Soñé con un lugar que ardía sin fuego.
El suelo era gris, cubierto de ceniza viva, y el aire olía a metal fundido. Caminaba sin rumbo, con los pies hundiéndose en una tierra que respiraba. Cada paso dejaba una huella incandescente que se apagaba lentamente, como si el mundo me negara el derecho a dejar rastro.
A lo lejos, una figura se movía entre la bruma. No tenía rostro, pero su sombra parecía conocerme.
Intenté hablar, pero mi voz no salió. Solo un eco, hueco, que rebotó en el aire y volvió a mí con un tono distinto, más grave, más antiguo.
No debiste venir.
El suelo tembló. La ceniza se levantó en espirales, y el cielo se abrió como una herida. Una luz anaranjada descendió, envolviéndolo todo.
Intenté correr, pero mis piernas no respondieron. La luz me alcanzó, y el calor me atravesó el pecho.
Desperté con un grito.
El techo de madera de la caravana me recibió con un golpe seco cuando me incorporé de golpe. El aire olía a humo y a hierbas. Estaba empapado en sudor, y mi corazón latía tan fuerte que me dolía respirar.
– ¡Está despierto! – gritó Josie desde algún rincón.
El ruido que siguió fue una mezcla de pasos, exclamaciones y un golpe cuando Mike tropezó con algo.
– ¡Por fin! – dijo Rose, acercándose – Pensamos que no ibas a despertar nunca.
– ¿Cuánto tiempo…? – logré decir, con la garganta seca.
– Horas – respondió Eve, sin apartar la vista del fuego pequeño que mantenía encendido dentro de una lámpara. – Apenas unas horas.
– ¿Solo eso?
– Sí – dijo Mike – pero fueron las horas más largas de mi vida.
– Y las más ruidosas – añadió Josie – murmurabas cosas raras.
– ¿Qué cosas?
– No sé – dijo Rose – nombres, creo. Y algo sobre… fuego.
Eve levantó la mirada.
– No importa lo que dijo. Lo importante es que está vivo.
Me dejé caer de nuevo sobre la almohada. El colchón era duro, pero en ese momento me pareció el lugar más cómodo del mundo.
– ¿Qué pasó? – pregunté – Lo último que recuerdo es la luz.
El silencio que siguió fue incómodo. Todos se miraron entre sí, como si esperaran que otro hablara primero.
Finalmente, Josie suspiró.
– Te desmayaste. La luz te golpeó, y caíste. Pensamos que… bueno, que no ibas a volver.
– Pero volví.
– Sí – dijo Mike – aunque Eve ya estaba planeando tu funeral.
– No exageres – respondió ella – solo dije que si no despertaba antes del amanecer, lo dejaríamos descansar.
– Qué detalle – murmuré.
Rose se sentó al borde de la cama. Tenía ojeras, y el cabello despeinado.
– No sabes lo que fue. Esa cosa desapareció justo después de que caíste. El bosque se quedó en silencio. Ni un sonido. Ni siquiera los insectos.
– Y luego – añadió Mike – el fuego volvió a encenderse solo. Así, ¡puf! Como si nada hubiera pasado.
– No fue “como si nada” – dijo Eve – algo cambió.
– ¿Qué cosa? – pregunté.
Ella me miró, y por un segundo creí ver miedo en sus ojos.
– Tú.
No supe qué responder. Me sentía igual, aunque más cansado. Pero había algo raro, una sensación en el pecho, como si algo dentro de mí siguiera ardiendo.
– No te preocupes – dijo Josie, intentando sonreír – lo importante es que seguimos vivos.
– Por ahora – murmuró Mike.
– Mike – dijo Rose, con tono de advertencia.
– ¿Qué? Solo digo la verdad. Cada vez que decimos “seguimos vivos”, algo intenta comernos.
– Entonces no lo digas – respondí.
Él levantó las manos.
– Está bien, está bien. No lo digo. Pero si mañana nos ataca un árbol, no me culpen.
El humor, aunque torpe, alivió un poco la tensión.
La caravana se movía lentamente, el traqueteo constante del camino marcando un ritmo hipnótico. Afuera, el paisaje cambiaba: colinas cubiertas de niebla, árboles retorcidos, y un cielo gris que parecía no decidir si quería llover o no.
– ¿Dónde estamos? – pregunté.
– En camino al Pasto Cenizante – respondió Rose – los Hermanos Brasa nos dijieron que era donde más lejos nos podían llevar.
- Ah.
El traqueteo del carro se hizo más fuerte cuando pasamos por un tramo de piedras. Afuera, se escuchaban las voces graves de los Hermanos Brasa, cantando algo en un idioma que ninguno de nosotros entendía.
– ¿Qué cantan? – pregunté.
– No lo sé – dijo Rose – pero suena como si estuvieran discutiendo con el viento.
Mike se asomó por la ventana.
– O con el burro.
– No es un burro – corrigió Josie – es un “mulo de fuego”.
– Pues el mulo de fuego tiene cara de querer jubilarse.
Eve rodó los ojos.
– ¿Podemos tener cinco minutos sin sarcasmo?
– No prometo nada – respondió Mike.
El viaje continuó. El balanceo del carro me adormecía, pero no quería volver a dormir. Cada vez que cerraba los ojos, veía el mismo lugar del sueño: la tierra de ceniza, la luz anaranjada, la voz sin rostro.
– ¿Qué pasa? – preguntó Rose, notando mi expresión.
– Nada. Solo… tuve un sueño raro.
– ¿Raro cómo? – dijo Mike – ¿del tipo “me caigo al vacío” o del tipo “me persigue una cabra gigante”?
– Del tipo que no quiero volver a tener.
El silencio volvió, más pesado esta vez.
El día se fue apagando lentamente. Afuera, el cielo se tiñó de un rojo oscuro, y el aire se volvió más frío. Los Hermanos Brasa encendieron unas lámparas colgantes que emitían una luz cálida, casi dorada.
– ¿Cuánto falta para llegar? – preguntó Josie.
– Un día – respondió Eve – solo uno. Si no encontramos la guarida antes del próximo amanecer, el mundo se acaba
– ¿Qué ? – pregunté.
Rose me miró con seriedad.
– El próximo amanecer, Fuego y Aire habrán retomado todas sus fuerzas, y podrán apoderarse del mundo.
– Genial – dije – me duermo unas horas y casi condenó al grupo.
– No te sientas especial – dijo Mike – ya lo habríamos hecho sin ti.
– Gracias por el apoyo.