Herederos de cenizas (la ruptura)

Capítulo 4

Seraphine Aurum
Primera persona
Toda mi vida me enseñaron que el poder verdadero no necesita manifestarse.
“El control visible es vulgar”, decía mi tutor.
“La influencia elegante es invisible.”
Aurum no tiene don.
Aurum es el don.
Eso repetían.
Gobernamos porque pensamos mejor. Porque no nos dejamos arrastrar por impulsos elementales. Porque no ardemos, no nos congelamos, no mutamos, no nos ocultamos.
Porque estamos por encima.
Eso creía.
Hasta que mi piel respondió.
No fue dolor.
Fue reconocimiento.
Cuando Ivar me sostuvo, sentí algo antiguo moverse bajo mi carne. No como enfermedad. No como invasión.
Como memoria corporal.
El problema es que en Aurum la palabra “memoria” siempre es histórica, política, estratégica.
Nunca biológica.
Nunca íntima.
El momento exacto ocurrió cuando las raíces tocaron las sombras.
No fue fuego. No fue hielo.
Fue convergencia.
Algo en el aire cambió de frecuencia.
Y mi cuerpo… respondió.
Las líneas orgánicas recorrieron mis manos como si hubieran estado esperando permiso.
No pedí permiso.
Eso fue lo más perturbador.
No decidí.
Sucedió.
Lucien retrocedió. Lo vi en sus ojos. No miedo hacia mí.
Miedo hacia lo que implica.
Si Aurum puede portar don latente…
Entonces el argumento de pureza estructural se desmorona.
Nuestra autoridad descansa sobre una narrativa: nosotros organizamos el caos elemental.
Si también somos elementales, solo que dormidos…
Entonces no somos árbitros.
Somos parte del juego.
Y las Casas no toleran ambigüedad.
Intenté suprimirlo.
Respiré como me enseñaron.
Postura recta. Mente fría. Emoción contenida.
No funcionó.
El vínculo con la naturaleza no es ordenado. Es orgánico. Es impredecible. No responde a protocolo.
Sentí el suelo.
No como territorio administrativo.
Como organismo.
No sabía cómo usarlo.
No sabía cómo detenerlo.
Ivar no soltó mi brazo.
No con posesividad.
Con estabilidad.
Su energía no era invasiva.
Era… firme.
Como un árbol que no necesita demostrar que es fuerte.
Eso me desconcertó más que el despertar mismo.
Siempre me moví entre personas que medían cada gesto por utilidad.
Él no me sostuvo por utilidad.
Lo hizo porque era lo correcto en ese instante.
La simplicidad puede ser revolucionaria cuando vienes de un mundo de cálculo constante.
Las espadas vibraron con mayor intensidad cuando acepté que no podía negar lo que ocurría.
Ese fue el punto clave.
No cuando luché contra ello.
Cuando dejé de fingir que no existía.
La cuarta espada emitió un pulso breve.
No tan fuerte como la de fuego y hielo.
Pero claro.
Reconocimiento parcial.
No soy Virel completa.
Pero algo en mí lo es.
Latente.
Escondido durante generaciones.
¿Por qué?
¿Por qué ocultar algo así?
La respuesta es incómoda.
Porque una clase gobernante con potencial elemental es inestable.
Porque si Aurum puede despertar dones, la jerarquía interna colapsa.
No todos querrían gobernar.
Algunos querrían transformarse.
Y eso rompe estructuras rígidas.
Los soldados retrocedieron por orden superior.
No por compasión.
Por estrategia.
Las Casas necesitaban tiempo para reescribir narrativa.
“Anomalías controladas.”
“Evento aislado.”
“Desviación genética rara.”
Ya puedo escuchar los discursos.
La política siempre reacciona intentando reducir lo inexplicable a excepción manejable.
Pero ocho excepciones simultáneas no son excepción.
Son patrón emergente.
Lucien se acercó a mí.
Su voz fue baja.
— Esto no puede saberse fuera de aquí.
No era amenaza.
Era advertencia.
Él entiende cómo funciona nuestra Casa.
Si descubren que desperté algo Virel, intentarán estudiarme.
Controlarme.
Convertirme en símbolo o en secreto.
Ambas opciones son jaulas.
Lo miré.
Por primera vez en mi vida, no sentí orgullo por mi apellido.
Sentí peso.
El sistema que me protegió también me limitó.
Y ahora que algo dentro de mí empuja hacia afuera…
No sé si quiero seguir siendo protegida.
La Arena comenzó a estabilizarse.
Las vibraciones disminuyeron.
Las espadas dejaron de emitir pulsos intensos.
No porque el fenómeno terminó.
Sino porque fue registrado.
Eso se siente.
Como si el lugar hubiera archivado nuestra interacción.
Los símbolos antiguos en el suelo no hablan de supremacía.
Hablan de equilibrio.
Convergencia cíclica.
Unidad funcional.
Nada en esas inscripciones respalda el modelo actual de separación rígida.
Eso significa una de dos cosas:
O las Casas reinterpretaron el pasado.
O lo falsificaron.
Ambas posibilidades son peligrosas.
Ivar finalmente soltó mi brazo cuando notó que podía mantenerme firme.
No dijo nada.
No me pidió explicación.
Eso también me descolocó.
En Aurum, cada cambio exige reporte.
Cada desviación exige análisis.
Aquí, solo hubo aceptación silenciosa.
Sentí algo incómodo en el pecho.
No es miedo.
No es orgullo.
Es libertad incipiente.
Y la libertad asusta cuando te educaron para valorar estabilidad por encima de todo.
Las puertas de la Arena no se abrieron aún.
Las Casas deliberan.
Nos observan como si fuéramos variables experimentales.
Pero ya no somos piezas aisladas.
La interacción ocurrió.
Y no puede deshacerse.
Si intento volver a ser únicamente Aurum, ahora sé que estaría negando parte de mí.
Eso no es disciplina.
Es amputación.
Y no estoy segura de querer amputarme para preservar una estructura que acaba de demostrar que miente.
La ruptura no es explosión.
Es despertar interno que ya no puede dormirse.
Hoy entendí que el linaje no define totalidad.
Solo condiciona narrativa.
Y las narrativas pueden reescribirse.
Aunque el precio sea alto.




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