Herederos de cenizas (la ruptura)

Capítulo 1

Kael Ignis
Primera persona

El fuego siempre responde antes de que yo lo decida.
No es metáfora. Es literal.
Cuando estoy irritado, la temperatura a mi alrededor sube. Cuando estoy furioso, el aire tiembla. Cuando pierdo el control… las cosas arden.
Por eso la disciplina no es una virtud en Ignis.
Es supervivencia.
La Arena apareció en el cielo el mismo día que comprendí que ya no confiaba en mi propia sangre.
Era una grieta luminosa, suspendida sobre la capital. No cayó. No descendió. Simplemente estuvo allí, como si el mundo hubiera decidido abrir un ojo.
Nadie de mi Casa sabía qué era.
Eso ya era sospechoso.
Las Cinco Casas Fundadoras llevan cuatrocientos treinta años afirmando que todo está documentado, catalogado, previsto. El orden es su religión. El linaje es su ciencia.
Ignis gobierna la energía térmica.
Glaciem controla el hielo y altera memoria emocional.
Virel muta carne y se funde con la naturaleza.
Umbra domina sombras y percepción.
Aurum… gobierna.
Sin don visible.
Sin fuego. Sin hielo. Sin transformación.
Solo poder.
Y sin embargo, la grieta respondió a ocho nombres.
El mío fue el primero que escuché.
No fue una voz externa.
Fue como si el fuego dentro de mis venas hubiera pronunciado mi nombre desde adentro.
Kael Ignis.
El cielo se abrió.
Y yo ardí.
No de rabia.
De reconocimiento.
Nos reunieron en la explanada central bajo vigilancia de las Casas. Nadie fingía calma. Los consejeros hablaban en susurros tensos. Los representantes de Aurum estaban demasiado serenos.
Eso siempre es mala señal.
Fue la primera vez que vi a los otros siete.
La chica Glaciem me observaba como si estuviera midiendo el ángulo de mi respiración. Su cabello claro recogido con precisión casi militar. Ojos que no parpadeaban innecesariamente.
Más allá, un Virel alto, postura de animal en terreno ajeno. Sus dedos parecían querer transformarse y contenerse al mismo tiempo.
Un hombre de negro, Umbra sin duda, quieto como una sombra que había decidido volverse persona.
Dos Aurum. Perfectamente vestidos. Impecables. Demasiado impecables.
Y otra Virel. Más joven que el primero. Mirada directa. Desafiante.
El último era Glaciem también. Espalda recta. Control absoluto. Ese tipo de control que roza lo inhumano.
Nos miramos.
No hubo saludo.
Solo reconocimiento.
Algo vibró en el aire.
Mi fuego reaccionó.
Y por un segundo — apenas un segundo — sentí frío.
No el frío de Glaciem.
Otro tipo.
Como si dos energías opuestas se hubieran rozado sin permiso.
La chica de hielo me miró justo en ese momento.
Sus labios no se movieron.
Pero su mirada dijo claramente:
Tú también lo sentiste.
El cielo se partió.
La grieta descendió como un círculo de piedra suspendido en luz.
La Arena ancestral.
Nadie la había visto en siglos.
Porque oficialmente… no existía.
Cuando cruzamos el umbral, comprendí que esto no era una prueba.
Era una revelación.
El suelo estaba grabado con cinco símbolos. Las marcas de las Casas Fundadoras.
Pero en el centro… había algo distinto.
Cinco espadas.
Antiguas.
Clavadas en piedra.
Y ninguna respondía a un solo símbolo.
Mi fuego se agitó.
Intenté activarlo.
Una chispa salió de mi palma.
El calor se expandió.
La espada más cercana brilló.
Pero no se movió.
Entonces ocurrió.
El frío me atravesó la espalda.
No como ataque.
Como conexión.
La chica Glaciem estaba a dos pasos detrás de mí.
Su poder se activó al mismo tiempo.
Y el fuego cambió.
No se apagó.
Se volvió más preciso.
Más concentrado.
Como si el hielo hubiera dado forma a la llama.
La espada vibró.
Esta vez sí respondió.
No completamente.
Pero lo suficiente.
Un murmullo recorrió la Arena.
No era de los consejeros.
Era del propio lugar.
Las inscripciones antiguas se iluminaron.
No hablaban de separación.
Hablaban de convergencia.
Sentí algo peligroso.
No afuera.
Adentro.
Si los dones podían mezclarse…
Entonces las facciones no eran naturales.
Eran diseño.
La chica Glaciem retiró su poder primero.
El fuego volvió a expandirse sin control.
La espada dejó de brillar.
Nos miramos.
No éramos aliados.
Pero ya no éramos desconocidos.
Habíamos hecho algo que, oficialmente, era imposible.
Desde las gradas, los representantes de las Casas guardaban silencio.
Demasiado silencio.
Uno de los Aurum — el de mirada diplomática — dio un paso adelante.
— Esto no estaba en los registros — dijo.
El otro Aurum no habló.
Pero estaba pálida.
Como si hubiera sentido algo dentro de sí misma.
Algo que no podía explicar.
La Arena vibró de nuevo.
Las cinco espadas emitieron una resonancia baja.
Y comprendí que no éramos participantes.
Éramos catalizadores.
Alguien — hace siglos — sabía que esto ocurriría.
Las Casas no nos convocaron.
La Arena lo hizo.
Y si la Arena respondía a mezcla de dones…
Entonces alguien mintió durante cuatrocientos treinta años.
Mi fuego comenzó a elevarse.
Rabia.
No contra los otros siete.
Contra el sistema.
El Glaciem severo me observó.
Su expresión no cambió.
Pero su poder estaba listo.
No para atacarme.
Para contenerme si era necesario.
Y eso… eso me enfureció aún más.
No soy una amenaza descontrolada.
No para inocentes.
Nunca para inocentes.
Respiré.
Contuve la llama.
La disciplina no es debilidad.
Es elección.
El fuego se estabilizó.
La espada más cercana volvió a vibrar levemente.
Como aprobación.
Entonces las puertas de la Arena se cerraron.
Desde afuera.
No era una prueba simbólica.
Era confinamiento.
Las Casas Fundadoras acababan de tomar una decisión.
Si éramos anomalías…
No iban a permitir que saliéramos iguales.
Las sombras comenzaron a moverse en los bordes del recinto.
No eran de Umbra.
Eran proyectadas desde el exterior.
Fuerzas armadas.
Preparadas.
No para observar.
Para intervenir.
La chica Virel sonrió sin humor.
— Nos trajeron para medirnos — dijo —. Y ahora tienen miedo de los resultados.
El Umbra habló por primera vez.
Su voz era baja.
— No nos trajeron. Nos respondieron.
Y en ese momento supe algo con claridad brutal:
Esto no es el inicio de una guerra.
Es el inicio de una grieta.
El sistema no va a caer hoy.
Pero acaba de descubrir que puede hacerlo.
Y eso es más peligroso.
Las espadas vibraron otra vez.
No para uno.
Para varios.
El aire se tensó.
El fuego en mis manos ya no ardía solo.
Estaba esperando.
Como todos nosotros.
La Arena no quería destrucción.
Quería demostración.
Y las Casas acababan de cometer el error de mostrarnos que tienen miedo.
Eso siempre es el principio del fin.




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