Herederos del caos

Capítulo 4

NARRA LYDIA
​El aire en la sala se volvió denso, casi irrespirable. Dylan y yo nos quedamos congelados, sosteniendo la mirada mientras el eco de nuestros nombres flotaba en el aire. No podía ser él. No el chico del baño, no el hijo del socio de mi padre.
​-¿Se conocen? -la voz de mi padre, cargada de una sospecha afilada, rompió el trance.
​-Está en mi clase -me apresuré a decir, antes de que Dylan soltara cualquier detalle sobre el incidente de la otra noche-. Entró hoy mismo al instituto.
​Dylan asintió con una lentitud calculada, una sonrisa imperceptible bailando en sus labios.
-Así es. Es mi primer día y tuve la suerte de coincidir con Lydia.
​Gracias al cielo, guardó el secreto. Mi padre pareció satisfecho y el hombre que lo acompañaba, alguien con una presencia que irradiaba peligro, dio un paso al frente.
​-Soy Erik, el padre de Dylan -se presentó, extendiendo una mano que tomé con cautela. Su piel estaba fría-. Y ella es mi esposa, Claudia.
​-Un gusto -murmuró la mujer. Sus ojos reflejaban una tristeza que no encajaba con el lujo de su ropa.
​Pasamos al comedor. La mesa, decorada con cristalería cara y flores frescas, se sentía como el escenario de un juicio. Mi padre presidía la cabecera; a un lado, mi madre y los Rodríguez; al otro, yo. Dylan terminó sentado justo a mi lado. Podía sentir el calor de su brazo cerca del mío y mi pulso se aceleró, aunque no sabía si era por miedo o por esa extraña atracción que me generaba.
​Comimos en un silencio sepulcral, solo interrumpido por el tintineo de los cubiertos. De pronto, mi padre golpeó su copa de cristal con la cuchara. El sonido, agudo y seco, me puso los pelos de punta.
​-Erik y yo tenemos un anuncio que hacer -comenzó mi padre, enderezando la espalda-. Llevamos años siendo socios, no solo en las empresas legales, sino en los cimientos que realmente sostienen nuestro poder.
​-Víctor tiene razón -añadió Erik, dejando su copa de lado-. Es hora de que los herederos entiendan de qué se trata este imperio.
​-¿De qué negocios hablas, papá? -pregunté. El nudo en mi estómago se apretó.
​Mi padre guardó silencio un segundo, observándome como si estuviera decidiendo si yo era lo suficientemente fuerte.
-Lydia, la empresa de transportes es solo una fachada. Soy uno de los principales distribuidores de la mercancía de Erik. Movilizamos lo que otros no se atreven a tocar: droga a gran escala.
​Me quedé sin palabras. El mundo que conocía -las portadas de revistas, la "familia perfecta", la riqueza- se desmoronó frente a mis ojos. Mi padre no era un empresario exitoso; era un criminal de alto nivel.
​-¿Hay algo más que deba saber? -susurré, sintiendo que las lágrimas de rabia quemaban mis ojos.
​-Hija, tómatelo con calma -intervino mi madre, aunque su voz no tenía consuelo-. Esto es por el bien de la familia. Tú y Dylan están...
​Mi padre completó la frase con una frialdad que me heló la sangre:
-Están comprometidos.
​Fue como si me lanzaran un balde de agua helada. El aire abandonó mis pulmones.
​-¡Estás loco! -le grité, poniéndome de pie de un salto. El estrépito de mi silla contra el suelo resonó en todo el salón-. No pienso casarme con él. ¡Es un extraño! ¡Ni siquiera sé quién es realmente!
​-No pueden obligarnos -la voz de Dylan por fin se escuchó, dura y cortante-. Se han vuelto locos si creen que vamos a aceptar esto por un simple negocio.
​-La decisión está tomada -sentenció mi padre, golpeando la mesa con el puño-. Ustedes son el futuro de esta alianza. Casados, nuestras familias serán intocables. La unión de los Palacios y los Rodríguez es la única forma de asegurar el imperio.
​-Pues yo no pienso ser parte de su mercado -dijimos Dylan y yo al mismo tiempo, nuestras voces uniéndose en un grito de rebeldía.
​-Se van a casar y es nuestra última palabra -concluyó mi padre con una mirada que no admitía réplica.
​No pude más. Sin mirar atrás, salí corriendo del comedor, sintiendo cómo mi vida perfecta se transformaba en una condena perpetua

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​¡Nos leemos en la próxima actualización!
​- D.B.R. 🥀




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