Herederos del caos

Capítulo 8

NARRA LYDIA
​—Y es lo mejor. Nosotros lo pensamos con calma y nos pareció una idea brillante para no dar qué hablar ante los socios —sentenció mi madre, Laura, con una sonrisa de satisfacción que me revolvió el estómago. Por un segundo, el miedo me paralizó: si ellos estaban de acuerdo tan rápido, era porque creían que en sesenta días lograrían doblegarme.
​—Me parece perfecto, Laura querida —intervino Claudia Rodríguez, acomodándose un mechón de cabello perfectamente peinado—. Además, tendremos tiempo para organizar una boda por todo lo alto. No se casa cualquier persona; es la unión de nuestros primogénitos, el evento de la década.
​La palabra "evento" resonó en mi cabeza como una condena. No era una vida lo que estaban planeando, era un espectáculo de marketing para el bajo mundo. Claudia miró a su esposo con ojos expectantes.
​—¿Qué te parece a ti, mi amor? —le preguntó a Erik.
​El líder del clan Rodríguez dejó su copa de cristal sobre la mesa con una lentitud que exigía atención. Su mirada, oscura y analítica, se posó en mí antes de desviarse hacia su hijo.
—Bueno, ya que Lydia fue quien lo propuso, me parece justo que mi hijo tenga la última palabra. Después de todo, es su boda también —respondió Erik con una voz profunda.
​Dylan, que hasta ese momento parecía más interesado en los mensajes de su móvil que en su propio futuro, levantó la vista. Su mirada recorrió a los presentes con una mezcla de aburrimiento y perspicacia hasta detenerse en mí. Sostuve su mirada, desafiándolo en silencio a que me contradijera.
​—Estoy de acuerdo con Lydia —dijo finalmente, sin apartar los ojos de los míos—. Que sea como ella quiera. Dos meses no le hacen daño a nadie.
​Y entonces, antes de volver a su teléfono, me guiñó un ojo. Un gesto rápido, casi imperceptible para los adultos, pero cargado de una complicidad que no sabía si agradecer o detestar.
​Mi plan estaba en marcha. Tenía sesenta días para demoler el teatro que estaban montando. Sin embargo, me preocupaba la calma de Dylan. Parecía demasiado cómodo para alguien a quien le acababan de imponer una esposa.
​Después de la cena, los Rodríguez se quedaron en la terraza compartiendo copas y secretos con mis padres. Yo necesitaba aire, así que me refugié en la piscina. Me senté en el borde de mármol, dejando que mis pies se sumergieran en el agua fría, tratando de que el frescor calmara el incendio de mis nervios. El reflejo de la luna bailaba en la superficie, rompiéndose cada vez que movía las piernas. Pensaba en el día siguiente; sería largo. La reunión con el grupo de Historia me aterraba, no por el trabajo, sino por la tensión de tener a Dylan y a Adam en el mismo espacio.
​Unos pasos pesados sobre el césped interrumpieron mis pensamientos. No tuve que girarme para saber quién era; su presencia tenía una gravedad propia. Dylan se sentó a mi lado, dejando que sus piernas también colgaran en el agua.
​—¿Meditando, princesita? —preguntó con ese tono burlón que empezaba a ser su marca personal.
​—Pensando. No es lo mismo —le corregí sin mirarlo.
​—Estás pensando en nuestro compromiso, obviamente —dijo con seguridad—. Si te sirve de consuelo, yo tampoco sabía nada. Para mí, esto era una simple cena de negocios para presentarnos oficialmente. No se me ocurrió que nuestros padres ya tuvieran las invitaciones impresas en sus cabezas.
​Me giré para verlo. Bajo la luz de la luna, sus facciones se veían más duras, más parecidas a las de su padre.
—Te entiendo. Yo tampoco me imaginé esto... y mucho menos que nuestros padres fueran narcotraficantes de élite.
​Dylan soltó una risa seca, sin pizca de humor.
—Yo sabía que mi familia se movía en aguas ilegales, pero nunca me dieron el inventario de la mercancía. Supongo que ahora somos parte del inventario nosotros también.
​—¿Y qué vamos a hacer, Dylan? —le pregunté con un hilo de esperanza—. Yo no puedo casarme así. Tengo planes, una carrera que quiero empezar, una vida que no incluye ser la "mujer de un capo". Me imagino que tú también tienes tus ambiciones.
​Dylan suspiró, observando cómo las ondas del agua se alejaban de sus pies.
—Lo sé, Lydia. Por eso te apoyé con lo de aplazar la boda. Pero si esperas que tenga un plan de escape cinematográfico, te vas a decepcionar. No tengo intención de irle a la contraria a mi padre. Erik siempre logra lo que quiere, y esta unión no será la excepción. No tengo nada que perder, la verdad.
​—¿Nada que perder? ¿Tu libertad no cuenta? —le espeté, indignada por su pasividad.
​—Soy un Rodríguez, princesita. Mi libertad murió el día que nací —me miró fijamente, y por un segundo, la burla desapareció de sus ojos—. En cambio tú... tú sí tienes algo que perder. ¿O crees que no me he dado cuenta de cómo miras a Adam en los pasillos?
​Sentí un vuelco en el corazón. ¿Tan obvia era?
—Eso no viene al caso ahora —respondí, tratando de recuperar la compostura—. Lo que importa es que no voy a quedarme de brazos cruzados. Voy a hacer todo lo posible para que cambien de opinión, con tu ayuda o sin ella.
​Dylan se puso de pie, sacudiendo el agua de sus pies con total indiferencia.
—Buena suerte con eso. La vas a necesitar. Hasta mañana, princesita.
​Se alejó hacia la casa, dejándome sola con el sonido de los grillos y la amarga certeza de que estaba sola en esta batalla. Dylan no era un aliado; era un espectador que esperaba ver cómo me estrellaba contra la realidad.
​Al día siguiente, el sol de la mañana se sentía como una intrusión. Hice mi rutina mecánica, bajé a desayunar y, para mi alivio, Max ya me esperaba frente al coche.
​—Buenos días, Max —saludé, subiendo al asiento trasero.
​—Buenos días, señorita —respondió con su habitual tono profesional.
​Llegué al instituto con cuarenta minutos de antelación. Necesitaba ese tiempo para despejarme antes de que el caos comenzara. Encontré a Samanta cerca de las taquillas, luciendo un café en la mano y una mirada llena de preguntas.
​—Hola, nena —la saludé, dejándome caer contra el metal frío de la taquilla.
​—Hola, cariño —me respondió, escaneando mi rostro—. No me digas nada. Tu vida se ha vuelto más interesante que una serie de Netflix en las últimas doce horas. ¿Qué pasó en la cena?
​Le conté todo mientras caminábamos hacia el patio: el acuerdo de los dos meses, la frialdad de Dylan y su negativa a ayudarme.
​—Ya lo sabía —dijo Sami, encogiéndose de hombros—. Ese chico no va a pelear contra su padre. A lo mejor hasta le gusta la idea de casarse contigo. No eres fea, Ly, y él no es ciego.
​—¡Por favor, Sami! No es por amor, es por negocios —le recordé, frustrada.
​—Lo que tú digas. Pero te vas a volver loca si sigues dándole vueltas al asunto. Necesitas relajarte. Vamos a salir hoy por la noche, ¿qué te parece?
​—¿A dónde?
​—Al mismo club de la otra noche —propuso con un brillo travieso—. De no haber sido por el "incidente" con el tipo aquel, nos lo estábamos pasando de maravilla. Además, es viernes.
​—Vale —acepté, necesitando desesperadamente un escape—. A las nueve en la entrada.
​—Eso si tu prometido no te secuestra antes —dijo Sami, mirando por encima de mi hombro con esa sonrisa de "sé algo que tú no sabes".
​—¿Qué?
​—No te vuelvas, pero el bombón de Rodríguez viene directo hacia aquí. En cinco... cuatro... tres...
​Mi corazón empezó a martillear contra mis costillas. Dos...
​—Hola, princesita —la voz de Dylan, baja y aterciopelada, vibró justo detrás de mi oreja.
​Me giré lentamente, tratando de que no se notara lo nerviosa que me ponía su cercanía. Sami se quedó allí, con los ojos muy abiertos, esperando la presentación oficial.
​—Ella es Samanta, mi mejor amiga. Sami, ya sabes quién es él —dije con un tono seco.
​—Mucho gusto, "cuñi" —Sami le extendió la mano con una desfachatez que me dio ganas de enterrarme viva.
​Dylan soltó una carcajada encantadora y tomó su mano con caballerosidad.
—El gusto es mío, Sami. Supongo que puedo llamarte así, siendo la mejor amiga de mi futura esposa.
​—Claro, no hay problema. Eres el prometido de mi mejor amiga, estamos en familia —respondió ella, ignorando mi mirada asesina.
​Dylan volvió su atención hacia mí. Ignoró a la multitud que empezaba a cuchichear a nuestro alrededor y dio un paso hacia mi espacio personal, obligándome a mirar hacia arriba para sostenerle la vista.
​—Princesita... ¿podemos hablar? —preguntó. El uso constante del apodo me irritaba, pero había algo en su tono, una seriedad que no había visto antes, que me hizo sospechar que el "negocio" acababa de volverse personal




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