La noche ya llevaba horas encima cuando la caravana siguió avanzando. El camino era una línea de piedra húmeda que serpenteaba entre colinas oscuras. Las criaturas que tiraban de los carros bufaban con cada subida, y el aire olía a humo viejo y a cansancio.
Yo iba sentado junto a Rose, intentando mantener los ojos abiertos. Mike roncaba en la parte trasera, con la cabeza apoyada en un saco de harina que probablemente no sobreviviría la noche. Josie tarareaba algo apenas audible, y Eve observaba el paisaje con esa expresión suya que parecía decir “ya sé lo que va a salir mal, pero no pienso advertirlos todavía”.
El traqueteo del carro era constante, casi hipnótico. Cada tanto, una chispa escapaba de las antorchas que llevaban los Hermanos Brasa al frente, y el reflejo anaranjado se deslizaba por los troncos como si el bosque respirara fuego.
– No entiendo cómo pueden seguir cantando – dije, mirando a los Hermanos.
– Es su manera de no pensar en lo que podría estar siguiéndonos – respondió Rose.
– ¿Y funciona?
– No. Pero al menos hace ruido.
El carro dio un salto y casi me trago mi propia lengua.
– Si esto sigue así, voy a tener que pedirle disculpas a mis huesos – murmuré.
Rose sonrió apenas. No era una sonrisa alegre, sino una de esas que uno usa para no admitir que también está nervioso.
El bosque se volvió más denso. Las ramas se entrelazaban sobre nosotros, y el aire se volvió más frío. El sonido de los cascos sobre la piedra se mezclaba con un murmullo que no venía de ninguno de nosotros.
– ¿Escuchas eso? – pregunté.
– Sí – dijo Rose – pero prefiero no saber qué es.
Eve giró la cabeza.
– No es el viento.
Su tono me heló la sangre.
Los Hermanos Brasa detuvieron la caravana. Uno bajó con una antorcha y revisó el camino.
– El suelo está húmedo – dijo – pero no hay huellas.
– ¿Y eso es bueno o malo? – pregunté.
– Es raro. Y lo raro nunca es bueno.
Mike se despertó justo a tiempo para que el carro se detuviera del todo.
– ¿Ya llegamos?
– No – respondió Josie – pero algo sí.
El silencio cayó de golpe. Ni grillos, ni viento, ni el crujido de las ruedas. Solo el sonido de nuestra respiración.
– No me gusta esto – dije.
– A mí tampoco – respondió Rose – pero no tenemos opción.
Los Hermanos Brasa decidieron que era mejor detenerse y montar un pequeño campamento hasta que amaneciera. Las criaturas estaban inquietas, y el bosque parecía más vivo de lo que debería.
Encendimos un fuego pequeño, lo justo para mantener el calor sin llamar demasiado la atención. Las sombras bailaban sobre los troncos, y el humo subía en espirales lentas.
Mike se sentó frente a las llamas, frotándose las manos.
– Si algo nos ataca, espero que al menos sea comestible.
– No digas eso – le dijo Josie – el universo tiene un sentido del humor cruel.
Yo me quedé mirando el fuego. Las brasas parecían moverse con un ritmo propio, como si respiraran. El cansancio me pesaba, pero no podía dormir. Había algo en el aire, una vibración leve, como si el bosque estuviera escuchando.
Josie se acercó y se sentó a mi lado.
– No puedes dormir, ¿verdad?
– No.
– Yo tampoco.
Nos quedamos en silencio un rato. El fuego crepitaba, y el olor a madera quemada se mezclaba con el de la tierra húmeda.
– ¿Crees que llegaremos al paso mañana? – pregunté.
– Si el camino no cambia, sí.
– ¿Y si cambia?
– Entonces improvisaremos.
- Ese es un gran plan - contestó riendo
Rose estaba un poco más lejos, observando la oscuridad. No se movía, ni hablaba. Solo miraba.
– ¿Qué ves? – le pregunté.
– Nada todavía – respondió – pero algo nos está rodeando.
Los Hermanos Brasa se levantaron al mismo tiempo, como si hubieran escuchado lo mismo. Uno de ellos levantó la antorcha y la giró lentamente. La luz iluminó los árboles cercanos, y por un instante creí ver algo moverse entre las ramas.
– ¿Lo vieron? – pregunté.
– Sí – dijo Eve – y no era el viento.
El fuego parpadeó. Las criaturas bufaron, tirando de las riendas. El aire se volvió más espeso, más pesado.
Entonces lo escuché. Un sonido húmedo, como si algo arrastrara su cuerpo sobre las hojas.
– No se muevan – advirtió Eve.
El sonido se repitió, más cerca. Luego, un chasquido. Algo se rompió entre los árboles.
Los Hermanos Brasa levantaron las antorchas. La luz alcanzó a rozar una figura. No era grande, pero su forma era imposible de describir. Tenía extremidades que parecían doblarse en direcciones equivocadas, y su piel brillaba como si estuviera cubierta de aceite.
– ¿Qué demonios es eso? – susurró Mike.
– No lo sé – dije – pero no parece amistoso.
La criatura se movió rápido, demasiado rápido. En un parpadeo, desapareció entre los árboles.
– ¿Se fue? – preguntó Josie.
– No – respondió Eve – solo está eligiendo a quién atacar primero.
Parecía que se había ido, a pesar de lo que dijo Eve. Así que, como tantos otros, me permití ese momento para pensar.
Pensar, claro. Gran idea. Justo lo que uno hace cuando algo invisible te ronda en medio de un bosque que parece tener hambre. Pero el silencio era tan espeso que no podía evitarlo. El fuego chisporroteaba débilmente, y cada sombra parecía moverse un poco más de lo que debía.
Me incliné hacia adelante, intentando ver algo entre los árboles. No vi nada, pero el suelo brillaba con una humedad extraña. Y ahí, a un par de pasos, algo metálico reflejó la luz del fuego. Me agaché y lo tomé: un cuchillo. No era mío, ni de nadie del grupo. Estaba cubierto de barro seco, con el mango astillado.
– ¿De quién es esto? – pregunté.
– No mío – dijo Mike – si tuviera uno, ya lo habría perdido.
– No lo toques mucho – murmuró Eve – puede tener historia.
– O puede tener óxido – respondí – y no quiero morir por tétanos antes que por monstruo.