Mi reino ha levantado un imperio sobre nuestras costillas sin miedo a romper todo lo que somos en el proceso. La copa de oro de un reino prohibido se ha llevado todo lo que ha podido de mi esencia, dejando detrás el amargo sabor de su elixir y un cuerpo vacío, desnudo y demasiado vulnerable para que el nuevo juguete del rey innombrable entretenga sus días. Los míos, sin embargo, están llenos de una creciente e inmanejable frustración. No sé quién soy, ¿por qué estoy aquí?, ¿cuál es mi lugar?, ¿el propósito de mi existencia? Ellos dicen que mi deber es servir a Adam y al rey innombrable, pues a ambos les debo mi existencia, pero mientras camino descalza en el jardín de un reino demasiado frío, los recuerdos me persiguen, se alzan sobre mí y me invaden; puedo incluso sentir cómo mi piel los reconoce y mi alma los reclama mientras la pregunta se pasea libremente en mi cabeza: ¿quién soy?
Diario de Lilith, versículo 10.1
Evangely
La procesión de hechiceras se alzaba frente a mí mientras cruzaban el puente de Hécate que servía de unión entre las aldeas de las hechiceras y la citadela. Cualquier otro día, todo aquel que no tuviera sangre ámbar en sus venas se vería reducido a cenizas de solo poner un pie en él; sin embargo, en la noche de oro, la luna ámbar estaba típicamente llena de concesiones; Su luz nos acompañó hasta el final del puente antes de retirarse y ceder el territorio a la luna de éter, que enseguida nos envolvió en la espesa negrura que contenía los hogares de los hijos de la luna negra. La citadela estaba sumida como de costumbre por la noche de ónix, que consistía en una espesa nube de absoluta oscuridad que ninguna luz ni siquiera las provenientes de las hijas de la luna ámbar eran capaces de romper, solo la lava del tártaro era visible en las noches que envolvían la citadela, comúnmente no era un problema para los hijos de la luna de éter, sin embargo, la citadela era el único territorio habitado por diferentes especies, al inicio solo se trató de una manera retorcida de obligar a los centinelas a defender la citadela pues sus familias se veían obligadas a habitar en ella apenas los cadetes ingresaban a la orden, sin embargo con el tiempo la citadela creció en cultura y espacios compartidos, lo que le daba una sensación de pertenencia sin importar que luna te bendecía. La luna negra absorbía cualquier tipo de luz distinta a la que desprendía la lava del Tártaro, por lo que la facción MU, nuestra facción de mecánicos, se había encargado de diseñar un sistema de iluminación que extraía lava directamente del Tártaro a nuestros pies y alumbraba todas las calles, casas y rincones de la concurrida citadela.
La citadela estaba básicamente construida sobre un acantilado, sus casas rodeando la oscura piedra de circonio en una armoniosa sintonía de círculos ascendentes y, justo en la roca más alta, se alzaba el castillo Blackmoon; delimitado al norte por la academia Hierro y Fuego, al sur y del otro lado del mar Negro por la ciudad Rubí, al oeste por las aldeas de las hechiceras que estábamos dejando atrás y al este por el mar cambiante y la isla de Plata, donde se ubicaba la orden de la Espada de Plata, academia en la que se formaba la legión del Infierno, quienes son las fuerzas de orden y defensa del reino.
Dos enormes antorchas se encienden rompiendo la reconfortante oscuridad y mostrando el camino hasta las puertas de la iglesia más grande del reino, la iglesia de las sombras. Las hechiceras de Ravenmoon guían el camino mientras las demás especies se acomodan en la plaza ovalada frente a ella. Pequeñas antorchas se encienden alrededor de la plaza, logrando que nuestra ubicación sea un faro en la inmensa oscuridad que aún nos rodeaba. La estatua de Lilith, la primera madre, lucía completamente desnuda y con su orgullosa mirada puesta en el cielo donde se alza la luna que la vio caer y levantar un imperio. Dentro, la iglesia sólo está llena de historias, reliquias y diarios; recuerdos de dos hermanas que cayeron en una tierra seca y maldita y a la que de algún modo lograron convertir en un reino lleno de vida y magia.
Las hechiceras honran descalzas y con solo un velo completamente translúcido cubriendo todo su cuerpo del resto desnudo a su madre desde los pasillos de la enorme iglesia, mientras yo desde la plaza, aún aferrada a mi uniforme de patrullera, miró con una sensación de no pertenencia la estatua de la mía. Lilith, la madre de todos los demonios, madre de los herederos y reina destronada del reino de fuego. La corona de diamantes negros de mi madre seguía aún hoy enterrada en algún rincón del vasto Tártaro, junto quizá incluso a sus restos.
Su cabello tan negro como el éter en sus venas cae en cascada sobre su espalda y se inmortaliza en un natural ondeo creado quizá por alguna leve e imperceptible corriente de aire; su piel de mármol y cada impecable detalle y curva de su cuerpo inmortalizado en un monumento capaz de respirar, parpadear y admirar el cielo que arropa cada día la ciudad que alguna vez llenó de vida.
Puedo sentir como alrededor de la iluminada plaza, totalmente camuflados dentro de la espesa oscuridad que nos rodea, se apostan los guardianes de la citadella, patrulleros del reino y todas las hijas de Lilith, que al igual que las hijas de Hécate, adoran a mi madre descalzas sobre el suelo de piedra y con un velo negro traslucido que cubre por completo su desnudo cuerpo, de no ser una heredera, mi lugar también seria ese, sin embargo, esta noche mi misión no era caminar entre mis pares como la primera hija de Lilith, si no asegurarme que el reino se mantuviera de pie la única noche del año donde todos los portales entre reinos del universo se abrían naturalmente, y aunque el tratado de venus no permitían entrar sin previa invitación o aviso a un reino extranjero, esta había sido siempre por excelencia la noche que escogían los serafines para raptar a nuestras hechiceras.