Heredero de lo Imposible

Capitulo 31

Nadie habló. Ni siquiera Mike, que siempre encontraba algo que decir en los peores momentos. El silencio era tan absoluto que podía escuchar el latido de mi propio corazón, golpeando en mis oídos como un tambor de guerra.

Eve fue la primera en moverse. Dio un paso lento, casi imperceptible, y el suelo crujió bajo su bota. La respiración detrás de mí se detuvo.

– No te muevas – susurró Rose.

– No pienso hacerlo – respondí, aunque mi voz sonó más débil de lo que quería.

El fuego muerto dejó un olor a carbón y miedo. Las brasas aún humeaban, lanzando un resplandor rojizo que apenas alcanzaba a dibujar los contornos de los árboles. Todo lo demás era sombra.

– Jack… – murmuró Josie – ¿qué ves?

– Nada. Y eso es lo que más me asusta.

Un sonido nuevo se unió al aire: un goteo. Lento, constante. Caía desde las ramas, pero no era lluvia. El bosque estaba seco.

Mike tragó saliva.
– Si eso es savia, prometo volverme vegetariano.

– No hables – dijo Eve – está escuchando.

El goteo se detuvo. Luego, un suspiro. Largo. Profundo.

Y entonces lo sentí. Algo rozó mi hombro. No fue un golpe ni un arañazo, solo un toque, como si alguien me hubiera pasado los dedos por la chaqueta. Me giré de golpe, levantando el cuchillo que había encontrado.

Nada. Solo oscuridad.

– No hay nada – dije, aunque no lo creía.

– No digas eso – murmuró Rose – cada vez que alguien dice “no hay nada”, algo aparece.

Mike soltó una risa nerviosa.
– Entonces digamos que hay de todo, a ver si se asusta.

Eve no se movía. Tenía los ojos fijos en un punto entre los árboles.
– No está sola – dijo.

– ¿Qué? – preguntó Josie.

– Hay más.

El aire cambió. No sé cómo explicarlo, pero lo sentí. Como si el bosque hubiera inhalado. Las sombras se movieron, y por un instante creí ver figuras entre los troncos: delgadas, torcidas, con ojos que brillaban como brasas apagadas.

– No corran – dijo Eve.

– No pensaba hacerlo – mentí.

Una de las criaturas se deslizó hacia adelante. No caminaba, se deslizaba, como si flotara a unos centímetros del suelo. Su piel era gris, casi transparente, y su rostro… no tenía rostro. Solo una hendidura donde debería estar la boca.

Rose dio un paso atrás.
– ¿Qué demonios es eso?

– No lo sé – respondí – pero no parece venir a pedir direcciones.

Mike levantó el cuchillo.
– Si se acerca, le doy.

– Con eso no vas a hacerle nada – dijo Josie.

– Pero me sentiré útil.

La criatura se detuvo. Luego, inclinó la cabeza, como si nos observara. El aire se volvió más frío. Las brasas se apagaron del todo.

Oscuridad total.

– No la veo – susurró Rose.

– Yo tampoco – dije.

– No la vean – dijo Eve – solo escuchen.

Y escuchamos.

El sonido volvió, pero ahora eran varios. Pasos blandos, respiraciones cortas, un roce constante, como si algo se arrastrara alrededor del campamento.

– Nos están rodeando – dijo Josie.

– Ya lo sé – respondí – pero no tengo un plan para eso.

Mike soltó una carcajada seca.
– Qué sorpresa.

El suelo tembló. No mucho, apenas un estremecimiento, pero suficiente para que las criaturas se detuvieran. Un murmullo recorrió el bosque, un sonido bajo, gutural, que parecía venir de todas partes.

Eve cerró los ojos.
– No quieren matarnos.

– ¿Ah, no? – preguntó Mike – porque están haciendo una imitación bastante convincente.

– Quieren algo más.

Yo no podía pensar. El miedo me había vaciado la cabeza. Solo podía mirar hacia la oscuridad, esperando ver algo, cualquier cosa.

Y entonces, una luz.

Pequeña, temblorosa, como una chispa suspendida en el aire. Flotaba entre los árboles, moviéndose lentamente hacia nosotros.

– ¿Qué es eso? – preguntó Rose.

– No lo sé – dije – pero si alguien dice “sigamosla”, lo golpeó.

La luz se detuvo justo frente a mí. Era hermosa, casi hipnótica. Sentí una calma extraña, como si el miedo se disolviera.

– Jack – advirtió Josie – no la mires.

– ¿Por qué?

– Porque no es una luz.

Demasiado tarde.

La chispa se expandió, y por un instante vi algo dentro de ella: un rostro. No humano. No vivo. Y entonces, el aire me golpeó el pecho como una ola.

Caí de rodillas. Todo giraba. Escuché voces, gritos, el sonido del fuego volviendo a encenderse por un segundo.

– ¡Jack! – gritó Josie
– No lo toquen – dijo Rose – no todavía.

El suelo se abrió bajo mí. No literalmente, pero así se sintió. Todo se volvió borroso, como si el bosque se derritiera.

Vi sombras moverse, vi ojos encenderse, vi la luz tragarse el aire.

Y antes de perder la conciencia, escuché un susurro. No entendí las palabras, pero me heló la sangre. Era una voz antigua, lejana, que parecía conocerme.

El mundo se apagó.

Y yo, también.




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