Él abrió los ojos y desde entonces todo lo que ha conocido el primogénito del universo es oscuridad, está rodeado y compuesto de ella; no conoce la luz, ni las sombras, ni el espacio ni el tiempo, ni siquiera es consciente de su propia existencia, pero aun así es capaz de observar, aunque no haya más que vacío y silencio. Todo lo que lo rodea parece latir en él como si él fuese el cerebro de un cuerpo infinito y expansible, y quizás lo fuera o lo fue durante el tiempo suficiente para ver cómo aquel cuerpo empezaba a compactarse ocupando espacios cada vez más pequeños, y poco a poco todo lo que lo rodeaba empezó a desprenderse de él y a tomar vida propia. Los retazos de su cuerpo se volvieron espacios que se expandían cada vez más a su alrededor, universos paralelos apenas separados por cuerdas que salían de su pecho, cuerdas de las que después nacen las líneas del tiempo y, por primera vez, el primogénito del universo fue capaz de ver algo más que oscuridad.
La Biblia de los Caídos, Génesis versículo 10,1.
Evangely
Caos: todo comienza desde él y está destinado a acabar en él.
Del caos nacen tres hijos: Érebo, conocido como el primogénito del universo; el Tártaro, que guía y mantiene el equilibrio del universo; y Nyx, madre y creadora de todo lo que hoy ocupa el universo. Sus hijos: Eos, creadora de las estrellas y auroras; Helios, creador de la raza Goldenblood y padre del sol; Selene, creadora de la raza silverblood y madre de las lunas; Gaia madre de la naturaleza; y por último Hipnos, padre del rey Morfeo, fueron quienes crearon y dieron vida a los reinos que hoy componen el universo.
Nuestro universo estaba compuesto en total por siete reinos. El primero era el Reino Oscuro o Reino de las Estrellas: habitado por las razas de plata y oro, descendientes de los primeros reyes que comparten junto a estrellas, vacíos y auroras el dominio sobre el universo y todo lo que en él habita. El Reino de las Estrellas está regido por la dinastía Silver, quien reinará 100 años antes de ceder el trono a la dinastía Gold, quienes reinarán 100 años más antes de volver a reiniciar el proceso. El sistema estaba diseñado para la coexistencia de por sí bélica de ambas razas quienes, a pesar de tener prohibido el contacto entre ellas, debían compartir el mismo espacio vital, por lo que la política estaba orientada a dar la sensación de justicia e igualdad. Este reino era el hogar de la Espada de Plata y la Diadema de Oro, ambas reliquias pertenecientes a la descendencia de las dinastías regentes. En segundo lugar estaba el Reino de Cristal: habitado por ángeles, devas y querubines. Era el hogar de la cápsula del paraíso, la copa de Hielo y el malum. El tercer reino era el Reino Turquesa: hogar de las hadas, seelies y de la sibila, este reino se caracterizaba por ser un reino lleno de magia y de hermosos paisajes; su ejército era hasta ahora el que tenía mayor potencial y, sin embargo, jamás intervenía en ninguna batalla entre reinos que no incluyera la protección de su especie. Sus tierras, sin embargo, habían sido testigos de infinidades de guerras internas; la más reciente había terminado con el exilio de los duendes que hoy invadían las calles de mi reino, al igual que las del reino humano. El Reino de las Sombras era el cuarto reino. Este reino se caracterizaba por ser el menos entendido; el reino en sí protegía todos sus secretos y estaba lleno de laberintos, criaturas crueles y portales a mundos desconocidos. Este era el reino conocido por los humanos como el limbo y era el hogar de las princesas de hueso, el barquero y la tumba de los deseos. Le seguía el Reino humano, o mejor conocido como el Reino de las Mareas. Mi tío Bael lo había bautizado así porque, según él, el reino entero vibraba al ritmo de las mareas; incluso sus habitantes parecían navegar, anclarse e ir a la deriva aun estando a kilómetros del mar.
Luego estaba el Reino de Fuego, mejor conocido por los humanos como el infierno. Según mi tío Bael, el concepto humano de los reinos se resumía al adoctrinamiento del Reino de Cristal, ya que los humanos no tenían conciencia de la realidad de su existencia.
Y por último el séptimo reino: era el Reino de los Sueños, un reino intangible y un completo misterio incluso para el Reino de las Estrellas. El rey Hipnos lo había creado para su hijo morfeo, igual que Nyx había creado el reino humano para su hija Gaia. Todas las criaturas de todos los reinos tenían la capacidad de soñar, pero solo los hijos de Lilith podían caminar en él; la razón: mi madre. El rey Morfeo, hijo de Hipnos y regente del Reino de los Sueños, cayó, como muchos otros antes de él, bajo el hechizo que invocaba la gran Reina de las Sombras al permitirse existir. Morfeo, el rey que hoy caminaba sin el corazón que la Reina de las Sombras
había arrancado de su pecho, había hechizado las puertas de su reino para que solo se abrieran a la sangre de su amada, y desde entonces cuenta la leyenda que el desolado rey permanece sentado en su trono, siempre vigilante a las puertas de la inconsciencia esperando ver una vez más a su amor eterno.
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En mis manos estaba la carta enviada por el Trono de Cristal pidiendo con urgencia una reunión con la familia real de mi reino. Góspel, Gedrick y mis tíos no llegaban aún del Reino de las Mareas, así que organicé todo para recibir al General y a su ejército; sabía que el encargado de asuntos de diplomacia era un viejo y sabio arcángel, pero el Trono de Cristal nunca enviaría a un diplomático a mi reino, en cambio enviarían a los serafines y a su General. Los serafines son uno de los grupos de élite de defensa del Trono de Cristal, están compuestos por los más fuertes y preparados arcángeles de su reino; por años han sido la ley, ante la absoluta ausencia del Reino de las Estrellas, sobre todos los reinos y los asesinos de la mayor parte de mi pueblo. Mi padre siempre los trató con fría diplomacia y respeto, pero él no estaba aquí, tampoco lo estaba Gedrick, que muy posiblemente me arrastraría de vuelta a mi habitación si viera el vestido que escogí para la ocasión, ni Góspel, que limitaría mis palabras cuando dijera algo equivocado. El reino estaba bajo mi cargo y era la oportunidad que había esperado toda mi vida; así fuera en las peores circunstancias, debía volver esta situación a mi favor, y así lo hice: le pedí a Gael que trajera a Paige al castillo, y Justo ahora estaba en el sótano debajo de la sala de reuniones con el libro azul en sus manos. Tiempos desesperados ameritaban medidas desesperadas; sabía que mi familia no lo aprobaría, pero no tenía más opción y, por alguna extraña razón, mi instinto me decía que podía confiar en Paige. Blake e Isabella también estaban estratégicamente ubicados bajo el castillo; su padre era un brujo de sangre, por lo que ambos tenían también acceso a la magia y a la hipnosis. Confiaba en Blake, pero Isabella era otro tema; sin embargo, no hubo manera de mantenerla lejos del castillo. Sabía que ambos serían capaces de escuchar cada cosa que se dijera en la reunión, pero ese era problema de otro día.