Herederos del caos

Capítulo 9

NARRA LYDIA
​Dylan no esperó a que yo aceptara. Simplemente cerró su mano alrededor de la mía. Su tacto no era rudo, pero poseía esa firmeza de quien está acostumbrado a que el mundo obedezca sus órdenes. Me guio lejos del bullicio de las taquillas y los murmullos curiosos de los estudiantes, arrastrándome hacia un rincón apartado del jardín trasero, donde los altos setos nos brindaban una privacidad casi clandestina.
​Mientras caminaba un paso detrás de él, no pude evitar detallar su espalda. La tela de su camisa se tensaba sobre sus hombros anchos y su postura irradiaba una confianza animal. "Por Dios, es guapo", pensé, y un escalofrío me recorrió la nuca. Si nos hubiéramos conocido en un universo distinto -uno sin cargamentos de droga ni bodas pactadas con sangre-, seguramente me habría fijado en él desde el primer segundo. "Sacúdete eso de la cabeza, Lydia", me regañé internamente. En este universo, él era mi jaula, no mi príncipe.
​Se detuvo en seco y se giró, atrapándome en su mirada verde esmeralda. El silencio del jardín solo era interrumpido por el sonido de nuestras respiraciones.
​-Te tengo una propuesta, princesita -soltó, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón con una elegancia despreocupada.
​-Te escucho -respondí, cruzándome de brazos para establecer una barrera física entre nosotros.
​-Nuestros padres nos han dado dos meses para «conocernos». Ellos esperan una historia de amor, pero ambos sabemos que eso no va a pasar. Tú quieres tu libertad y yo quiero que dejen de usar mi vida como moneda de cambio. Si peleamos contra ellos de frente, nos aplastarán. Pero si jugamos desde dentro... -Hizo una pausa, acortando la distancia entre los dos hasta que pude oler su perfume, una mezcla de sándalo y algo metálico-. Podemos fingir que somos los novios perfectos ante sus ojos, mientras que en privado nos encargamos de demostrarles que somos incompatibles. Podemos orquestar discusiones, celos infundados, diferencias irreconciliables. Si les hacemos creer que nuestro matrimonio sería un desastre para los negocios, ellos mismos cancelarán la boda. ¿Qué te parece? Estar del mismo lado para recuperar nuestra independencia.
​Me quedé en silencio, procesando la oferta. Era una jugada arriesgada. Significaría pasar mucho más tiempo con él, entrar en su órbita y permitir que el mundo nos viera como una unidad.
​-No está mal tu plan -admití, entrecerrando los ojos-. Pero quiero límites claros, Dylan. Esto es un contrato de negocios, nada más. Sin toques innecesarios, sin preguntas sobre mi vida privada y, sobre todo, sin sentimientos.
​Él soltó una risa ronca que me hizo vibrar el pecho.
-Me parece justo. No te preocupes, no tengo por costumbre enamorarme de mis problemas. -Se inclinó un poco más hacia mí, su voz bajando un octava-. Para sellar este pacto y pulir los detalles, cenaremos juntos esta noche. Lejos de nuestros padres.
​-Está bien -cedí. En el fondo, sabía que tener a Dylan como aliado era mucho mejor que tenerlo como enemigo.
​-Paso por ti a las ocho -sentenció, recuperando su máscara de frialdad-. Sé puntual, princesita. Odio esperar.
​Con un último guiño cargado de arrogancia, se dio la vuelta y se encaminó hacia el aula, dejándome allí, con el corazón latiendo desbocado y la extraña sensación de que acababa de firmar un pacto con el mismísimo diablo.
​El resto del día transcurrió como en un sueño borroso. Las clases de Cálculo y Literatura se sintieron irrelevantes comparadas con el peso de la cena que me esperaba. Al sonar la campana de salida, busqué a Sami. La encontré junto a la puerta principal, con su mochila al hombro y una expresión de "necesito chismes ahora mismo".
​-¿Y bien? ¿Vamos a salir a quemar la ciudad o tienes planes con tu flamante y peligroso prometido? -preguntó con una sonrisa pícara.
​Un sentimiento de culpa me invadió al recordar nuestro plan original.
-Lo siento muchísimo, Sami. De verdad. Pero surgió algo... Voy a cenar con Dylan. Tenemos "negocios" que discutir.
​Sami abrió mucho los ojos y me tomó de los hombros.
-Lydia Palacios, ¡tienes que contármelo todo! ¿Te besó? ¿Te amenazó? ¿Es tan bueno en las distancias cortas como parece?
​Antes de que pudiera responder, un elegante sedán negro se detuvo frente a nosotras. Era su madre.
-Te juro que mañana te daré cada detalle -le prometí mientras ella se subía al coche, lanzándome una mirada de reproche juguetón.
​Me quedé sola en la acera, esperando a Max. Pasaron diez, quince minutos. El sol empezaba a bajar, tiñendo el cielo de un naranja sangriento. De pronto, el rugido de un motor conocido me sacó de mis pensamientos. El Camaro negro de Dylan se estacionó frente a mí con una precisión quirúrgica.
​-Parece que tenemos nuevo chofer -murmuró mi conciencia con sarcasmo.
​-Hola de nuevo, princesita. ¿Se perdió tu caballero de armadura brillante? -preguntó Dylan, bajando la ventanilla y regalándome una sonrisa burlona.
​-Que te den, imbécil -le respondí, apretando los puños.
​-Esa boquita... ¿No te enseñaron en tu exclusivo colegio que las niñas bien no hablan así? -Su tono era pura provocación.
​-Y a ti no te enseñaron que lo que está quieto se deja quieto -le espeté, devolviéndole la mirada con la misma intensidad.
​-Sube, te llevo a casa. No es seguro que la heredera de los Palacios esté aquí sola a estas horas.
​-Gracias por tanta amabilidad, pero Max debe estar por llegar -dije, aunque el presentimiento de que algo iba mal crecía en mi pecho.
​-Tu chofer no va a llegar -soltó él, perdiendo la sonrisa-. ¿No revisaste tu móvil? Max está con tu padre. Asuntos de "logística" que requieren más armas de las que un chofer suele llevar.
​Revisé mi teléfono frenéticamente. Cuatro llamadas perdidas de mi padre. Un mensaje corto de Max: "Órdenes del señor Víctor. El joven Rodríguez se encargará de usted hoy". Maldije entre dientes. Odiaba que mi vida fuera gestionada como una mercancía.
​-Tienes dos opciones, Lydia: o te subes a este coche o llamas a un taxi y esperas otros veinte minutos a que se digne a entrar en esta zona. Tú eliges.
​Sin más remedio, abrí la puerta del copiloto y me desplomé en el asiento.
-Está bien, me voy contigo. Pero si abres la boca para molestarme, juro que saltaré del coche en marcha.
​-Listo. Hora de escoltar a la princesa a su castillo -dijo, ignorando mi amenaza mientras ponía el coche en marcha.
​El camino fue un campo de batalla de silencios. Dylan conducía con una mano, relajado, mientras yo observaba el paisaje pasar a toda velocidad. Al llegar frente a mi mansión, el coche se detuvo suavemente. Antes de que pudiera bajar, Dylan habló.
​-¿Ni siquiera un beso de despedida para tu futuro esposo? -preguntó, y pude notar el brillo de travesura en sus ojos.
​Lo aniquilé con la mirada, mi mano ya en la manija de la puerta.
-Tranquila, fiera. Solo era una broma -se rió, y por un momento, su risa sonó genuina, casi humana-. Paso por ti a las ocho. Ponte algo que esté a la altura del lugar al que vamos.
​Asentí sin decir palabra y entré en la casa.
​Pasé las siguientes horas sumergida en una rutina automática: tareas, una película de la que no entendí nada y una ducha larga para intentar calmar los nervios. A las seis y media, empecé la transformación. Si íbamos a jugar a los novios perfectos, tenía que lucir impecable.
​Elegí un vestido negro de seda. Por delante era discreto, con un cuello alto elegante, pero al girarme, el escote de la espalda bajaba hasta la base de mi columna, decorado con delicadas cadenas de plata que brillaban con cada movimiento. Recogí mi pelo en un moño pulido, dejando que mi cuello quedara al descubierto, y me puse unos tacones que me hacían sentir poderosa.
​A las siete y cincuenta, bajé las escaleras. Mis padres estaban en la sala, compartiendo una copa de vino, la viva imagen de la aristocracia criminal.
​-Buenas noches -saludé.
​Mi padre apenas levantó la vista de sus papeles, pero mi madre me escaneó con una sonrisa de triunfo.
-Buenas noches, Lydia. Estás radiante. ¿A dónde vas tan arreglada?
​-Dylan me invitó a cenar. No tarda en llegar.
​-Me alegra tanto ver que están poniendo de su parte -dijo ella, y por un momento sentí asco de mi propia mentira.
​El sonido de un claxon rompió la tensión. Era él. Salí de la casa, cerrando la pesada puerta tras de mí, y lo vi. Dylan estaba apoyado en el capó del Camaro, vestido con un traje oscuro sin corbata, con los primeros botones de la camisa abiertos. Al verme, su expresión cambió. No hubo burla, solo una mirada intensa que recorrió cada centímetro de mi cuerpo, deteniéndose más de lo debido en mis labios.
​-Estás... -empezó, pero se interrumpió a sí mismo, recuperando su compostura-. Lista para el espectáculo, supongo.
​-Que empiece el juego, Dylan -respondí, caminando hacia el coche con la cabeza en alto.
​Esta noche no solo íbamos a cenar. Íbamos a empezar a tejer la red que, esperaba, nos daría la libertad a ambos... o nos hundiría para siempre en la oscuridad




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