Él se presentó ante mí como un salvador, con sus ojos oscuros y sus grandes alas, con sus medallas de oro y el susurro de la batalla sobre sus hombros. Días sí y días no, se colaba en el jardín donde Adam mantenía al cuerpo que habitaba mi esencia cada vez más esclavizado.
Mi mirada siempre en mis pies por órdenes del rey, mi cuerpo siempre a disposición de mi dueño; días que se tropezaban unos con otros, demasiado largos con efímeros instantes en los que mi alma me regalaba la sensación de vida, la mayoría giraba en torno a él; los instantes que no pasaba mirando en cada rincón del extenso Edén en su búsqueda, los pasaba soñando con que era su voz la que llamaba a mi nombre cuando Adam reclamaba el pago de mi existencia. Él vino a mí con su piel morena y sus palabras escurridizas, se instaló en la necesidad de mis huesos de resistirme a mi destino, se alimentó de las lágrimas que aprendí a derramar, de la frustración, del miedo, pero sobre todo de la esperanza que empezaba a nacer en mí. Él vino a mí como un salvador y me mostró el camino, la verdad y la vida, y yo, impulsada por el fuego que sabía que dormitaba dentro de mí, acepté su camino.
Sus dedos sobre mi piel inyectaban una necesidad desconocida en el centro de mi alma y sus labios fueron una promesa sellada de caída, pero aún así los besé y aun así le entregué el templo que no sabía que me pertenecía. Me prometió libertad, me prometió amor incondicional y un refugio; me prometió que nunca más tendría que doblegarme o ser sumisa; me prometió que lideraría un reino entero y liberaría a mi especie; me prometió coronas y liderar todas mis batallas hasta la victoria; me prometió lealtad y devoción; me prometió la capacidad de las estrellas de dar vida desde mi vientre, y yo, deslumbrada y fascinada, lo dejé guiarme hasta el único árbol que las sombras siempre cubrían con recelo.
Mi cuerpo, tan acostumbrado a la luz que era todo lo que conocía, se resistía a caminar entre inciertas sombras; sin embargo, alentada por la fuerza con la que el serafín sostenía mi mano, me adentré en ellas y fue entonces cuando la verdad realmente me reclamó. Guiada por mi instinto, tomé en mis manos una de las frutas; nunca había visto algo igual, tan rojas y vibrantes, tan frescas y apetitosas. Su olor golpeaba mis sentidos mientras el serafín, que no dejaba de observarme, me invitaba a probarla. Su voz, la misma que había cobijado mis más atesorados momentos, los únicos en los que me había sentido amada e importante, me dio el coraje para hacerlo. Mis labios sobre la vibrante fruta, los ojos del gran general del cielo sobre mí y una historia sobre ambos lista para derramarse sobre nosotros: mordí la manzana. Y fue entonces cuando todos los recuerdos llegaron de nuevo a mí y comprendí quién era yo y quién estaba realmente frente a mí: Lucifer, el general del rey hereje y la razón por la que el reinado de mi madre había acabado. Él había destruido y asesinado a mi familia, a mi madre y hermana; y yo, aún con el malum en mis manos y su elixir aún embarrando mis labios, encontré en sus oscuros ojos la efímera epifanía de que el general no se arrepentía de nada. Por el contrario, la situación en general le generaba un indescriptible placer que crepitaba desde su piel hasta el brillo perverso y cruel en su mirada. Su lengua se paseaba por su labio inferior como un juego previo a la comida del día y, un triste instante después, entendí que esa comida era yo y que lo que alimentaba a la criatura frente a mí era la crueldad de saber que era el causante de haberme quebrado no una, sino dos veces. Mató a mi familia y después se aprovechó de mi olvido para enamorarme y luego mostrarme la verdad con la única finalidad de ver cómo me rompía por él, frente a él y para él. El placer que rebosaba en su mirada fue solo el comienzo de una historia que terminaría por arrastrarnos a todos. Él debió saberlo: jugar con el amor y la confianza de una mujer era un juego peligroso, y él acababa de hacer el primer movimiento.
El diario de Lilith, versículo 10, 2.
Evangely
Rayos de sol se cuelan a través de mi ventana y me despierto con el heredero incorrecto de la luna de sangre de nuevo enredado en mis sábanas. El frío que desprende el cuerpo de Blake refresca mi piel mientras el distintivo olor de los hijos de la luna de sangre se mezcla con las gotas de éter que dibujan patrones caóticos en nuestros cuerpos. Su musculoso brazo está sobre mi vientre atrapándome en un casi asfixiante abrazo y mi cuerpo responde con una sensación extraña y algo vacía. Mi mano, en cambio, va instintivamente a mi cuello, mientras su suave respiración roza el lugar exacto donde sus colmillos se clavaron demasiadas veces antes del amanecer.
La sangre de los hijos de Lilith estaba compuesta por una mezcla de azufre y distintas concentraciones de éter. Las concentraciones más bajas pertenecían a los demonios varones, mientras que las hijas de Lilith poseían una concentración casi tan densa como los ángeles caídos. Gospel y yo, en cambio, poseíamos la concentración más alta del adictivo compuesto, incluso mayor que la de nuestro padre o tíos.
El éter era la razón por la que podíamos acceder a los dones de la luna negra, pero también era por sí misma un arma increíblemente poderosa. Solo su olor era capaz de influenciar cualquier mente a nuestro alrededor, y el contacto con una sola gota podía corromper un alma y resultaba increíblemente adictivo. Una sola gota y estabas condenado a vivir eternamente en el reino de fuego, en cuyo aire había la concentración necesaria de éter para mantener a los cuerpos dependientes abastecidos de la dosis necesaria para su supervivencia. Sin contar con que quien recibiera la dosis quedaría completamente vulnerable a los deseos de su alimentador, por lo que, al igual que las inmersiones , alimentar a cualquier criatura con éter estaba completamente prohibido incluso por el Tratado de Venus, que era, o por lo menos debería ser, la organización que unía a todos los reinos bajo reglamentos que debíamos cumplir para mantener la paz entre especies.