Heredero de lo Imposible

Capitulo 29

El traqueteo de la caravana comenzó con el primer resplandor del sol. El aire olía a hierro caliente y a polvo, y el suelo vibraba con cada paso de las criaturas que tiraban de los carros. Los Hermanos Brasa, con sus barbas rojizas y sus risas que parecían truenos, iban al frente, cantando una melodía que hablaba de fuego, fortuna y ampollas en los pies.

– ¡Sujétense bien! – gritó el mayor – el Valle de las Cenizas no tiene paciencia con los distraídos.

– ¿Y con los que se marean? – preguntó Mike, ya con cara de arrepentimiento.

– A esos los escupe el valle – respondió el hermano, riendo.

Las criaturas que tiraban de la caravana eran una mezcla entre salamandra y camello, con piel escamosa que cambiaba de color según la luz. Cada vez que exhalaban, soltaban una nube de vapor que olía a menta y azufre.

– No sé si me dan ternura o hambre – murmuró Mike.

– Si las muerdes, te muerden de vuelta – dijo Josie.

– Entonces las respeto profundamente.

Rose sonrió, y Eve, se rio (Eso sonó casi poético) El paisaje era una extensión infinita de colinas grises, con grietas que dejaban escapar humo. A lo lejos, el aire temblaba por el calor, y el cielo tenía un tono anaranjado que parecía arder.

– Esto parece el infierno con buena iluminación – comentó Mike.

– Al menos tiene vistas – respondió Josie, señalando una bandada de aves de fuego que cruzaba el cielo.

Sus alas dejaban un rastro de chispas que caían lentamente, como lluvia luminosa.

– Fénix menores – explicó Rose – no renacen, pero brillan igual.

– Me gusta pensar que son fuegos artificiales con plumas – dijo Mike.

El camino se volvió más estrecho, bordeando un acantilado. Abajo, un río de lava se movía lentamente, como una serpiente roja. El calor subía en oleadas, y el aire vibraba.

– Si alguien se cae, prometo recordarlo con cariño – murmuró Mike.

– Qué reconfortante – río Eve,

Los Hermanos Brasa parecían disfrutar del peligro. Uno silbaba, el otro contaba historias sobre viajeros que habían cruzado el valle y vivido para contarlo.

– ¿Y los que no vivieron? – preguntó Josie.

– Esos no contaron nada – respondió el hermano con una sonrisa.

A media mañana, la caravana se detuvo junto a una formación rocosa que ofrecía sombra. Los Hermanos Brasa repartieron pan de lava y agua. Mike lo mordió con cautela.

– Sabe a tostadora – dijo.

– Es pan de lava, ¿qué esperabas? – respondió Josie.

– No sé, ¿pan?

Mientras comíamos, una criatura pequeña se acercó desde las rocas. Era del tamaño de un gato, con cuerpo cubierto de polvo plateado y ojos enormes. Caminaba con curiosidad, olfateando todo.

– ¡Miren eso! – exclamó Rose.

– ¿Qué es? – pregunté.

– Un cenizalín – dijo uno de los Hermanos Brasa – son inofensivos, pero si los asustas, se deshacen en polvo.

El pequeño ser se acercó a mí, olfateó mi bota y estornudó, dejando una nube de ceniza. Mike tosió.
– Perfecto. Ahora tengo ceniza en los pulmones.

– Considera que es parte del paisaje – dijo Eve.

El cenizalín nos siguió un rato cuando la caravana volvió a moverse, hasta que desapareció entre las colinas.

El resto del día fue una mezcla de asombro y cansancio. El paisaje cambiaba constantemente: dunas de ceniza que parecían olas congeladas, árboles petrificados que brillaban con cristales rojos, y lagos de vapor donde criaturas translúcidas nadaban bajo la superficie.

– ¿Eso es agua? – preguntó Josie.

– Técnicamente, sí – respondió Rose – pero si metes la mano, te quedas sin mano.

– Entonces no es agua, es sopa de lava – dijo Mike.

El calor era sofocante. Incluso las criaturas que tiraban de la caravana parecían cansadas. Los Hermanos Brasa rociaban sus lomos con un líquido que olía a azufre y menta.

– ¿Qué es eso? – pregunté.

– Refrescante volcánico – dijo uno de ellos – mantiene la piel brillante y evita que se derritan.

– ¿Funciona en humanos? – preguntó Mike.

– Solo si no te importa oler a demonio recién bañado.

El sol comenzó a descender, tiñendo el cielo de naranja y violeta. Las sombras se alargaban sobre el valle, y el aire se volvió más denso. A lo lejos, se escuchaban rugidos apagados, como si la tierra hablara en sueños.

– ¿Qué es ese sonido? – preguntó Josie.

– El valle se acomoda – respondió el hermano mayor – cuando cae la noche, las rocas se enfrían y crujen.

– ¿Y si no son las rocas? – dijo Mike.

– Entonces no lo sabremos hasta que sea demasiado tarde.

Eve rodó los ojos.
– Qué alentador.

A medida que avanzábamos, comenzaron a aparecer luces en el horizonte. No eran estrellas, sino pequeñas esferas flotantes que se movían lentamente, como luciérnagas de fuego.

– Son espíritus del valle – explicó Rose – dicen que guían a los viajeros.

– O los confunden – añadió Eve.

– Depende del humor que tengan – dijo Mike – como tú.

Rose sonrió, y por un momento, el cansancio pareció disiparse.

Cuando el sol finalmente se ocultó, los Hermanos Brasa detuvieron la caravana en una zona amplia, rodeada de rocas que brillaban débilmente.

– Aquí pasaremos la noche – anunció uno de ellos – el suelo es estable y las criaturas pueden descansar.

Descendimos del carro. El aire era más fresco, y el cielo, un tapiz de estrellas rojas y doradas. Las criaturas se acomodaron en círculo, exhalando vapor que se elevaba como humo.

Mike se dejó caer sobre una manta.
– Si alguien me busca, estaré fingiendo ser un cadáver.

– No hace falta fingir – dijo Josie – ya pareces uno.

Eve se sentó junto al fuego que los Hermanos Brasa encendieron con un chasquido. Rose se quedó mirando las llamas, pensativa. Yo me aparté un poco, buscando un rincón tranquilo.

El sonido del fuego y el murmullo del viento llenaban el silencio. Pensé en mi madre, en lo que diría si supiera dónde estaba. Pensé en Nathan, en su tatuaje, en lo que había dicho sobre el equilibrio.




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