Herederos del caos

Capítulo 11

NARRA DYLAN
​Apenas he pegado ojo. Las sombras de mi habitación parecen dibujar el contorno de su espalda, esa curva elegante adornada por cadenas de plata que vi anoche. No sé qué demonios tiene esa chica, pero se me ha metido bajo la piel como una astilla que no puedo —o no quiero— extraer. Sus ojos negros son un abismo en el que es peligrosamente fácil caer, y su piel bronceada brilla bajo cualquier luz con una perfección que me irrita.
​Todo en Lydia Palacios es un desafío. Su rebeldía no es un capricho; es una armadura. Y cada vez que la tengo cerca, solo siento unas ganas voraces de provocarla, de empujarla al límite para ver qué queda cuando su máscara de heredera perfecta se rompa. Por eso accedí a su plan de compromiso falso, y por eso acepté ese reto. Pienso ganar. Quiero verla claudicar, quiero que su orgullo se derrita hasta que sea ella quien busque mis labios. Sé que no será sencillo; Lydia no sabe doblar el brazo, prefiere romperse antes que ceder, y eso es precisamente lo que más me incita.
​Anoche, cuando la vi salir con ese vestido negro que abrazaba sus curvas con una precisión quirúrgica, algo en mi interior se quebró. No son curvas exageradas, pero tienen una armonía que dejaría loco a cualquier hombre, incluyéndome. Y saber que suspira por el idiota de Adam... eso me produce una bilis amarga en la garganta. ¿Cómo puede mirar a ese tipo teniendo a un lobo frente a ella?
​Cualquier mujer de las que frecuento en los clubes habría caído rendida a mis pies con la mitad del esfuerzo. Pero ella es diferente. Se pone nerviosa, lo noto en el pulso de su cuello y en cómo sus pupilas se dilatan cuando sostengo su mirada, pero lucha por ocultarlo. Cree que no me doy cuenta de su agitación, y esa valentía, esa negativa a mostrarse débil ante mí, es lo que me tiene obsesionado. Voy a lograr que me desee tanto como yo la deseo a ella. No será por obligación de nuestros padres, será por puro fuego.
​Me levanté con el cuerpo tenso y bajé a desayunar. Mi padre ya presidía la mesa, con el periódico en una mano y una taza de café humeante en la otra. El ambiente en casa siempre olía a lo mismo: café cargado y decisiones irrevocables.
​—Buenos días —saludé, sirviéndome un poco de jugo.
​—Buenos días, hijo —respondió sin apartar la vista de las noticias—. Tengo algo que informarte. Víctor y yo hemos decidido que ya ha pasado suficiente tiempo de juegos. Es hora de que tú y Lydia empiecen su entrenamiento real.
​Dejé el vaso sobre la mesa con un golpe seco.
—¿Entrenamiento? ¿De qué hablas, padre?
​—Hablo de la sucesión, Dylan. Salimos al mediodía hacia la casa de campo. Vamos a pasar el fin de semana con los Palacios. Allí comenzará su instrucción técnica: manejo de armas, estrategia de rutas y protocolos de seguridad. Ya no son niños, son los futuros pilares de nuestra organización.
​—Pero padre, tengo planes, el instituto...
​—Los planes se cancelan y el instituto puede esperar —me interrumpió con esa voz de acero que no admite réplicas—. Ya está decidido. Prepárate.
​Subí a mi habitación con la mandíbula apretada. Esto no era una invitación, era un bautizo de sangre.
​NARRA LYDIA
​—¡Estoy harta de que gestionen mi vida como si fuera una mercancía! —le grité a mi madre.
​Ella había entrado en mi habitación antes de que saliera el sol para soltarme la bomba: nos íbamos todo el fin de semana a una propiedad aislada en el campo. Pero lo peor no era el viaje, sino el propósito. "Entrenamiento de mando", lo llamó mi padre. Querían enseñarme a ser la reina de un imperio de sombras que yo nunca pedí heredar.
​—Baja la voz, Lydia. Recuerda a quién le hablas —replicó mi madre con esa frialdad aristocrática que tanto detesto—. La decisión está tomada. Tienes una hora para recoger tus cosas. No nos hagas esperar.
​Salió de la habitación sin darme oportunidad de replicar. Me quedé sola, mirando las paredes de mi cuarto que ahora se sentían como las de una celda. Iba a estar encerrada cuarenta y ocho horas con Dylan, bajo la vigilancia de dos hombres que desayunaban peligro y cenaban traición.
​Me obligué a moverme. Si iba a un "entrenamiento", al menos lo haría bajo mis términos estéticos. Elegí unos shorts de mezclilla desgastados con un cinturón de cuero, una blusa corta blanca con la palabra “Angel” en letras góticas —un toque de ironía que solo yo entendería— y mis tenis más cómodos. Me recogí el pelo en una coleta alta y me puse un collar de plata.
​El viaje fue un suplicio de silencio y música alta en mis auriculares. Miraba por la ventanilla cómo la ciudad desaparecía para dar paso a un verde salvaje y espeso. Finalmente, el coche se detuvo frente a una estructura imponente. La casa era rústica, construida con piedra y maderas oscuras, rodeada de árboles centenarios que parecían vigilar la entrada. Un camino de grava guiaba hacia la puerta principal. Afuera, dos vehículos negros y blindados confirmaban mis sospechas: los Rodríguez ya habían llegado.
​Bajé del coche y el aire fresco del campo me golpeó los pulmones, pero no me trajo paz. Sentía una opresión en el pecho. Agarré mi maleta con fuerza y caminé detrás de mis padres hacia el interior.
​Al entrar, el olor a madera de pino y cera de abeja inundó mis sentidos. La casa era amplia, con techos altos y trofeos de caza en las paredes que le daban un aspecto medieval y violento. En el salón principal, frente a una chimenea de piedra, estaban ellos.
​Erik Rodríguez hablaba en voz baja con mi padre, mientras Claudia tomaba una copa de vino. Y entonces lo vi a él. Dylan estaba apoyado contra el marco de un ventanal, con las manos en los bolsillos de sus jeans negros y una camiseta oscura que marcaba cada músculo de su pecho. Su mirada se clavó en la mía en el instante en que crucé el umbral. No era una mirada de bienvenida; era la mirada de un depredador que ve a su presa entrar voluntariamente en la guarida.
​—Bienvenidos —dijo Erik, extendiendo una mano hacia mi padre—. El campo es el mejor lugar para forjar el carácter. Aquí no hay distracciones, Víctor. Solo nosotros y el negocio.
​Mi padre asintió, su rostro más serio de lo habitual.
—Lydia, deja tus cosas arriba. El almuerzo se servirá en diez minutos y después... después empezaremos con la primera lección.
​Miré a Dylan, esperando encontrar algún rastro de la burla de anoche, pero su rostro era una máscara de seriedad. Él también sabía que este fin de semana no se trataba de nosotros, sino de lo que nuestros padres esperaban que llegáramos a ser: armas letales al servicio de su imperio.
​—¿Lista para ensuciarte las manos, princesita? —murmuró Dylan cuando pasé por su lado para subir a las habitaciones. Su voz era apenas un susurro, cargado de una tensión que me hizo estremecer.
​—Más de lo que tú crees, Rodríguez —le respondí sin detenerme, aunque por dentro mis manos temblaban.
​Subí las escaleras de madera, sintiendo que cada paso me alejaba más de la chica que quería ir a la universidad y me acercaba más a la mujer que tendría que aprender a disparar para sobrevivir. El juego de seducción de anoche parecía un recuerdo lejano; hoy, la realidad de la mafia nos reclamaba a ambos.




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