NARRA LYDIA
La cena terminó en un silencio sepulcral, solo interrumpido por el choque metálico de los cubiertos contra la porcelana. El aire en la casa de campo se sentía denso, como si las paredes de madera estuvieran absorbiendo los secretos de nuestras familias. Ayudé a mi madre y a Claudia a recoger la cocina en una tregua silenciosa, pero mi mente estaba en otra parte.
-Hija, mañana a las diez y media empieza el entrenamiento -me informó mi padre mientras yo cruzaba el salón-. Ve con Dylan; él sabe dónde es el punto de encuentro.
-Está bien -respondí con sequedad-. Con el permiso de todos, voy a descansar.
Subí las escaleras de dos en dos, huyendo de las miradas evaluadoras de los adultos. Al entrar en el cuarto, solté un suspiro de alivio: el idiota no estaba. Decidí que "idiota" sería su nombre oficial en mi cabeza de ahora en adelante. Me desplomé en la cama, enterrando el pecho en el colchón, y abrí un libro para intentar desconectar. Me sumergí en la lectura durante casi una hora, hasta que el crujido de la puerta anunció que mi paz se había terminado.
-¿Vas a dormir conmigo o qué haces en mi cama? -La voz de Dylan, cargada de esa arrogancia que me erizaba la piel, rompió el silencio.
-Número uno: no estoy en tu cama. Y número dos: ni aunque me estuvieran apuntando a la cabeza dormiría contigo -respondí sin levantar la vista de las páginas.
-Vale... tú lo quisiste -murmuró.
Antes de que pudiera reaccionar, sentí unas manos fuertes cerrarse alrededor de mis tobillos. Con un tirón seco y potente, Dylan me hizo resbalar por todo el colchón hacia la orilla. El movimiento fue tan brusco que mi vestido se enrolló hasta mi cintura, dejando mi espalda y mi ropa interior completamente expuestas.
-Vaya... no era mi intención, pero mi plan funcionó mejor de lo que pensaba -soltó él. Su tono era bajo, una mezcla de sorpresa y esa perversión que parecía ser su estado natural-. Te queda increíble ese hilo rojo, princesita.
-¡Idiota pervertido! -grité, dándome la vuelta con el rostro encendido de furia-. ¡Juro que me las vas a pagar!
Me levanté de un salto y, con la adrenalina a mil, intenté cruzarle la cara con una bofetada. Pero Dylan era un depredador entrenado; fue más rápido. Atrapó mi muñeca en el aire con una fuerza que me inmovilizó. Forcejeé, tratando de soltarme, pero perdí el equilibrio y caí de espaldas sobre la cama. Dylan, aprovechando el impulso, cayó sobre mí, atrapando mis manos sobre mi cabeza y hundiendo su peso sobre mi cuerpo.
-No vuelvas a intentar golpearme, Lydia, o tendré que enseñarte modales de la forma difícil -susurró, su rostro a milímetros del mío-. Y si lo que querías era tenerme más cerca, solo tenías que pedirlo.
-Quítate de encima ahora mismo -le ordené, aunque mi voz me traicionó con un leve temblor.
Él soltó una risa ronca, disfrutando de mi derrota momentánea, antes de levantarse y caminar hacia su propia cama con una suficiencia desesperante.
A la mañana siguiente, el sol se filtraba por las cortinas con una insistencia molesta. Miré el reloj: las diez. ¡Maldita sea! Salté de la cama y corrí al baño. Dylan ya no estaba en la habitación; seguramente estaría abajo, desayunando con los demás y luciendo perfectamente descansado.
Me vestí rápido: un short de mezclilla corto y una blusa negra de tirantes con un cierre frontal que le daba un aire táctico. Me recogí el pelo en un moño alto y ajustado para que no me estorbara y me puse mis tenis blancos. Bajé las escaleras casi volando y me encontré a Dylan en el comedor. Vestía un pantalón negro y una camisa del mismo color, tan ajustada que cada músculo de sus brazos parecía querer romper la tela.
-Casi te quedas, bella durmiente -dijo, dejándome una taza de café a medio terminar.
-Se dice "buenos días" primero -le espeté.
Él se acercó a mí, invadiendo mi espacio personal.
-No sé si son buenos, pero el sueño que tuviste sí que lo fue -susurró en mi oído, provocando que un sonrojo me quemara las mejillas-. No sabía que me llamabas en tus sueños, pervertida.
Me quedé helada. ¿Había hablado dormida? El idiota me guiñó un ojo y salió de la casa, dejándome con el corazón acelerado.
Lo seguí a través de la espesura de los árboles. El bosque olía a tierra mojada y pino. Pasamos por un lago pequeño de aguas cristalinas que brillaban bajo el sol; me prometí volver más tarde. A unos metros más allá, mi padre y Erik nos esperaban en un claro del bosque acondicionado para el combate.
-Lydia, nos centraremos más en ti hoy -dijo Erik con voz severa-. Dylan ya conoce los fundamentos de la defensa personal, pero tú necesitas aprender a sobrevivir.
El entrenamiento fue brutal. Me enseñaron cómo derribar a un oponente más pesado, cómo usar los puntos de presión y técnicas de combate cuerpo a cuerpo. Después de un par de horas, mi padre dio la señal.
-Ya estás lista. Enfrentaos. Queremos ver qué habéis aprendido.
Dylan se posicionó frente a mí, con las piernas ligeramente separadas y una mirada depredadora. Yo hice lo mismo, recordando cada instrucción. La pelea empezó con una rapidez que me dejó sin aliento. Él esquivaba mis ataques con una fluidez insultante. Yo lograba bloquear algunos de sus golpes, hasta que acertó un impacto en mis costillas que me dejó sin aire por un segundo. Me recompuse, la rabia alimentando mis movimientos.
En un descuido, Dylan bajó la guardia por un segundo. Aproveché el hueco y acerté un golpe seco en su entrepierna. Él se encogió, retorciéndose de dolor, y vi mi oportunidad. Intenté derribarlo con una llave de cadera, pero se recuperó con una velocidad sobrehumana. Antes de que pudiera reaccionar, me barrió los pies y caí de bruces contra la tierra.
En un parpadeo, Dylan estaba sobre mí, presionando mi pecho contra el suelo y sujetándome con firmeza por el cabello, obligándome a levantar la cabeza.
-Vaya, princesita... aprendes rápido -murmuró, su aliento rozando mi nuca-. Si supieras cómo me pone tenerte así, entenderías por qué este va a ser mi pasatiempo favorito.
-¡Suéltame, animal! -gruñí, odiando el hecho de haber perdido y, sobre todo, odiando la corriente eléctrica que me recorría al sentir su cuerpo sobre el mío.
Se levantó con una sonrisa triunfal y me tendió la mano, que ignoré por completo.
-Lo has hecho bien, Lydia. Solo te falta práctica -comentó mi padre, aparentemente satisfecho-. Ya es hora de volver.
Mientras caminábamos de regreso, el calor del mediodía empezaba a apretar.
-Papá, ya sé el camino. Me quedaré en el lago un rato -le pedí. Él asintió y siguió caminando con Erik, dejándome sola con la naturaleza.
El lago era un refugio de paz. El agua estaba rodeada de rocas grises y flores silvestres. Necesitaba limpiar el sudor y la frustración de la pelea. Me quité la ropa con movimientos rápidos hasta quedar solo en ropa interior de encaje negro. Entré en el agua poco a poco; el frío me cortó la respiración al principio, pero pronto se convirtió en un alivio delicioso. Nadé hacia el centro, flotando de espaldas, olvidándome por un momento de la mafia, de mi padre y de los ojos verdes de Dylan.
Una hora después, el crujido de unas ramas me puso en alerta. Me giré y lo vi. Dylan estaba apoyado en un árbol, observándome con una intensidad que me hizo sentir más desnuda que si no llevara nada puesto.
-La vista ha mejorado considerablemente con ese conjunto -dijo con un tono burlón-. ¿Necesitas compañía allá adentro?
-Deja de mirar, pervertido -le grité, hundiendo los hombros en el agua-. Mejor alcánzame la ropa para que pueda salir.
Él rió, pero hizo lo que le pedí, extendiéndome mis prendas con una lentitud exasperante mientras sus ojos no dejaban de recorrer mi piel mojada. Salí del agua, tratando de mantener la dignidad, y me vestí bajo su vigilancia silenciosa. Regresamos a la casa sin hablar, pero la tensión entre nosotros era ahora una cuerda tensada a punto de romperse. Al entrar, nuestros padres nos esperaban en la sala con una seriedad que indicaba que el día estaba lejos de terminar.
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Editado: 16.04.2026