Herederos del caos

Capítulo 7

NARRA LYDIA
​El aire en el despacho de mi padre olía a tabaco caro, cuero viejo y decisiones tomadas a espaldas de los demás. Al entrar, sentí que las paredes de roble se cerraban sobre mí, pero no me permití retroceder. Esta vez no vendría con gritos ni berrinches de niña pequeña; esta vez, jugaría bajo sus propias reglas.
​-¿Dime, cariño, de qué quieres hablar con nosotros? -preguntó mi madre, cerrando su revista con una elegancia que me pareció insultante dada la gravedad de la situación.
​-De mi boda con Dylan -solté.
​Mi padre, que estaba sumergido en su teléfono, levantó la vista y endureció la mandíbula. Su rostro era una máscara de autoridad fría.
-No hay nada que discutir sobre ese tema, Lydia. La decisión está tomada y es por el bien de esta familia. No toleraré más escenas como la de la cena.
​Respiré hondo, manteniendo mis manos quietas a los costados para no mostrar el temblor de mi rabia.
-No he venido a discutir, padre. He venido a aceptar -mentí, y pude ver cómo el asombro reemplazaba la irritación en sus ojos-. Si es mi deber casarme con Dylan Rodríguez para asegurar nuestro "legado", lo haré. Pero solo bajo una condición.
​Mis padres se intercambiaron una mirada de sorpresa y alivio. Habían ganado, o eso creían ellos.
-¿Qué es lo que pides, hija? -preguntó mi madre con una sonrisa que intentaba ser reconfortante.
​-Tiempo. Quiero dos meses. Dos meses para conocer al hombre con el que se supone que pasaré el resto de mi vida.
​-Pero, Lydia... -empezó mi padre, pero lo interrumpí con una firmeza que no sabía que poseía.
​-Piénsenlo desde el punto de vista del negocio. Si nos casamos mañana, la gente sospechará. En nuestro mundo, los rumores son balas. Pero si nos damos dos meses, si nos ven juntos, si la prensa y nuestros socios creen que esto es una historia de amor real, la alianza será legítima. Nadie cuestionará la unión si creen que estamos enamorados.
​Mi padre se reclinó en su silla, evaluando mis palabras. El silencio se prolongó, solo interrumpido por el tic-tac de un reloj de pared que parecía contar los segundos de mi libertad.
-Dos meses es mucho tiempo -murmuró él-. Tienen que empezar a aprender cómo se manejan los hilos del negocio, cómo se mueve la mercancía de Erik...
​-Me están obligando a casarme con un extraño, a ser alguien que no soy -dije, bajando la voz y cargándola de un dolor fingido que me desgarraba la garganta-. ¿Ni siquiera pueden concederme este deseo? ¿Tan poco valgo para ustedes que ni siquiera puedo tener sesenta días de paz antes de entregar mi vida?
​Vi cómo mi madre flaqueaba. Ella, que siempre había sido la sombra de mi padre, puso una mano sobre su brazo.
-Tiene razón, Víctor. Dos meses no cambiarán el destino, pero sí harán que la transición sea más suave. Quién sabe... quizás en ese tiempo se enamoren de verdad.
​-Quién sabe -repetí, ocultando el asco que me producía la idea-. Gracias por escucharme. Me retito.
​Salí del despacho sintiendo que el oxígeno regresaba a mis pulmones. Los había convencido. Había ganado tiempo, y en el mundo de la mafia, el tiempo es la diferencia entre la vida y la muerte. O en mi caso, entre la libertad y una jaula de oro.
​En mi habitación, la adrenalina empezó a bajar. Llamé a Sami, necesitaba descargar todo el peso de la actuación.
​-¿Hay boda o no? -contestó ella, sin preámbulos.
​-Ni en sueños, nena. Mis "poderes de convencimiento" funcionaron. Tengo dos meses de tregua.
​Sami soltó una carcajada.
-Qué lástima, ya me hacía ilusión el vestido de madrina. Pero hablando en serio, Ly, ¿qué vas a hacer? Tienes a Dylan respirándote en el cuello en el instituto y ahora en el trabajo de Historia. Con Adam y Malia de por medio, eso va a ser una bomba de tiempo.
​-Lo sé. Mi suerte va de mal en peor -suspiré, dejándome caer en la cama-. Pero usaré ese trabajo para acercarme a Adam. Dylan es solo un obstáculo que tengo que aprender a rodear.
​Colgué y traté de concentrarme en el tema del antiguo Egipto, pero las pirámides y los faraones se mezclaban en mi mente con los ojos verdes de Dylan y la mirada fría de su padre. Me di un baño relajante, tratando de borrar la tensión de mis hombros, y me puse algo cómodo: un short corto y una blusa de tirantes sencilla.
​Sin embargo, la paz duró poco. Al salir de mi cuarto, me topé con mi madre. Su mirada recorrió mi ropa con desaprobación.
​-¿A dónde crees que vas vestida así? -preguntó.
​-A cenar, madre. Estoy en mi casa.
​-Ponte algo más apropiado. Los Rodríguez están por llegar. Vamos a celebrar el "acuerdo" de los dos meses y a ultimar detalles.
​Apreté los dientes. Era la segunda vez en veinticuatro horas que invadían mi hogar. Sin decir palabra, regresé a mi habitación y busqué un vestido floral, algo que me hiciera ver como la "hija perfecta" que ellos querían vender. Me miré al espejo y vi a una extraña.
​Cuando bajé, la sala ya estaba ocupada por las sombras de los Rodríguez.
-Buenas noches -saludé con una voz que esperaba que no sonara tan falsa como me sentía.
​-Buenas noches, cariño -respondió Claudia, la madre de Dylan, con una calidez que me resultaba inquietante. ¿Cómo podía ser tan amable sabiendo que su marido era un monstruo y que su hijo estaba siendo usado como moneda de cambio?
​Dylan estaba allí, apoyado contra la chimenea, luciendo una camisa negra que resaltaba su porte atlético. No me saludó de inmediato; simplemente me escaneó de arriba abajo con esa mirada que parecía leer mis pensamientos más oscuros.
​-Dylan, cariño, ¿no vas a saludar a tu prometida? -lo instó Claudia.
​-Buenas noches -se limitó a decir él, con una voz profunda que vibró en el aire.
​Pasamos al comedor. La mesa estaba servida con una opulencia que me revolvía el estómago. Mi padre, sintiéndose el rey del mundo, se puso en pie y levantó su copa.
​-Los hemos invitado esta noche para comunicarles un cambio de última hora. A petición de nuestra hija, hemos decidido aplazar la boda dos meses. Lydia quiere que este compromiso sea real, que el mundo vea que se eligen el uno al otro por algo más que negocios.
​Vi cómo Erik Rodríguez alzaba una ceja, intrigado. Dylan, por su parte, apretó los cubiertos con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Sabía que él tampoco quería esto, pero también sabía que, al igual que yo, estaba atrapado en una red de la que no era fácil escapar.
​-Dos meses -repitió Erik, saboreando las palabras como si fueran vino caro-. Me parece una estrategia inteligente. El amor vende mejor que la obligación. ¿Qué opinas tú, hijo?
​Dylan levantó la vista y sus ojos se clavaron en los míos. Había un desafío silencioso en su mirada, una promesa de que estos dos meses no serían, ni de lejos, el camino de rosas que mis padres imaginaban.
​-Opino que será un tiempo muy... interesante -respondió Dylan, y por primera vez, sentí que el juego de las apariencias acababa de volverse peligroso




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