Ivar Virel
Primera persona
El problema de las ciudades es que olvidan que fueron bosque.
Piedra sobre piedra, ley sobre ley, apellido sobre apellido. Y debajo, siempre, tierra. Paciente. Esperando.
Yo no crecí entre mármol pulido como los Aurum ni en torres de cristal como los Glaciem. Crecí donde la madera cruje y el suelo respira. Donde el viento no necesita permiso.
Virel no “controla” la naturaleza.
Nos vinculamos.
La palabra importa.
Cuando Seraphine cayó de rodillas, no pensé. Mi cuerpo se movió antes que mi mente. Eso no es falta de inteligencia. Es coherencia biológica.
La sostuve.
Su piel cambió textura apenas un segundo. No fue ilusión. La sentí bajo mis dedos. Como si su carne recordara algo que nunca le enseñaron.
Los Aurum no tienen don visible.
Eso es lo que repiten desde hace siglos.
Gobiernan porque están “por encima” de los impulsos elementales.
Conveniente narrativa.
— Estoy bien — dijo ella.
No estaba bien.
No estaba mal tampoco.
Estaba… despertando.
Y eso es más peligroso que cualquier herida.
Los soldados avanzaron.
Metal pulido. Formación cerrada. Disciplina aprendida.
No odio a los soldados. Son herramientas del sistema. Las herramientas no eligen propósito.
Pero si me apuntan, reacciono.
Sentí el suelo bajo la Arena.
No es piedra sólida.
Debajo hay tierra.
Antigua.
Compacta.
Esperando.
Activé mi vínculo.
No mutación completa. Solo extensión sensorial.
Raíces microscópicas respondieron. Grietas invisibles se abrieron bajo las botas de los guardias.
No para herir.
Para advertir.
El suelo vibró.
Las espadas resonaron en armonía breve con ese pulso.
Interacción.
Otra vez esa palabra invisible.
Darian dio un paso lateral. Las sombras se densificaron, pero no se lanzaron. Se extendieron como tinta anticipando forma.
Nyra estaba a mi derecha.
Sonrió.
No de alegría.
De desafío.
— Que lo intenten — murmuró.
Ella es fuego sin llama. Instinto sin disculpa.
Pero no es imprudente.
Eso es importante.
Los consejeros de las Casas discutían entre ellos. Podía verlo en sus gestos tensos.
No esperaban esto.
Esperaban individuos aislados.
No sincronía emergente.
Kael contenía su fuego con disciplina forzada. Lo respeto por eso. Muchos Ignis dejarían que la rabia decidiera.
Alena enfriaba el entorno lo suficiente para impedir que la tensión explotara.
Estrategia inteligente.
Elion observaba patrones. Sus ojos no estaban en los soldados, sino en las espadas.
Lucien parecía dividirse internamente.
Seraphine respiraba profundo, intentando entender lo que acababa de ocurrirle.
Y yo comprendí algo incómodo.
No estamos aquí por azar.
Somos variaciones compatibles.
El sistema nos educó para creer que solo podemos existir dentro de límites estrictos.
Pero nuestras energías… se buscan.
No por romanticismo.
Por estructura.
Uno de los comandantes levantó la mano.
Señal de avance.
Las compuertas laterales se abrieron más.
Refuerzos.
Mal cálculo.
Cuantos más ingresan, más contacto con la Arena.
Y la Arena responde.
Activé mayor vínculo.
Mis brazos comenzaron a cambiar. No completamente. Solo densidad muscular adaptativa. Mi piel se volvió más resistente. No monstruo. No bestia.
Adaptación.
La naturaleza no exagera.
Optimiza.
Nyra hizo lo mismo. Sus ojos brillaron con ese verde profundo que no pertenece a jardines decorativos, sino a selva indomable.
Las raíces rompieron superficie.
No atacaron.
Se entrelazaron entre sí.
Las sombras de Darian se deslizaron entre ellas.
Raíz y oscuridad.
La tercera espada vibró.
Más fuerte que antes.
Kael miró eso.
Y entendió.
No se trata de dominar.
Se trata de sincronizar.
Activó su fuego.
No explosión.
Concentración.
Alena moduló temperatura alrededor.
Fuego contenido en núcleo frío.
La primera espada volvió a brillar.
Dos pares funcionando en paralelo.
Eso no es casualidad.
Eso es diseño intencional antiguo.
Entonces Seraphine gritó.
No de dolor.
De revelación.
Su espalda se arqueó apenas.
Pequeñas líneas orgánicas recorrieron su piel, como patrón vegetal emergente.
Virel latente.
Lucien retrocedió un paso más.
El soldado más cercano dudó.
Y la duda en formación militar es grieta.
Las espadas emitieron un pulso conjunto.
No total.
Pero coordinado.
La Arena no nos estaba evaluando.
Nos estaba registrando.
Como si estuviera esperando que completáramos una ecuación.
Y las Casas sabían que esa ecuación existe.
Por eso cerraron las puertas.
Por eso trajeron armas.
No temen que destruyamos la ciudad.
Temen que desmontemos la narrativa.
Si Aurum puede portar don…
Si los dones pueden mezclarse…
Entonces la jerarquía basada en pureza de linaje se derrumba.
No hoy.
Pero inevitablemente.
El comandante dio la orden.
Avance real.
Esta vez no era intimidación.
Era intervención.
Kael dio un paso adelante.
Yo también.
No por coordinación acordada.
Por instinto compartido.
Nyra a mi lado.
Darian expandiendo sombras.
Alena enfriando entorno.
Elion listo para contener desequilibrios.
Lucien dudando entre apellido y conciencia.
Seraphine en transición.
Ocho.
No como facciones.
Como anomalía coherente.
Las raíces se elevaron formando barrera.
No mortal.
Imposible de ignorar.
El fuego se concentró en líneas precisas.
Las sombras distorsionaron percepción de profundidad.
El hielo redujo fricción del suelo bajo los soldados.
No los herimos.
Los desarmamos estratégicamente.
La tercera espada emitió una vibración más clara que las anteriores.
Y en ese instante entendí algo que las Casas jamás admitirán:
La convergencia no es accidente evolutivo.
Es propósito olvidado.
Alguien diseñó este sistema para funcionar unido.
Y luego lo fragmentaron.
Por control.
El suelo bajo mis pies latía.
La Arena no quería violencia desmedida.
Quería demostración de compatibilidad.
Los soldados retrocedieron.
No por derrota.
Por orden superior.
Los consejeros habían visto suficiente.
Nos llamaron “anomalías”.
Palabra elegante para amenaza estructural.
Respiré profundo.
La naturaleza no teme cambio.
La naturaleza es cambio.
Las ciudades creen ser permanentes.
Pero hasta el mármol se erosiona.
Y hoy, la erosión comenzó.
Editado: 15.02.2026