguamente, eran los carceleros de las celdas de los espíritus. En el momento en que los espíritus escaparon, Fuego y Aire los condenaron a servir en una estación de tren. Desde entonces han estado bastante más gruñones de lo normal
- Bueno eso explica porque uno me saco la lengua
- ¿El mismo que le gritaste “pelado”?
- Si. Ese mismo.
De repente, Patas Peludas se dio vuelta y señaló a un tren, largo y blanco. Enorme y majestuoso.
- Ser su tren ese. Subir deben. Tren partir en minutos 10.
Y luego se fue. Mike seguía mirándolo extrañado.
- Miren, yo no soy exactamente bueno en Lenguaje, pero estoy seguro que eso no estuvo bien hablado.
- Si. No lo estuvo. Los Grimel no tienen un buen lenguaje. Cambian el orden de las palabras cuando hablan.
- Podrías haber aclarado eso antes de que le hubiera dicho una palabrota al Grimel que nos dio nuestros boletos.
- Si. Podría. Pero eso no hubiera sido tan divertido.
Nos subimos al tren y buscamos nuestro vagón. Era uno grande, con una ventana que daba al exterior y dentro había 5 sillones-camas. Uno para cada uno. Nos sentamos y comenzamos a hablar. Hasta que Mike el quejoso volvió a actuar.
- Tengo hambre.
- ¡Vamos! ¡No han pasado ni 10 minutos desde que comiste!