Herederos del caos

Capítulo 10

NARRA LYDIA
​Al salir de casa, el aire fresco de la noche me golpeó el rostro, pero no fue suficiente para disipar el calor que sentía bajo la piel. Allí estaba él, apoyado contra el metal negro del Camaro como si fuera el dueño del mundo. Lo detallé con una lentitud que esperaba que él notara: vestía un traje negro hecho a medida que abrazaba sus hombros con precisión, un reloj de plata brillaba en su muñeca derecha y su cabello estaba peinado hacia atrás con una elegancia impecable. Pero lo que más me perturbó fue su mirada; me observaba sin una pizca de discreción, recorriendo el escote de mi vestido y las cadenas que caían por mi espalda como si estuviera tasando una obra de arte.
​—Buenas noches, princesita —me saludó con esa voz que siempre parecía esconder un secreto.
​Se enderezó y caminó hacia mí. Al llegar al pie de la escalinata, me extendió la mano para ayudarme a bajar los últimos escalones. Sus dedos rozaron los míos y sentí una descarga eléctrica que me obligó a tensar la mandíbula.
​—Qué caballeroso —murmuré con una sonrisa cargada de ironía.
​Él se inclinó hacia mí, acortando la distancia hasta que su aliento cálido rozó mi mejilla.
—Tu madre está mirando por los cristales —me susurró al oído, su voz era apenas un hilo de seda—. Tenemos que darles lo que quieren ver.
​Se acercó aún más, su rostro a milímetros del mío, simulando el inicio de un beso que hizo que mi pulso se disparara.
—Por cierto... así vestida, dejas de ser una princesa para convertirte en una diosa. Una que tienta incluso a los demonios —añadió en un susurro ronco.
​Sentí un nudo en el estómago, pero no iba a dejar que me viera flaquear. Giré un poco la cabeza, rozando su oreja con mis labios.
—Tus coqueteos baratos no van a funcionar conmigo, Dylan. Guarda ese encanto para las chicas del instituto que suspiran por ti.
​Él se separó apenas unos centímetros, lo suficiente para mirarme a los ojos. Vi un destello de perversión y desafío en su mirada verde.
—¿Eso es un reto, Lydia? —preguntó con una sonrisa ladeada—. Cuidado. Podría enamorarte hasta que seas tú quien me ruegue por un beso.
​—Eso habría que verlo, querido —le respondí, sosteniéndole la apuesta—. Pero si así es como quieres jugar, adelante. Vamos a ver quién termina de rodillas ante quién.
​Dylan soltó una carcajada vibrante que resonó en el jardín silencioso. Me guio hasta el coche y me abrió la puerta con una reverencia burlona. Durante el trayecto, el silencio se instaló entre nosotros, pero no era un silencio incómodo; era una tensa calma, como la que precede a una tormenta en alta mar.
​El restaurante que eligió gritaba exclusividad. Era un edificio de cristales ahumados y luces tenues donde solo la élite de la ciudad —legal o no— se atrevía a entrar. Un joven se apresuró a recibir las llaves del Camaro mientras Dylan me guiaba hacia el interior, con su mano posesivamente apoyada en la pequeña de mi espalda, justo donde terminaban las cadenas de mi vestido.
​Una anfitriona nos dirigió a la segunda planta, la zona VIP. Nuestra mesa estaba estratégicamente apartada, envuelta en sombras y bañada por la luz de un candelabro de plata. Desde allí, la ciudad se extendía como un tapiz de luces infinitas bajo el cielo negro.
​Dylan se colocó detrás de mi silla para ayudarme a sentarme, un gesto que se sintió más como una reclamación que como cortesía. Luego, se sentó frente a mí y pidió una botella de vino tinto de una cosecha que probablemente costaba más que el alquiler de un apartamento promedio.
​—Está todo hermoso —admití, observando el brillo de las velas reflejado en sus ojos.
​—Qué bueno que te guste. Quería un escenario a la altura de nuestra... negociación —respondió, sin apartar la vista de mí. Sus ojos verdes parecían quemar bajo la penumbra, y por primera vez en la noche, sentí que el aire me faltaba.
​Llegó la sumiller con el vino y nos entregó los menús. Pedimos en silencio, y una vez que estuvimos solos de nuevo, decidí que era hora de tomar las riendas.
​—¿Te parece si empezamos a hablar de las reglas? —pregunté, rompiendo el hechizo del ambiente.
​—Está bien —asintió él, cruzando los dedos sobre la mesa—. Comienza tú.
​—Como te dije en el instituto, quiero poner límites claros. Punto número uno: nada de besos. Vamos a fingir ante el mundo, podemos abrazarnos, tomarnos de la mano o incluso que me rodees con el brazo si la situación lo requiere, pero los besos están fuera de la mesa.
​Dylan se echó hacia atrás en su silla y soltó una risa suave que me puso los vellos de punta.
—¿Dije algo gracioso? —le espeté, molesta.
​—¿Sabes qué creo, Lydia? —se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa—. Creo que tienes miedo. Tienes miedo de enamorarte de mí y de que ese plan de escape que tanto te costó idear se desmorone. Es eso, ¿verdad? Me pones barreras porque sabes que, si me acerco demasiado, no querrás que me vaya.
​—Pero qué dices... No te tengo miedo, Dylan. Ni a ti ni a lo que puedas hacerme sentir —mentí, aunque mi corazón latía con una fuerza que amenazaba con romperme las costillas.
​—Entonces, si no tienes miedo, juguemos este juego de verdad —propuso, y su voz se volvió peligrosamente seductora—. Sin límites. Sin reglas de contacto. Que pase lo que tenga que pasar entre nosotros mientras engañamos a los demás. Si eres tan fuerte como dices, no deberías tener problemas en resistirte, ¿no?
​Sentí que caía en una trampa de terciopelo. Si decía que no, confirmaba sus sospechas de que le temía. Si decía que sí... me lanzaba directamente al fuego.
​—Que pase lo que tenga que pasar —repetí, forzando una seguridad que no sentía.
​Una chispa de pura perversión cruzó sus ojos verdes al escuchar mi aceptación. En ese momento, la camarera llegó con los platos, rompiendo la electricidad que nos rodeaba. Cenamos en un silencio cargado de subtexto. Cada vez que levantaba la vista, lo encontraba observándome, como si estuviera memorizando mis reacciones, buscando la primera grieta en mi armadura.
​El viaje de regreso fue más corto de lo que esperaba. Dylan aparcó frente a mi mansión y apagó el motor, dejando que la oscuridad del interior del coche nos envolviera.
​—Que tengas buenas noches, princesita —dijo con esa sonrisa ladeada—. Y trata de soñar conmigo. Sé que lo harás.
​—Ya quisieras —le respondí, intentando que mi voz sonara firme mientras abría la puerta—. Buenas noches, Dylan.
​Entré en casa casi corriendo, esquivando a cualquier empleado que pudiera estar despierto. Una vez en mi recámara, cerré la puerta con llave y me dejé caer contra la madera fría. Mi corazón no se calmaba. Me quité el vestido de seda, que ahora se sentía como una piel que no me pertenecía, y me puse un pijama de satén antes de meterme bajo las sábanas.
​Pero el sueño no venía. Mi mente repetía una y otra vez su mirada en el restaurante.
​—Tal vez debí poner ese límite de los besos, aunque él pensara que era por miedo —pensé, mirando al techo.
—Yo creo que hiciste bien —intervino mi conciencia, siempre tan oportuna—. Hubiera sido un límite cobarde. Aceptaste el reto, ahora tienes que ganar.
—Tienes razón. Es solo un juego de poder. Él quiere que yo me rinda, pero no sabe con quién se está metiendo.
​Me giré en la cama, apretando la almohada. Dylan Rodríguez pensaba que yo sería una conquista más, una pieza fácil de manipular en su tablero de ajedrez. Lo que él no sabía era que yo estaba dispuesta a incendiar el tablero entero antes de dejar que él ganara. Poco a poco, el cansancio venció a la ansiedad, pero justo antes de dormirme, supe que mi vida acababa de cambiar para siempre. La guerra ya no era solo contra mis padres; ahora era una guerra de piel contra piel.




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