Herederos del caos

Capítulo 12

NARRA LYDIA
​Al entrar en el salón, el ambiente cambió. La luz que se filtraba por los ventanales rústicos iluminaba a la familia Rodríguez, sentada con una parsimonia que solo da el poder. Sus maletas, de cuero oscuro y marcas costosas, descansaban a un lado como centinelas. Parecía que el tiempo se había detenido esperando nuestra llegada para el reparto de este tablero de ajedrez llamado "fin de semana en el campo".
​—Buenas tardes —saludó mi madre, rompiendo el hielo con esa cortesía diplomática que siempre usaba con los socios de mi padre.
​—Buenas tardes, Laura —respondió Claudia Rodríguez, levantándose con elegancia.
​El intercambio entre los hombres fue más rudo: un apretón de manos firme, de esos que sellan pactos de sangre. Mi padre saludó a Erik y luego a Dylan, evaluándolo con una mirada que buscaba debilidades.
​—Lydia, ¿no piensas saludar? —me pinchó mi madre.
​Suspiré, tratando de que no se notara mi fastidio. Me acerqué a los padres de mi "novio falso" y les di un beso protocolario en la mejilla. Cuando llegó el turno de Dylan, di un paso atrás, pero mi madre no iba a dejarlo pasar.
​—No tienes que tener pena de saludar como se debe a tu novio, nena —soltó con una sonrisa cargada de veneno—. Ya todos aquí sabemos que están saliendo.
​Sentí que la sangre se me subía a la cara. Si no fuera porque hay cámaras y testigos, habría gritado. Miré a Dylan y, por supuesto, él estaba disfrutando del espectáculo con una sonrisa de suficiencia que me daban ganas de borrarle a bofetadas.
​—Es que vamos lento, mamá —le respondí, recuperando la compostura—. Después de todo, tenemos dos meses para conocernos de verdad. No hay prisa.
​Erik Rodríguez tomó la palabra, cortando la tensión.
—Bien, vamos a repartir las habitaciones. Esta casa es antigua y solo tiene tres dormitorios principales. Claudia y yo nos quedaremos en la del primer piso. Víctor, tú y tu esposa en la primera del segundo piso. Dylan y Lydia ocuparán la segunda habitación de la planta alta.
​El mundo pareció detenerse.
—¿Perdón? ¿Por qué tengo que compartir cuarto con él? —protesté, sintiendo que la trampa se cerraba sobre mí.
​—Tranquila, cariño —intervino Claudia con una voz suave que no ocultaba su autoridad—. Solo compartirán el espacio. Esa habitación tiene dos camas individuales. No es el fin del mundo.
​—En esta familia, nada es el fin del mundo hasta que alguien aprieta un gatillo, ¿verdad? —masqué entre dientes—. Está bien. Si ya está decidido, como todo en mi vida, me retiro a desempacar.
​Subí las escaleras de madera crujiente, sintiendo la mirada de Dylan clavada en mi espalda. Arriba, el pasillo era estrecho. Abrí la tercera puerta y me encontré con nuestro refugio —o mi celda— para las próximas cuarenta y ocho horas. Era una habitación amplia, con olor a cedro y lavanda. Dos camas separadas por apenas un metro de distancia, un armario de madera maciza y una ventana que daba al bosque sombrío.
​Me adueñé de la cama pegada a la pared y empecé a vaciar mi maleta en el armario. Estaba doblando una de mis blusas cuando sentí que la puerta se abría. No necesité girarme; su perfume, esa mezcla de madera y cítricos, lo delató. Escuché cómo se sentaba en mi cama.
​—Espero que no te moleste compartir cuarto conmigo, princesita —dijo con esa voz grave que me ponía los pelos de punta.
​—Para nada —respondí sin mirarlo—. Tú vas a estar en tu lado y yo en el mío. Si no me molestas, no te mato. Así de simple.
​Escuché su risa, una vibración profunda que pareció llenar el cuarto.
—Si me matas a besos, me dejo sin ningún problema.
​No pude evitarlo; solté una risotada seca.
—En tus mejores sueños, Rodríguez.
​Sentí su presencia justo detrás de mí. Se agachó, invadiendo mi espacio personal hasta que su aliento cálido rozó mi oreja. Un escalofrío traicionero recorrió mi columna.
—No quieras saber todo lo que te hago en mis sueños, Lydia. No podrías manejarlo.
​Me giré bruscamente, quedando a escasos centímetros de su rostro. Sus ojos verdes brillaban con una intensidad depredadora. Mi pulso se aceleró, pero me negué a retroceder. Si me apartaba ahora, él ganaría el reto.
​—Qué lástima que en eso se van a quedar —le solté, sosteniéndole la mirada—. En simples sueños de un pervertido.
​Él se tensó, pero en lugar de alejarse, rodeó mi cintura con sus brazos y me pegó a su cuerpo. La calidez de su pecho contra el mío me dejó sin aliento. Estábamos arrodillados frente al armario, en una posición peligrosamente íntima.
—Eso ya lo veremos. Este reto lo gano yo —susurró contra mis labios. Podía sentir su respiración agitada fundiéndose con la mía. Por un segundo eterno, la tentación de cerrar la distancia y besarlo casi me vence.
​Pero el orgullo es una fuerza poderosa. Me mantuve firme. Dylan me dio un beso casto en la mejilla, se levantó con una agilidad felina y caminó hacia el baño.
—Por cierto —dijo antes de entrar, guiñándome un ojo—, te queda increíble ese short, pero te verías mucho mejor sin él.
​Cerró la puerta del baño y yo me quedé allí, tratando de recordar cómo se respiraba.
¡Dios mío! ¿Qué acaba de pasar? —pensé, llevándome las manos a la cara.
¡Qué intensidad! —gritó mi conciencia—. Ese hombre es un peligro para tu cordura. Deberías aprovechar que están solos.
¡Ni muerta! —le respondí, aunque mi cuerpo decía lo contrario.
​Salí del cuarto necesitaba aire puro. En la sala, mis padres revisaban unos mapas.
—Hija, qué bueno que bajas —dijo mi padre sin levantar la vista—. Mañana a primera hora empiezan los entrenamientos. Les enseñaremos técnicas de defensa y después las pondrán en práctica entre ustedes. Queremos ver de qué están hechos.
​—Entendido —respondí, sintiendo que el fin de semana se ponía cada vez más difícil.
​—Ve a cambiarte —ordenó mi madre—. La cena se sirve en media hora. Algo apropiado, por favor.
​Regresé a la habitación y encontré a Dylan despatarrado en mi cama, revisando su teléfono como si fuera el dueño del lugar.
—Oye, idiota, estás en mi cama —le recordé.
​—Uno trata de ser cariñoso y tú me llamas idiota —fingió indignación, aunque había un brillo divertido en sus ojos.
​—Es un "idiota" de cariño —ironicé.
​—Vaya, así que ya me tienes cariño —se burló, y me arrepentí de haberle dado esa munición—. En cuanto a la cama... me gusta esta. Es más cómoda.
​—Ni lo sueñes. Yo llegué primero.
​—Podemos dormir juntos si te da miedo la oscuridad —propuso, mirándome fijamente.
​—Ni loca. Muévete de ahí —le ordené, cogiendo un vestido floral y un abrigo ligero.
​Me encerré en el baño, me cambié y salí lista para enfrentar la cena. Dylan seguía allí, pero esta vez se levantó cuando me vio.
—Espérame. Tenemos que bajar juntos para mantener las apariencias.
​Salimos al pasillo. Justo antes de llegar a la escalera, Dylan entrelazó sus dedos con los míos. Una corriente eléctrica me recorrió el brazo, pero no retiré la mano.
​—¿Qué haces? —susurré.
​—Fingir, princesita. Recuerda que somos la pareja del año —respondió como si fuera lo más natural del mundo.
​Bajamos los escalones unidos. Al llegar al comedor, todas las miradas se posaron en nuestras manos entrelazadas. Vi a mi madre esbozar una sonrisa triunfal y a Erik asentir con aprobación. Nos sentamos uno al lado del otro, sintiendo que cada gesto era una jugada en una partida de ajedrez donde el premio era mi libertad y el riesgo era perder el corazón




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